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Laponia: la vida a 40° bajo cero (I de III) Recuperar el asombro infantil

CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C. / LALUPA.MX

“No vaciles nunca en irte lejos, más allá de todos los mares, de todas las fronteras, de todos los países, de todas las creencias”. Amin Maalouf

Laponia, Finlandia (Círculo Polar Ártico).- A 40 grados bajo cero, el vapor de la respiración se condensa y congela las pestañas, las cejas y el vello facial, en cuestión de minutos. A esta temperatura, el viento —helado, hiriente— se siente como si fuera un cuchillo o una aguja en la piel expuesta. El frío golpea la parte posterior de la garganta y los bronquios, provocando una tos seca, inevitable.

Foto: José Antonio Gurrea C.

A 40 grados bajo cero, el sentido del olfato prácticamente desaparece: el aire es tan gélido que las moléculas de olor no se desplazan y los receptores nasales se adormecen. El mundo se vuelve inerte: mares, ríos, lagos y cascadas, pierden velocidad hasta solidificarse en la superficie. Incluso la tecnología sucumbe: las baterías de celulares, relojes y glucómetros se cristalizan, y los aparatos se desploman del cien al cero por ciento en apenas unos minutos ante el azoro y, a veces, el desasosiego, especialmente cuando la condición de uno de los integrantes de la familia exige medir el nivel de azúcar con rigor.

A 40 grados bajo cero, la acústica se transforma: el aire, mucho más denso, altera el sonido. Aunque en los bosques profundos reina un “silencio gélido”, en los espacios abiertos del Círculo Polar Ártico (latitud 66° 33′ Norte) el silbido del viento se filtra por doquier, acompañado por el crujir de los pasos. La nieve, liviana y seca, se vuelve polvo al perder la película de agua que suele actuar como pegamento. Al caminar, el suelo emite un crujido metálico, casi vidrioso; una experiencia inmersiva que resulta fascinante al comprender que ese “chirrido” es, literalmente, el sonido de miles de cristales fracturándose bajo el peso de cuerpo.

Video: José Antonio Gurrea C.

Si el Ártico finlandés es tan duro, tan avasallante, ¿qué diablos es lo que nos impulsa a tomar tres vuelos y a recorrer más de diez mil kilómetros para llegar a este lugar aparentemente inhóspito? Sin duda, uno de los principales motores tiene que ver con la búsqueda de la otredad: ese impulso por reconocer y vincularnos con lo ajeno, con lo que habita fuera de nuestro mapa cotidiano.

Paul Theroux, excelente cronista, entiende muy bien esa pulsión al señalar que “el mejor viaje es un salto al vacío. Si al otro lado hubiera un destino familiar, ¿qué sentido tendría ir hasta alli?” Esta premisa enfatiza que el verdadero viaje comienza donde termina la seguridad. Si el destino es predecible, sólo estamos ensanchando nuestra zona de confort. Aquí, el “vacío” representa la posibilidad de que las cosas no salgan como planeamos. Significa estar expuestos a nuevas culturas, idiomas o situaciones sin nuestras defensas habituales. Y ojo, sólo cuando no tenemos referentes conocidos nos vemos obligados a desarrollar nuevas habilidades y perspectivas. Theroux  —quien hace más de medio siglo sacrificó incluso su estabilidad personal cuando decidió realizar un periplo desde Londres hasta el lejano Oriente, en tren— nos invita a recuperar la capacidad de asombro, sugiriendo que un destino que no te desafía, simplemente no merece el esfuerzo del trayecto. 

Paul Theroux en un viaje en tren de Rennes a París realizado en 1999. Foto: Daniel Mordzinski

En este sentido, la Laponia finlandesa es el reto perfecto, situado en las antípodas del viaje convencional. La prueba comienza con más de 20 horas en clase turista, un desgaste que exige preparación física y mental. Una vez allí, el frío extremo impone una armadura de al menos cuatro o cinco capas térmicas, mientras que la noche polar —con apenas tres horas de luz o penumbra total— desafía el ritmo circadiano y el nivel de energía. A esto se suman actividades de alto impacto: conducir trineos de huskies por caminos helados, lo que exige atención y esfuerzo físico constante, o cazar auroras boreales durante toda la noche sin garantía de éxito. Incluso el senderismo se vuelve una disciplina de resistencia en lugares como el cañón Korouoma, donde alcanzar las cascadas congeladas —el mayor atractivo de ese lugar— implica diez kilómetros de marcha sobre nieve profunda o escalada en hielo, una travesía que necesita de una condición física media a alta.

