1
Una tarde me llamó una amiga periodista para decirme que la noche anterior la había pasado, y muy bien, con el periodista Tal, el mismo que, sin remordimiento alguno, asestara una demolición contra el periodista Equis para ocupar, por fin, su ambicionado lugar, negro anecdotario que le conté a la periodista, que guardó un pavoroso silencio durante varios minutos, luego de los cuales exclamó sin ningún abatimiento:
―Es mi amigo, y lo va a seguir siendo…
Por supuesto, no era amiga de aquel otro que cayó abatido por la mezquindad de este periodista.
Y así conozco muchos casos de periodistas que se dicen solidarios con las causas en desgracia cometiendo actos de reprobable conducta ética cuando son involucrados, a veces involuntariamente, en contiendas de pesadumbre social. Son, pues, comprensivos, como se dice en lenguaje atrabiliario, de dientes para fuera.

2
Y así me imagino que sucede con las circunstancias políticas.
Los amigos de Augusto Pinochet brindaron toda la noche después del asalto a La Moneda para derrocar a Salvador Allende. Ninguno se preocupó por la muerte del presidente legítimo de Chile, porque estaban seguros de que con su golpe de Estado, al cual no denominaban de esta forma, se beneficiaban con holgura, tal como así lo creen, a pie juntillas, los promulgadores del Estado Islámico al haber asesinado a una centena de hombres indefensos en su atentado terrorista en París, o en Inglaterra, o en Alemania, o en Siria, o en Bélgica, o en España, o en…
No sólo celebran estas muertes, sino incluso dicen que van por más.
Cuando en un taxi fui raptado por unos delincuentes, en el momento en que me maltrataban sin haberles hecho daño alguno, yo con una venda en los ojos y atado de las manos, fueron interrumpidos por una encantadora voz femenina que, de súbito, arribó al sitio, que era un tráiler abandonado (o eso quiero suponer, porque nunca lo vi), para preguntar a uno de los torturadores si le llevaba algo de comer.
—Unas papitas y una Pecsi, mi amor —contestó el maleante, luego de lo cual continuó martirizándome, sin yo haberle hecho daño alguno.
Y la voz de la mujer era bella.
No sé si ella era también bella, pero de que estaba enamorada no me quedó ninguna duda. Lo que hiciera su hombre, estaba bien hecho, y ella no tenía por qué contrariarlo. Tal como Lucía Hiriart, la esposa de Pinochet, que seguramente también festejó el triunfo de su marido, sin importarle un ápice el asesinato que su Augusto acababa de cometer, ignorando el atroz sufrimiento de Hortensia Bussi, la viuda del mandatario defenestrado. Y fue, Lucía, suya, de Augusto, hasta el fin de la vida, pacífica y colmada de bendiciones, de su amado hombre.
Laura Welch, de similar modo, cobijaba entre las sábanas a su adorado George W. Bush mientras miles de iraquíes y afganos caían acribillados por una guerra petrolera que comandaba con artera vesania su esposo.
Y, si bien no lo sé de cierto, no me cabe la menor duda de que a dos o tres de los que incendiaron a los normalistas de Ayotzinapa fueron recompensados, al llegar a sus respectivos hogares, con candentes amorosidades por parte de sus cónyuges, sabiendo o no lo que acababan de hacer sus amados.
De semejante modo durmió Guadalupe Borja la noche en que su marido Gustavo Díaz Ordaz había mandado matar, el 2 de octubre de 1968, a cientos de estudiantes para acallar sus ruidosas manifestaciones políticas. Y no se diga nada de las hermosas mujeres de los narcos, que incluso, sabedoras de los crímenes perpetrados por una vida al margen de las leyes, los buscan con aliento sensual para compartir el lecho.
La esposa del Chapo, el día en que lo arrestaron, suplicó, ella, que no lo mataran porque era el padre de sus hijas, el amor de su vida.

