Autoría de 2:34 pm #Opinión, Patricia Eugenia - Narrativa en Corto • 9 Comments

El encanto del Face – Patricia Eugenia

No la bloqueaba y no la bloqueaba, aunque sí quería. Siempre ella, ella, ella…

Ayer anunció el cierre de un taller que impartió en la montaña, hoy mostraba un diploma por su labor cultural en un lejano valle de lágrimas, mañana seguro sorprenderá a sus “seguidores” con una nueva hazaña.

Linda, dulce, militante de las buenas obras; sonriente rubiecita ojiazul… Su vida parecía impecable, ¡divina!, pero… la tarde que descubrí un trozo de su parte oscura, sabiendo que era buena y muy querida, comencé a sentir culpa sólo de pensar en bloquearla, y a recordarla a propósito de nada como a una cancioncita de anuncio de sopa; a sudar, en lugar de borrarla y ya.

Llamé “pudor cibernético” a esta nueva y rara enfermedad. Los síntomas son horribles, y me produjeron unas ganas insoportables de fisgonear en sus publicaciones –imágenes y textos– todas las noches antes de dormir.

Una noche en mi sueño, ella era una ratona güera, y yo una gata feroz dudando entre morderla directo en la yugular o primero jugar a cansarla; desperté de golpe sin saber qué decidí.

Nos conocimos hace seis meses en una lectura pública: intercambiamos números de teléfono y cuentas de Facebook, fue muy amable y, antes de irse, vino especialmente a mi mesa para decir: 

–No podré quedarme a tu lectura, pero escucharé la grabación. Estoy segura –dijo la aduladora– que me encantará.

¡Ay de mí!, ese detalle de cortesía me impidió deshacerme de su virtual y perenne presencia; eso, y saber que era muy apreciada en el mundillo literario, donde con sus relaciones públicas favorecía a todos sin pedir nada a cambio –lo averigüé entre conocidos–.

Ella tenía una deuda conmigo, que nadie, ni siquiera la deudora, conocía: Aquella tarde de la lectura presentó un cuento “de su autoría” ¡pero, a la tercera línea, supe que era plagiado!, ¿o… “inspirado en otro muy semejante”?

Debido a su trampa, decidí no integrarme al grupo de artistas y admiradores que la rodeaban, con lo que mi rencilla estaría, si no resuelta, al menos olvidada, pero apenas abría mi lap la veía y recordaba su impunidad literaria y los aplausos que agradeció por “su cuento”; entonces me revolvía en un malestar espeso y autoacusatorio, porque no fui capaz de echarle en cara su farsa con cortesía. Supongo que sentir mi cobardía, como un buitre que acechaba mis entrañas para devorarlas, era otro síntoma de la enfermedad. ¡Estaba harta! 

Ayer, un amigo me explicó que es muy común “descansar” de un “amigo” y dejar de ver publicaciones del sujeto en cuestión, sin que este se entere… “¡Cuánta falsedad!” –pensé– y, sin embargo, allí estaba la posibilidad… ¡Perversa tecnología!, a ella le permitía mostrar al mundo una sí misma que no existía, y a mí hacerla creer que la “seguía”.

Me resolví, y busqué un momento de soledad –mi ritual tenía que ser privado, tal como mi rencilla– y me preparé para desaparecer a “mi amiga”.

Me serví vino, prendí mi compu, giré la perilla del mouse hasta llegar a su imagen sonriente por última vez… pero, en su lugar, apareció su nombre en elegantes cursivas y su foto enmarcada en negro. La página no explicaba nada: tenía azucenas y una palomita volando hacia arriba en un celestial haz de luz con fondo satinado como forro de ataúd; había además dos fechas 1954-2021 y tres letras: RIP.

La abrupta noticia produjo estupor entre sus amigos –había decenas de comentarios–, también en mí, claro; porque siempre joven, a pesar de su edad, parecía inmortal y porque el fin de semana pasado, ella, bueno, su imagen, pescaba en un pueblito costero durante una puesta del sol.

Iluminada aún mi cara con la brillantez de la pantalla y sin haber recuperado la temperatura y el movimiento, intenté gritar, pero no pude: ¡Me estaba doliendo la muerte y produciendo vértigo el deceso de una “amiga” que no fue tal! Cuando recuperé el habla, era muy tarde: el grito se me había suicidado entre las costillas.

Inspiré despacio, fuerte, y al exhalar tuve una horrible sensación de alivio que me dejó la boca y el corazón amarillos, secos, rancios.

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Last modified: 5 septiembre, 2025
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