Foto: Lucas Alcaraz

¿Vale esto la pena tanto esfuerzo? Sin duda. El ártico finlandés es salvaje —descarnadamente lo es— pero también posee una belleza que trasciende cualquier cliché. Laponia, hay que enfatizarlo, es la puerta al último territorio virgen de Europa, un escenario donde la naturaleza extrema se impone a los sentidos. Estar allí en invierno es una invitación forzosa a la reflexión y a una contemplación que sólo es posible cuando el mundo, tal como lo conocemos, se detiene.

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Toni Pou, físico y periodista científico catalán, señala que el primer paso de cualquier viaje se da con la imaginación. Pero el acto de soñar despierto no surge de la nada. Es el resultado de procesar lo que hemos visto, sentido y sufrido. En mi caso, el origen de este viaje se remonta a una imagen nítida: la primera vez que vi la nieve. Tenía seis años, cuando una inédita nevada sorprendió a la Ciudad de México. Era enero. Estaba aún en la cama cuando los gritos emocionados del novio de mi hermana mayor rompieron la calma: afuera, el mundo se había vuelto blanco.

“Tenía seis años, cuando una inédita nevada sorprendió a la Ciudad de México.” Imagen de la nevada que cayó sobre la CDMX en 1967

Supuse que era una broma, pero salté de la cama y me asomé por la ventana. Lo que ví me dejó impactado: el patio, las flores y las macetas de mi mamá se encontraban cubiertas por una alfombra blanca. Me vestí a trompicones —ese día, lo recuerdo bien, se suspendieron la clases— y salí atropelladamente al encuentro con lo desconocido. Lo primero que hice fue tocar la nieve con la piel desnuda, sin guantes ni protección de ningún tipo. El frío me congeló la mano al instante. Yo, que en la televisión veía a los niños estadounidenses jugar con el hielo sin inmutarse, me sorprendí al descubrir que la nieve dolía. Intenté tomarla de nuevo, pero la piel me ardió. Sentí cierta decepción. Oriundo de un país donde la temperatura promedio nacional ronda los 20°C, ignoraba por completo la existencia de los guantes y la cultura de las capas térmicas.

Me asomé por la ventana. Lo que ví me dejó impactado: el patio, las flores y las macetas de mi mamá se encontraban cubiertas por una alfombra blanca” Imagen de la nevada que cayó sobre la CDMX en 1967

Alguien —no recuerdo quien, pues el patio ya se encontraba lleno de infantes, y también de adultos jugando como niños— me prestó unos guantes de mujer. No eran térmicos, sino de fiesta, de un material parecido al satín, y me quedaban enormes. El frío se filtraba, pero el contacto se volvió soportable. Empecé a manipular la nieve: primero una bola lanzada al aire; después, tímidamente, me metí un trozo a la boca. La percepción sensorial me encantó y lo repetí varias veces más. El sabor del hielo terminó por disolver cualquier rastro de decepción y me sumergí en la euforia colectiva. A mi alrededor, varios vecinos, de todas las edades, jugaban a las guerritas con bolas de nieve; más allá, otros elaboraban toscos muñecos de nieve. Ante la falta de guantes térmicos, la improvisación mexicana se impuso: manos enfundadas en ¡calcetines cubiertos con bolsas de plástico y cinta adhesiva!, o niños manipulando el hielo ¡con manoplas de cocina! En medio de esa escena tan surrealista —como de película de Buñuel—, la dopamina desbordaba mi cerebro, y yo, simplemente, brincaba de felicidad.

