En la gira de la Estudiantina de la UAQ por Mérida, en los primeros días del mes de enero de 1984, todo era una fiesta. Desde el avión de Aeroméxico, donde uno podía fumar y chupar sin límites, hasta nuestra estadía en la blanca y peregrina ciudad donde todo fue arte, canciones, cultura, comida y chupirul.
En la noche del tres de enero nos presentábamos ante lo más selecto de la sociedad meridana en la muy bohemia plaza Santa Lucía, la de las inolvidables serenatas de los jueves y domingos, fundadas por el inmenso poeta, compositor, dramaturgo y cronista musical del Mayab, Luis Pérez Sabido, donde alternaríamos con la prestigiada Rondalla Yucateca y la mundialmente famosa Orquesta Típica Yucalpetén, que llevaba como solista estelar a don Nacho Torres, un señorón alto, flaco y pálido que parecía haberse escapado del Panteón de los Yucatecos Ilustres si lo hubiera (existe el Monumento a los Creadores de la Canción Yucateca en el Cementerio General) .
La serenata sería en honor del hermanamiento de las ciudades de Mérida y Querétaro, contando con la presencia de los alcaldes respectivos, regidores, síndicos y una bola de gorrones y agregados culturales.
El gobernador del estado de Yucatán no asistiría porque el presidente Miguel de la Madrid lo tenía castigado y entonces -el viejillo general gobernante Alpuche Pinzón- tenía prohibido gobernar. Nosotros no teníamos temor de nuestro gobernador Camacho Guzmán porque en noches de bohemia ya habíamos convivido con él en su ex hacienda de Santa Adelaida en su comedor o a la orilla de su alberca. ¡Faltaba más! También el alcalde queretano, René Martínez Gutiérrez, era a toda máare con nosotros, quien junto con su bella esposa y su linda hija Jess nos trataron como a diplomáticos y no como guarros.
Pero El Diablo hizo de las suyas y horas antes de tan importante actuación nos refugiamos a comer en un bar denominado “El Kukulkán”, donde comimos cochinita, relleno negro, relleno blanco (les echo de menos… a esos platillos), pan de cazón, lechón y pollo al escabeche, para pasar después a unas rondas de cervezas Montejo y León y mucho ron con cola. Gracias a un organista encaminador y alcahuete que ahí actuaba nos pusimos algo incróspedos y apenas nos dimos cuenta que había que regresar a nuestros aposentos a bañarnos, cambiarnos y caparnos para actuar. En el grupo teníamos a dos Migueles, uno acordeonista y otro violinista, que eran las verdaderas estrellas de la agrupación estudiantil junto con los vocalistas Enrique Benítez y Víctor Manuel Garrido, y resulta que ambos se encontraban indispuestos para subir al escenario por los humos del etanol. Que se le prende el foco a “El Balín” Raúl Bustamante Noguerón y decide ponerle a Miguel violinista ¡¡¡una bolsa de hielo directa a donde el padre Adán se colocó una hoja de parra, y así Miguel reaccionó de manera milagrosa!!! Con el remedio del hielo en los aguacates tocó como Bardo en una fiesta gitana de Yesenia: ¡qué Juan Ferrara ni qué la chingada!
El otro Miguel decidió engañar al director Aurelio Olvera Montaño yendo a la cercana Cruz Roja para que le pusieran yeso en el brazo izquierdo y justificar el que no pudiera tocar el acordeón por haber sufrido un accidente: ficticio el hecho, obviamente.
Los dos Migueles se pararon en el escenario y uno tocó el violín como los dioses y el otro, el del acordeón, se dedicó a mirar cómo sufría Aurelio con el pesado acordeón y a cantar sus seguras y entonadas segundas voces con voz de “Morsa”. La actuación fue un éxito y todavía se repitió el domingo siguiente con el brazo migueliano restaurado (milagrosos los médicos yucatecos). Pensaron los meridanos que su cerveza Montejo era milagrosa y era capaz de curar a los dos migueles calaveras. Les vendo un puerco yucateco.



