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A finales de la década de los setenta del siglo pasado circuló profusamente un ejemplar de una revista intitulada Guerra a las Drogas, en la cual Peter Wyer, autor del texto incluido en todo el número, afirmaba que quienes escuchan rock a la larga se convierten en insoportables zombies. Elaborado por la Coalición Nacional Antidrogas, el pasquín volvió a distribuirse hace 40 años, en 1985, a propósito de la detención de Caro Quintero en abril de ese año pasando 28 años encarcelado, mas en agosto de 2013 fue liberado luego de que un tribunal, vaya uno a saber mediante qué burocracias, concluyera que “había sido juzgado indebidamente”. Sin embargo, el 5 de julio de 2022 fue detenido nuevamente para, después de haber pasado 20 meses en un penal del Estado de México, ser extraditado a Estados Unidos en febrero de 2025.
Además de oportunista, sus editores querían remarcar con la publicación la existencia de Dios. Sus argumentos eran risibles: “Hay que advertir que la relación entre el rock, la música disco y la drogadicción no es sólo una asociación —decía Wyer—; estas formas de música tienen el mismo efecto que las drogas en los procesos mentales”.
Precisamente por esa fecha, el séptimo y octavo mes de 1985, el Tianguis del Chopo sufría una arremetida de las autoridades de la entonces llamada Delegación Cuauhtémoc.
Con los triunfos políticos, en aquellos años, de asociaciones menores como Pro Vida, con mayor razón aparecían los editores que buscaban iluminar los senderos oscuros que a su juicio recorría la juventud.
(Si el gobierno destituía de la dirección del Museo de Arte Moderno a Jorge Alberto Manrique para complacer a ofendidos católicos por la pintura Marilyn, de Rolando de la Rosa, cuadro expuesto en el Salón Espacios Alternativos en 1988, ¿por qué no desaparecía de una vez por todas al demoniaco Tianguis roquero? No conformes las autoridades con solapar el desalojo que sufrieron los tianguistas en las calles de Oyamel la tarde del sábado 6 de febrero de 1988, 15 días después varios policías, con pistola en mano, agredieron a los mismos comerciantes situados aquella vez en la colonia Guerrero, poco antes de su instalación definitiva a un ladio de la Biblioteca Vasconcelos.)

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Un folleto de 58 páginas, nombrado “¿Queremos rock?”, se repartió por varias zonas de la capital (probablemente pasó por muchas manos durante la marcha al desagravio a la Virgen de Guadalupe convertida en Marilyn Monroe en una exposición plástica citada líneas arriba). La redacción de esa especie de boletín religioso incluía un texto del canadiense Jean Paul Regimbal, quien lo escribió originalmente en la revista Réplica de Guadalajara, en cuyas páginas no aparece por ningún lado el año de su impresión. Regimbal, al igual que su colega Wyer, es también divertido: “Quienes inventaron el rock —decía— se propusieron perfeccionarlo hasta el grado de hacerlo apto para provocar un corto circuito de las facultades conscientes y por este camino manipular el cerebro, poseer a la juventud y lanzarla en manadas contra toda autoridad constituida y contra toda clase de gobierno, razón más que suficiente para que el gobierno de cualquier país tome cartas en el asunto y con todo derecho prohíba el uso de la televisión y de la radio para difundir esta clase de música”.
Autoritarios, los hijos de Dios.
No hay más palabra que las suyas.
¿Quiere saber el lector cuáles son, o eran, las consecuencias psicológicas que le deparan, o deparaban, de insistir en escuchar rock?
(Quito del aparato receptor, por un momento, a U2… por si las.)
uno) Modificación de las reacciones emotivas que van de la frustración a la violencia incontrolable.
dos) Pérdida de control, tanto consciente como reflejo, de las capacidades de concentración.
tres) Disminución considerable del control de la voluntad sobre los impulsos inconscientes.
cuatro) Sobreexcitación neurosensorial que produce euforia, sugestividad, histeria e incluso alucinación.
cinco) Trastornos serios de la memoria, de las funciones cerebrales y de la coordinación neuromuscular.
seis) Estado hipnótico o cataléptico que convierte a la persona en una especie de zombi o de robot.
siete) Estado depresivo que va desde la neurosis hasta la psicosis, sobre todo cuando se combina música y droga.
ocho) Tendencias suicidas en homicidas, acrecentadas con la audición cotidiana y prolongada de la música rock.
nueve) Automutilación, autoinmolación y autocastigo, sobre todo en las grandes concentraciones.
diez) Impulsos irresistibles de destrucción, de vandalismo y de descontento, después de conciertos y de festivales de rock.

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Hipótesis extraída de la primera consecuencia psicológica: los de Pro Vida se encerraron el sábado 23 de enero de 1988 por la mañana en un local para escuchar a todo volumen a Police o al Tri y salieron de ahí directamente al Museo de Arte Moderno con una violencia incontrolable. Su euforia e histeria les dio resultado: cerraron parte de la exposición pictórica exhibida en el Salón Espacios Alternativos.
El texto de Regimbal, además de poseer equivocaciones sobre la historia del rock, era de una temerosa ligereza: “No todo rock es satánico, pero todo rock es nocivo”.
Luego hacía un llamado a las buenas conciencias: “Hay que ayudar a los responsables de la pastoral, las religiosas y los religiosos educadores y a los miembros del clero a asumir su parte en la formación integral de la juventud, principalmente en el nivel de la conciencia, de la libertad, del discernimiento espiritual y de las opciones cristianas. Sólo es verdaderamente libre aquél a quien Cristo ha liberado”.
Y no se quedaba ahí el tal Regimbal, sino que en dicho folleto pedía la ayuda de los obispos para encauzar a la pobre juventud roquera. Regimbal se asustaba (y supongo que les trasmitía ese temor a sus socios o a sus sectas o como se les llame) porque, aseguraba, quien maneja el rock no es otro sino… ¡el propio Satanás!
Este tipo de afirmaciones era demasiado común en aquellos tiempos: una y otra vez las oíamos o las leíamos con insistencia inusitada… ante la pasibilidad, o pasividad, de las autoridades culturales, que se cruzaban de brazos ante estas anomalías verbales que, sencillamente, encerraban paradojas culturales: ¿cómo explicarnos que dichas dictaduras provinieran de los seguidores, adoradores y creyentes de Dios?
(Vuelvo a poner en el aparato reproductor el disco de U2. Le subo más el volumen.)

4
(Eso de escuchar los vinilos al revés, después de todo, tenía un misterio encantador pues, dado el arrebatado embrujo de la porfía discográfica, me aboqué a ello una linda tarde de finales de la década de los ochenta con el inesperado resultado que ya he contado alguna vez: escuchaba un disco de la hermosa Toni Childs zarandeándolo —el disco— al revés cuando, de pronto, percibí con claridad que la cantante californiana me llamaba pronunciando nada más mi apellido, me llamaba para conocernos a fondo, asunto que arreglé de inmediato embarcándome a Estados Unidos para hallar la gloria cantora.)

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