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Sabiendo que controlaba los decires de la prensa depositando millones de pesos en las arcas de los medios (¡casi diez mil millones a Televisa en seis años por concepto publicitario!, por ejemplo), Enrique Peña Nieto —cuya bella esposa, sólo por un sexenio, precisamente era una, ejem, actriz de Televisa— aseguraba, sin temor a sufrir ninguna contradicción, que en México, durante su mandato presidencial, reinó la libertad de expresión. (Dicha sentencia también la dijo, orgulloso, Carlos Salinas de Gortari con el aval de, digamos, Carlos Payán Velver cuando éste era director de La Jornada, y lo dijo asimismo Ernesto Zedillo, y lo reafirmó Vicente Fox, y lo constató, con el candor laudatorio de los medios, Felipe Calderón.)
Por supuesto, porque la libertad la compraba, la sigue comprando aunque con menor paga, el gobierno mediante la significativa distribución económica, absolutamente parcializada, de la propaganda oficial, al grado de dimensionar ―ya con las cifras reveladas― algunas situaciones ahora incomprensibles, como la supuesta “crisis” al interior del periódico La Jornada, cuando este medio recibió en el sexenio priista más de 529 millones de pesos: en 2013, 68 millones 649 mil 870 pesos; en 2014, 64 millones 405 mil pesos; en 2015, 88 millones 77 mil 560 pesos; en 2016, 84 millones 506 mil 600 pesos; en 2017, 111 millones 229 mil 420 pesos; y en 2018, su mejor año, 112 millones 234 mil 420 pesos. Y no se está contando en estos portentosos números el dinero proveniente de los estados de la República ni de los organismos autónomos. ¿Y todavía así se dijo tal empresa noticiosa en crisis? ¿Pues cuánto dinero necesitaba para no estarlo? Recuérdese que durante el obradorismo (Granma le llamaban erradamente algunos enfadados periodistas, como si no hubieran sido entonces Granmas cubanos medios como El Universal o Reforma en sexenios anteriores) La Jornada fue el periódico que más dinero obtuvo en seis años: más de mil millones de pesos, de ahí el visible rencor de varios supuestos críticos que no soltaban el verbo del rencor hacia el mandatario tabasqueño que les había recortado la suma ingente millonaria. (Ahora La Jornada se encuentra en la incertidumbre de una posible huelga asesorada nada menos que por el padre de las muchachas Alcalde, que siempre va a la segura en estas cuestiones económicas, ya visibilizadas desde el triunfo sindicalista de Notimex pese al trastorno ocasionado al interior del propio obradorismo, que aplaudiera la victoria corrompida castigando la lealtad ideológica de los trabajadores que resistieron a la infame huelga.)
Sin embargo, pese a esta voluble e impudorosa exhibición de poderes financieros enmascarados (en los seis años peñanietistas El Universal obtuvo mil 602 millones 483 mil 700 pesos; El Sol de México, mil 522 millones 981 mil 400 pesos; y Milenio, mil 181 millones 25.2 mil pesos, ¡otros tres medios que, al saberse la elección presidencial de Andrés Manuel López Obrador, de inmediato dijeron estar en crisis!), si existe libertad expresiva en el país no es precisamente gracias a la bonhomía política sino a la prensa y a sus periodistas que realmente velan por ella, ignorados, despreciados u oscurecidos por el funcionariato al que le incomoda este tipo de sujetos incómodos o entidades impertinentes, a los que el gobierno rechaza con ahínco y una taimada facilidad al negarles su publicidad que debiera ser equitativa en democracias reales, no simuladas. Porque en este apartado a la clase política no le interesa la calidad periodística ni el número de lectores (¡el periódico cultural La Digna Meráfora llegó a tener más de un millón de lectores en línea sin que las autoridades se enterasen de ello matando en el obradorismo esta publicación al negarle publicidad oficial!), aunque estos rubros (dizque las cifras de los lectores o veedores) sean su pueril justificación, ya que si se tratara en serio de ambos incisos —cantidad de seguidores y confianza en su veracidad— no daría el gobierno un solo anuncio al emporio de Emilio Azcárraga Jean, cuya producción informativa es claramente parcializada y de muy bajo nivel, carente de toda credibilidad periodística.