“A mi alrededor, varios vecinos, de todas las edades, jugaban a las guerritas con bolas de nieve; más allá, otros más elaboraban toscos muñecos de nieve” Imagen de la nevada que cayó sobre la CDMX en 1967

A partir de ahí mi memoria se difumina. Lo que recuerdo con claridad es haberme despertado al día siguiente y correr a la ventana con la esperanza de que hubiera vuelto a nevar. Pero la nieve casi se había ido. Me invadió una tristeza profunda, aunque no hubo tiempo para lamentos: las clases se habían reanudado, y mi mamá, con la neurosis al cien, nos apresuraba —a mi hermano y a mí— para que nos vistiéramos y desayunáramos. Durante muchos años, sin embargo, fui presa de una intensa saudade. Quería volver a sentir y mirar la nieve. Pero, sobre todo, anhelaba verla descender del cielo, tocar los copos, sentirlos en la lengua. Envidiaba esas navidades blancas de las películas gringas, que para mí se volvieron una obsesión frustrada: nunca más volvió a nevar en la Ciudad de México.

Tenía 24 años —dieciocho después de aquel encuentro con la nieve— cuando salí del país por vez primera. Pero en lugar de enfilar mis baterías hacia el norte, lo hice hacia el caluroso Caribe, concretamente a Cuba. Parece paradojico, pero no lo fue: mis prioridades habían mutado. En esos lejanos años ochenta mi obsesión ya no era el frío, sino el socialismo real —sí, yo también fue un romántico utópico—. Pude haber matado dos pajaros de un tiro, viajando a la URSS o a sus satélites —la RDA o Polonia, por ejemplo, donde los inviernos no perdonan—, pero opté por la isla por una razón de “pesos”: quería ser testigo de la utopía, pero mis ahorros sólo me alcanzaban para recorrer los mil 700 kilometros que separan Ciudad de México y La Habana.

El avión Ilyushin soviético que cubría la ruta CDMX-La Habana en los lejanos ochenta

Sin embargo, dos factores resucitaron mis pulsiones infantiles veinte años después de aquella aventura caribeña: la lectura de El imperio (Anagrama, 1994) —un libro donde Ryszard Kapuściński narra sus viajes por la URSS—, y un frente ártico, que en pleno marzo, me regresó a mi infancia ipso facto. El siglo actual apenas rebasaba el lustro y en mi viaje número tres a la vieja Europa —en compañía de Salvador Sierra, amigo por décadas— incluí a Berlín y a Amsterdam en el itinerario. En la maleta, para acompañar el periplo, puse la obra del periodista polaco. Ah, esas coincidencias tan significativas. Recuerdo que la primera noche en la capital alemana abrí el libro antes de dormir y quedé atrapado. Me impactó, sobre todo, el capítulo dedicado a Vorkutá, esa ciudad minera en la latitud 67.5° Norte, por encima del Círculo Polar Ártico, donde se hallaban los campos de trabajo forzados, el tristemente célebre Gulag.

“Me impactó, sobre todo, el capítulo dedicado a la ciudad soviética de Vorkutá, una ciudad minera situada en Siberia, arriba del Círculo Polar Ártico —en la latitud 67.5° Norte—, donde se hallaban los campos de trabajo forzados, el tristemente célebre Gulag.”

Kapuściński relata como allí la nieve se acumula con tal ferocidad que las casas quedan reducidas a simples montículos blancos. Para entrar en ellas, sus habitantes deben excavar túneles, viviendo literalmente bajo el hielo. Narra también que al llegar a esa ciudad, en medio de una atroz tormenta de nieve, extravió sus pasos y, perdido completamente entre las montañas de hielo y al borde de la hipotermia, estuvo a punto de morir. Justo cuando ya no podía dar un paso más, apareció, providencialmente, una mujer.

“Al llegar a esa ciudad, en medio de una atroz tormenta de nieve, Kapuściński extravió sus pasos”

“Sentía miedo, el miedo animal de un hombre amenazado por una tremenda fuerza que él no puede ni reconocer ni hacerle frente… cuando estaba ya al limite de mi resistencia fisica, cuando hacia esfuerzos titanicos para dar cuatro pasos mas, vi una encogida siliueta de mujer luchando contra el viento”

A la postre, la anónima mujer le salva la vida, pues no sólo le indica que va en sentido contrario a su destino, sino que, además, lo guía hasta el hogar de Guennadi, el minero jubilado, que llevará al periodista a recorrer minas y restos del gulag en una Unión Soviética que a comienzos de los años noventa del siglo pasado ya se encontraba en estado terminal.