3
Una linda mujer tiene un espacio en Canal 22 para hablar de situaciones plásticas. Yo la escucho, a veces, defender a rabiar la expresión de los artistas visuales. Enfatiza acerca de los principios humanos, de las éticas que arropan y descobijan, en ocasiones, a los creadores por sus comportamientos culturales, etcétera.
A esta linda mujer yo la invité, siendo ella muy joven, para que participara en la fundación de la sección cultural de La Jornada. Apenas comenzaba a internarse en el medio periodístico. Ella, junto con otros reporteros que yo había aceptado para que creáramos las primeras páginas culturales en ese medio, aceptaron el juego del director de ese nuevo periódico para hacerme a un lado sencillamente… ¡porque yo había dejado de interesarle a dicho “patrón” al darse cuenta de que en mí no iba a tener a un empleado sumiso, agachón, acatador de órdenes que sólo obedecía lineamientos de enlaces amigables con intelectuales de su círculo!
Cuando la estrategia funcionó (ninguno de mis reporteros escribía nada, razón por la cual convoqué a una reunión urgente en mi cubículo), el líder del plan, el que a la postre obviamente me sustituiría en previo acuerdo con el director de ese rotativo, argumentó que no podían trabajar conmigo por tres contundentes razones: (una) no les gritaba, (dos) no los regañaba y (tres) no los suspendía cuando faltaban al trabajo.
Ante esta severa puerilidad no pude hacer nada: ¿pedirle al director que corriera a todos estos reporteros amañados e influenciados por vaya uno a saber qué educaciones autoritarias?
No.
Yo me fui, y ellos vitorearon mi partida al día siguiente.
Esa noche, lo recuerdo bien, fue un numeroso conjunto de trabajadores de La Jornada a mi domicilio para solidarizarse conmigo y exhibir su molestia y desconsuelo por la actitud de los reporteros culturales aliados con la dirección.
Entre este grupo que actuó con mala fe deslindándome de una sección que yo había fundado estaba, sí, esta linda mujer que ahora habla de injusticias y de inverecundias en el sector cultural, y los que saben que así sucedieron aquellos hechos la tratan como si el suceso del pasado no existiera, que sólo fue un simple mito.
Y así se congregan, luego, el que determinó la caída del sistema electoral en 1988 con el gobernador que se embolsó una suma millonaria mediante empresas fantasma, la amante del político corrupto que luego fungió de funcionaria de asuntos de desarrollo social con el burócrata que impidió la averiguación del asesinato de aquel hombre probo.
En fin: las amistades borran de un plumazo cualquier tormenta que arrasó con la vida ajena.
Los sindicalistas de Notimex, ahora enriquecidos por el obradorismo, tuvieron tanto dinero después de matar a la agencia del Estado mexicano, con el consentimiento de López Obrador, que han montado una empresa de información donde ahora ellos son los dueños. Y todos los insultos, las amenazas, los agravios que vertieron en contra de los que ellos supusieron sus enemigos han quedado atrás: la esposa de uno de estos amañados insultadores dijo a su amado que hizo bien al denigrar a los nuevos periodistas que, según ellos, habían llegado a esa agencia gubernamental para acabar con las corruptelas y mediocridades que allí se anidaba.
Ja, rió la esposa, contando los billetes que el obradorismo dispuso para ellos beneficiando, sobre todo, al asesor legal de esta larga huelga periodística que no era otro sino… ¡el padre de la secretaria de Gobernación impuesta por López Obrador!

4
Así es esto, y nadie va a cambiar estas características humanas y políticas. Porque, de manera natural, y con el paso del tiempo, el que determinó la caída del sistema electoral va a declarar que en realidad él no hizo nada e incluso puede ser hasta cobijado por los partidos de cuño izquierdista, el gobernante que acumuló millones de pesos a costa del erario va a negar tal acusación, la amante del corrupto va a declarar que fue víctima de un engaño misógino, etcétera.
Y cada uno va a tener a Dios de su parte.
Toda esta parafernalia me conmociona.
Por eso cuando acabé de contarle a mi amiga la periodista el nefando comportamiento de su amigo periodista, quedé sin respiración. Porque cuando yo me entero de estas vilezas sencillamente me distancio de la gente que las dispensa, y vaya que hay cientos de involucrados en el medio cultural, intelectuales que se dicen demócratas sólo para acordar presupuestos bonancibles para sus propios molinos de viento o creadores que cambian su rumbo cuando el empresariado pone en sus manos una fuerte cantidad de dinero o periodistas que intercambian complicidades políticas a cambio de generosos remanentes financieros, y me distancio, digo, aunque las enemistades en mi entorno se vayan acumulando, a mi pesar.
Quedé sin respiración, digo.
Pero su contestación fue apacible:
―Es mi amigo, y lo va a seguir siendo…
Y no tenía ánimo de contradecirla, por supuesto, porque los amigos no son impuestos sino uno los recibe, los calibra, los elige.
Y, en seguida, mi amiga la periodista me pasó a contar, ¡ay!, la maravillosa noche que transcurrió con su amigo periodista luego de tomar unas copas en un bar que daba serenamente su vista hacia el entrañable Zócalo capitalino en una escena por demás abrasadoramente cálida.

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