Autoría de 5:04 pm #Opinión, Rodrigo Montera - Poema de Gol

Amar el futbol – Rodrigo Montera

“Amar el futbol” es una expresión que puede sonar desmedida, pero para muchas personas le es natural, propia. En cambio, los que no son futboleros, incluso quienes no sienten afición por algún otro juego, se podrían preguntar: “¿Amar un deporte?”. Sí, porque amar te entrega, no te oculta; te invita, no te aísla; te centra, no confunde; te hace jugar, no te inmoviliza.

Amar es construir. Construirte. El amor que profesamos nos moldea. 

Amar para tener una personalidad que esté moldeada por las personas, las cosas, los paisajes y las actividades que convocan tu presencia. Amemos lo más que podamos para que el amor nos dé forma. ¿O habrá quien prefiera ser moldeado por personas o actividades que detesta?

Amar para que el mundo pase a través de nosotros, enriqueciéndonos. Porque el amor es un ir en profundidad, una inmersión, conocer algo y sus recovecos, entenderlos por experiencia. 

Quien gusta de un deporte y entra a un campo de juego… está siendo moldeado por una buena práctica: sin importar el resultado, la experiencia —al jugar— te revela quién eres.

Posiblemente para muchos una imagen que represente la frase “Amar al futbol” sea la de aficionados que, descamisados, le cantan a los colores de su equipo.

La propuesta del texto es otra: amar sin arrebato, porque este descoloca y el amor, en el mejor de los casos, te coloca en tu lugar.

Y estar en tu sitio, te fortalece.

¿Qué aficionado al futbol no se ha sentido en su lugar en una cancha de futbol? Incluso a un costado del campo, intercambiando pases con un amigo o con un familiar. Un acto tan sencillo como pasarse el balón enriquece una tarde; lo mismo que una pareja que se apoya en los actos cotidianos, con armonía.

La felicidad es ritmo, por eso creamos rituales, porque estos le dan armonía a nuestras relaciones.

Dos personas que se pasan el balón el uno al otro, están en ritmo con la felicidad.

Y tanto los rituales como la felicidad requieren presencia.

Hacer una actividad sólo se puede hacer bien cuando ocupas todo el cuerpo. Un alpinista sólo puede subir una montaña si, en verdad, ocupa todo el cuerpo.

Puede que en la actualidad nos estemos acostumbrando a mutilarnos: a tener la cabeza en un sitio, las manos en otro y el corazón…

Hacemos las cosas sin hacernos de ellas. Más bien, nos deshacemos en ellas. ¿Quién podría subir una montaña contestando whatsapps? Y si lo consiguiera (no me imagino cómo), lo habría hecho de una forma incompleta: sin presencia.

El amor es presencia.

Estás o no estás.

Juegas o no juegas.

Incluso jugando mal, pero estás ahí, en el juego.

Jugar es estar con todo el cuerpo en una cancha.

Más que nunca, pienso, hay que encontrar y cultivar esos amores, los que invitan a todo tu cuerpo a jugar.

Por eso importa, a los que les importa, amar el futbol. Jugarlo. Tener un balón cerca, un uniforme por usar, unos tenis por estrenar, un gol que soñar, un ataque que defender, un pase que orientar, un disparo que atajar, un marcador que enmarcar u olvidar o…

“Al jugar futbol, soy yo.”

¿Qué más podría decirse?

Nada.

(O quizá sí, una última idea: amar te da lucidez. Lucidez de ti).

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Last modified: 14 febrero, 2026
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