Aunque Kapuściński describe la dureza descarnada de una Vorkutá decadente, logra sumergir al lector en la atmósfera magnética del Ártico. En esa amalgama de reportaje, literatura y vivencia, transmite que estar ahí puede ser sombrío, incluso aterrador, pero es simultáneamente fascinante.

“Cuando se refiere a Vorkutá, Kapuściński describe la dureza extrema de la vida en esa decadente ciudad minera, también es cierto que sumerge al lector en la atmósfera del Ártico.”

Incluso antes de aterrizar en Vorkutá, el cronista observa una aurora boreal desde la ventanilla del avión. A este fenómeno —causado por la colisión del viento solar con el campo magnético terrestre— Kapuściński lo describe como una “conflagración celestial”. Una imagen poderosa: un incendio de luz que devora la oscuridad absoluta del invierno ártico y que, para el periodista, funciona como la primera señal de que ha cruzado la frontera hacia lo extraodrinario.

“El avión entra de repente entre los bastidores de una especie de inmenso teatro cósmico. Sólo se ven cortinajes de luz tendidos en el cielo.”

“El avión entra de repente entre los bastidores de una especie de inmenso teatro cósmico. Sólo se ven cortinajes de luz tendidos en el cielo. Son unas cortinas que se extienden a lo largo de cientos de kilometros, livianas y de colores pastel, entre los que predominan tonos de amarillo y de verde. Irradian una luz centellante que no cesa de latir”.

Kapuściński durante uno de sus viajes a la URSS

Más tarde, al aterrizar y tener el primer contacto con el exterior, el periodista polaco describe lo que es estar a una temperatura de 35 grados bajo cero: “En seguida sentí el latigazo del frio que me azotaba la cara, me cortaba el aliento y me hacia temblar”.

Esa madrugada, al cerrar el libro cerca de la página doscientos —El imperio tiene poco más de trescientas páginas— me quedó claro que en el entorno hostil descrito por Kapuściński habitaba una belleza hipnótica. Senti la necesidad urgente de presenciar ese paisaje helado con mis propios ojos. Me dormí, soñando con desiertos blancos y auroras boreales, sin sospechar lo que el destino me tenía preparado, apenas unas horas más tarde.

Foto: José Antonio Gurrea C.

A la mañana del día siguiente, con el Ártico de Kapuściński aún presente, caminamos hacia Alexander Platz, el corazón del antiguo Berlín Este en los años del socialismo. Recuerdo cada segundo: admirábamos el reloj de la torre del Rotes Rathaus (Ayuntamiento Rojo) cuando el aire dio un vuelco. Una corriente helada cayó sobre la ciudad y el día se tornó plomizo, obligándonos a subir el cierre de nuestras chamarras. Temimos una lluvia inminente y lamentamos la falta de un paraguas, pero el cielo tenía otro plan: en lugar de agua el cielo nos regaló copos de nieve. Casi cuarenta años después de la inédita nevada en la CDMX, el anhelo de mi infancia y adolescencia por fin cobraba forma. Es cierto que en esas décadas había visto nieve en el Ajusco, el Popo o el Nevado de Toluca, pero aquello era distinto: finalmente estaba cerrando el círculo completo.

Admiraba el reloj de la torre del Rotes Rathaus (Ayuntamiento Rojo) cuando el aire dio un vuelco”

Al principio, los copos eran diminutos y erráticos, pero pronto la nevada cobró cuerpo y el suelo se pintó de blanco. Descubrí que la nieve, lejos de ser dura, cae con una ligereza irreal; flota como una lluvia de plumas. No podía creerlo: volvía a ser el niño de seis años. Tal como lo vi mil veces en la televisión, alcé la cara al cielo, abrí la boca y saqué la lengua. Sentí el cosquilleo gélido y el deshielo instantáneo en el paladar. Me quedé allí, paralizado durante media hora, temiendo que si me movía la magia cesaría. Pero no fue así: la nieve nos escoltó por Berlín y Ámsterdam con una intensidad creciente. Fue mi bautismo de fuego frío y mi introducción exprés —bajo amenaza de hipotermia— a la cultura de las capas.”

