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Nonagésimo aniversario de la muerte de Rudyard Kipling – Víctor Roura

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En las letras el hindú británico Rudyard Kipling (fallecido hace 90 años, el 18 de enero de 1936, 19 días después de estrenarse como septuagenario), a decir del inglés William Somerset Maugham (1874-1965), “fue inmensamente precoz”. Tenía plena posesión “de sus poderes desde el principio. Algunos de los relatos de Cuentos llanos de las montañas son tan triviales que más avanzada su vida seguramente no le hubieran parecido dignos de escribirlos, si bien están contados con claridad, con viveza, con eficacia. Técnicamente son irreprochables. Los defectos que puedan tener se deben a la insensibilidad de la juventud, no a su falta de destreza”.

      Apenas dejó atrás la adolescencia fue asignado al puesto de Allahabad y supo, entonces, “expresarse en cuentos de mayor longitud”. Dice Maugham, narrador él mismo de primera magnitud, que Kipling escribió, rebasada la frontera púber, “una serie de relatos que sólo pueden con justicia considerarse magistrales”.

      Cuando el autor de El libro de la selva llegó a Londres, el editor de Macmillan’s Magazine, al cual fue a visitar, le preguntó qué edad tenía. No es de extrañar que cuando Kipling le dijo que en pocos meses cumpliría 24, exclamara: “¡Dios mío!” Su consumado “dominio del relato era ya verdaderamente asombroso”.

      Pero todo tiene un precio en este mundo, advertía Maugham. A finales del siglo XIX, “es decir cuando rondaba los 35, Kipling había escrito sus mejores relatos. No quiero dar a entender que después escribiera malos relatos, no podría haber hecho una cosa así ni siquiera adrede; son suficientemente buenos, pero carecen de la magia que emana de los primeros cuentos sobre la India”. Como es natural, Kipling “tuvo sus detractores. A los lentos y esforzados escritores que tras años de duro trabajo habían logrado ocupar un lugar modesto en el mundo de la literatura se les hizo muy arduo de sufrir que ese joven, caído como quien dice del cielo, aparentemente les ganase por la mano sin el menor esfuerzo, y con un triunfo tan espectacular”. Estos enemigos gratuitos “se consolaron profetizando (igual que se hizo con Dickens en su día) que, así como había ascendido como un cohete habría de caer como el vástago del mismo”.

      Pero no fue así.

      Incluso en 1907, a sus 42 años, recibió el Nobel de Literatura, siendo, hasta este momento, el galardonado más joven en recibirlo: “El relato breve no es, en general, una forma de ficción en la que los ingleses hayan sobresalido —decía Maugham al final de su prólogo, escrito en 1952, al libro El mejor relato del mundo y otros no menos buenos, que Sexto Piso pueo en circulación en México—. Los ingleses, como bien se ve en sus novelas, son propensos a lo difuso. Nunca han tenido demasiado interés por la forma. Esta forma exige ceñirse a lo esencial. Lo sucinto no casa bien con su sensibilidad. Pero el relato breve exige una forma, y exige que sea sucinta. Lo difuso acaba con él. Es una forma que depende de la construcción. No admite cabos sueltos, ha de ser algo completo en sí mismo. Todas estas cualidades se encuentran en los relatos de Kipling cuando daba de sí el máximo, cuando alcanzaba cotas magníficas de narrador, lo cual, por suerte para nosotros, sucede relato tras relato”.

      Según Maugham, Kipling es el único autor británico —aunque haya nacido en la India— de relatos breves “a la altura de Guy de Maupassant y de Chejov, Es nuestro narrador más grande. Me cuesta creer que se le pueda llegar a igualar. Estoy seguro de que no se le podrá sobrepasar”.

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Lo cierto es que los 16 cuentos que congregó Maugham en esta breve antología —si bien para ser breve es bastante voluminosa: un total de 556 páginas— son, sí, perfectos, de modo que las preferencias por cada historia recaerán de acuerdo a las inclinaciones sentimentales, o a la propia cultura, de los lectores, no a los rigores o a las posibles debilidades de los textos, ya que estas minucias son, de plano, inexistentes.

      El primer relato, el que da título al libro, trata sobre la metempsicosis, es decir la creencia en la transmigración de las almas, un pensamiento, por cierto —tal como lo precisa Maugham—, enraizado en la sensibilidad hindú. Charlie Mears empieza a contar a Kipling los sucesos de sus vidas anteriores: “Entre todos los hombres del mundo —dice éste— a mí se me había dado ocasión de escribir el relato más portentoso, nada menos que la historia de un esclavo griego en galeras, relatada por él mismo”.

      Mears le iba contando de a poco, de acuerdo al desarrollo de sus sueños: “No era de extrañar —dice Kipling— que el sueño le hubiera parecido tan real a Charlie. Los Hados, que tanto esmero ponen en cerrar las puertas de cada vida sucesiva según van quedando éstas atrás, en este caso habían incurrido en un descuido, y Charlie contemplaba, sin saberlo, aquello que jamás se le había permitido escrutar a hombre alguno desde que el tiempo es tiempo. Sobre todas las cosas, era absolutamente ignorante del conocimiento que me había vendido por cinco libras, y por siempre habría de conservar esa ignorancia, ya que los empleados de banca no entienden la metempsicosis, y una sólida educación comercial no comprende el griego”.

      Charlie Mears surtiría a Kipling de todo cuanto apeteciese, de manera que se puso a dar “brincos de contento entre los dioses mudos de Egipto”, se rió “ante sus rostros  maltrechos por el tiempo”, pues Charlie lo aprovisionaría “de todos los materiales que pudiera precisar para dar fuste a mi relato, para darle tal certeza que el mundo entero lo tomaría por mera ficción impúdica, por una invención improvisada primero y adornada después”. Pero sólo él, nadie más que Kipling, sabría en su fuero interno que “era absoluta y literalmente fiel a la verdad”.

      Sin embargo, pese a que lo apremiaba a que finalizara su historia, Charlie Mears avanzaba con lentitud. Sus recuerdos se iban y a veces no volvían, y sus sueños no eran muy prolíficos que digamos. Pero no contaba Kipling con otra vicisitud, un mortal imprevisto, que su amigo Grish Chunder le confió: el mejor relato del mundo no acabaría por ser contado, pues alguna desgracia, tarde o temprano, ocurriría. “Hasta la fecha”, le dijo, el muchacho “no se ha parado a pensar en una mujer”; o, mejor dicho, “ninguna mujer ha pensado en él”, porque ese día será el desmoronamiento del pasado. “Bastará con que su amigo devuelva un solo beso y el recuerdo lo sanará de toda esta tontería”, advirtió Chunder. Y por más que lo instaba Kipling a que acabara, ¡por Dios!, con la bellísima historia, Mears no tenía ya prisa, sobre todo luego de haber conocido, para desgracia de Kipling, a una linda muchacha “de cabellos rizados y una boca estúpida y flácida”.

      —¿No le parece magnífico? —susurró Mears, y Kipling vio que “estaba colorado hasta la raíz del cabello, envuelto en el sonrosado misterio del primer amor”—. No sabía yo… Ni si quiera lo pensé… Vino a mí como un trueno repentino.

      Sí, dijo Kipling, así suele llegar el amor: como un trueno.

      Grish Chunder “estaba en lo cierto”, concluye un entristecido Kipling, “Charlie había probado el gusto del amor de la mujer, que acabaría con toda posibilidad de recordar”.

      El mejor relato del mundo, pues, ya nunca llegó a escribirse.

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Last modified: 12 enero, 2026
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