2
Enrique Peña Nieto no dijo nada, ya en su último tramo administrativo, acerca de la clausura que vivió Carmen Aristegui, mientras estuvo al frente del noticiario matutino de MVS, por difundir el asunto de la Casa Blanca de la pareja presidencial (divorciada en el momento mismo en que finalizaba, curiosamente, el sexenio del marido priista), que obligó, y no otra es la palabra, a los patrones de esa televisora a despedir a la periodista para no continuar causándole más molestia al Primer Ejecutivo, que a partir de ese momento, y los números no mienten, empezara a otorgarle a MVS millonarios contratos publicitarios (pago cuantioso que incluyera, por supuestro, el costo significativo del despido fulminante de Aristegui).
Porque es el gobierno el que distribuye el dinero para la sobrevivencia de la prensa en México. Y eso lo sabía muy bien Peña Nieto. No es que fuera una prerrogativa encarecida de los medios, sino una obligación ―digamos moral, digamos política― del Estado de propagar sus actividades en distintos medios. Si México viviera una democracia, como lo afirmaban Peña Nieto y López Obrador, incluso los medios independientes de calidad pudieron haberse mantenido con vida, pero la publicidad es usada, por lo general, para matar y hacer vivir a la prensa y a ciertos periodistas. Porque en una democracia real el gobierno distribuiría de manera equitativa su publicidad oficial para mantener informada a la ciudadanía mediante sus diferentes circuitos informativos (eliminando, por supuesto, a los medios mediocres, proselitistas, oportunistas, partidistas, inmediatistas, desiguales, que viven sólo precisamente para sacar ventaja de su “cuarto poder”, porque hasta en las mejores democracias deben distinguirse las dignidades y los arribismos). Ni con López Obrador, a pesar de su alentador discurso, la equidad supo valorarse a sí misma.

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Cuando Carmen Aristegui tuvo que abandonar MVS por motivos políticos, varios periodistas, colegas suyos, distinguidos y altruistas algunos, fueron los primeros en enjuiciar a la periodista nomás para que el Señor Presidente se diera cuenta con quién contaba y con quién no. Un periodista en Tamaulipas confesó que cuando fueron por él a la redacción para secuestrarlo por sus informaciones, el que lo entregó fue un colega que le pidió que saliera pronto para que a nadie más le tocara el sacrificio. Cuando yo me fui de El Financiero, en agosto de 2013 ―porque incomodaba a los nuevos periodistas que llegaban a ese diario con salarios monumentales con el obvio fin de congraciarse con el gobierno peñanietista ya que el empresario que había comprado el periódico era, y tal vez todavía lo siga siendo, cercano al ex presidente a tal grado que al año siguiente Peña Nieto lo nombraba el “empresario del año”―, ¿algún periodista o periódico me llamó para que colaborara con ellos? No. Nadie, Roura se esfumaría, y era yo uno menos que estorbaba en el paisaje periodístico del país. Pues se sabía, aún se sabe, que yo no quedo bien, cuando escribo, con Dios y con el Diablo a la vez para no perjudicarme, tal como lo hicieron numerosos cronistas ya, lamentablemente, fallecidos: toda su vida la vivieron como en un carnaval de prebendas y compensaciones, pese a su postura supuestamente izquierdista.
Entre los propios periodistas muchas veces uno encuentra, o tiene ―sin saberlo―, al peor enemigo.
Sobre todo cuando no se participa en estas demandas y exigencias monetarias con el funcionariato político. Porque, curiosamente, todos aquellos que reciben dinero de los gobiernos en turno se conocen entre sí, se saludan, se respetan, se dicen amigos, se abrazan, dialogan, se consienten, se entienden, se solidarizan mutuamente y se molestan cuando son abandonados por el erario, como en los meses lopezobradoristas, enfadados que estuvieron porque el presidente morenista no presentó nunca un programa económico para los medios. Y su enfado era notorio en todos los canales (uno no puede olvidar, por ejemplo, los gestos de cólera infinita de un Aguilar Camín), en todos los diales, en los papeles impresos, en los portales. Y entonces, como jamás antes, se comprendió medianamente a los medios independientes, que aprendieron a vivir sólo de su periodismo, no de los menjurjes financieros gubernamentales.
¿Cuánto tiempo más les durará su enfado a estos periodistas y a esta prensa mexicanos?

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