Sentí, primero, un ligero cosquilleo frío y, luego, la sensación de los copos derritiéndose al instante”. Foto: Salvador Sierra

Durante los días siguientes, me mantuve en un estado de absoluto azoro. Aunque sabía que en Berlín las nevadas son habituales —experiencia que repetiría dos décadas después—, supuse que a finales de marzo aquel fenómeno era improbable. Con el tiempo aprendería que, cuando un temporal ártico se ensaña con Europa, las estaciones no tienen palabra de honor. Mis dos viajes anteriores, siempre en latitudes meridionales y en pleno verano, me habían mantenido en una ignorancia climática que aquel marzo alemán se encargó de disolver.”

“Con el tiempo aprendería que, cuando un temporal ártico se ensaña con Europa, las estaciones no tienen palabra de honor”

Esa noche, en mi hostal berlinés —entre el libro de Kapuściński y las fotos de la nieve guardadas en mi entonces novedosa cámara digital— volví a pensar en lo asombrosas y fascinantes que pueden ser las coincidencias significativas. A veces, parece que el universo posee un sentido del humor muy peculiar: me había llevado hasta el corazón de la antigua utopía socialista para devolverme —a través de una tormenta venida del norte y de una lectura— el asombro perdido de mi infancia.

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“Una vez que te pica el bicho de los viajes no hay antídoto conocido”, expresó en alguna ocasión el comediante británico Michael Palin, integrante de Monty Python. Cuánta razón. Tras la vivencia de Berlín, vinieron más travesias. Algunas por el mero placer de realizarlas, otras por el simple gusto de practicar el mejor oficio del mundo (Gabo, dixit) —qué felicidad que te paguen por hacer lo que más te gusta— y tener la oportunidad de descubrir y contar historias que otros no ven.

Michael Palin, un viajero incansable

Esos periplos me llevaron por selvas, desiertos y ciudades; por montañas y costas. Y aunque volví a fascinarme con la nieve —esa rareza que es siempre un regalo para quienes habitamos latitudes sin inviernos blancos— en lugares tan distintos como Colorado, la Anatolia profunda o Edimburgo, persistía un proyecto inconcluso: pisar el Círculo Polar Ártico.

Soy un convencido de que el viaje comienza antes de dar el primer paso. Párrafos atrás mencionaba el destacado papel de la imaginación, como primer paso de una travesía, y de como ésta se nutre de las vivencias… pero también de las lecturas. El imperio fue sólo el comienzo. A esta obra siguieron los libros de viaje de Paul Theroux y Martín Caparrós; de Jan Morris y Rafael Chirbes; de Maeve Brennan y Alain de Botton; de Claudio Magris y Xavier Moret; de Javier Reverte y Toni Pou… Estos dos últimos autores fueron quienes terminaron por deslumbrarme con las regiones polares. Con estilos y tonos muy diferentes (uno más periodístico, otro con un toque más científico), pero coincidencias temáticas, En mares salvajes (De Bolsillo, 2011) y en Donde el día duerme con los ojos abiertos (Anagrama, 2013), respectivamente, ambos se embarcan en sendos rompehielos por el mar Ártico —uno ruso, otro canadiense— y escriben sobre los paisajes, el impacto del cambio climático en esa región y las personas que van hallando en su camino. Tanto Reverte como Pou se adentran en la crónica personal al tiempo que hurgan en las historias de los primeros exploradores polares, asombrosas por las condiciones en las que se llevaron a cabo, pero también trágicas, en su mayoría, con numerosos episodios de muerte por escorbuto y hasta canibalismo.

Foto: José Antonio Gurrea C.

Esas lecturas, lejos de ser redundantes, ensancharon mi perspectiva y confirmaron la lección de Kapuściński: una cosa es contemplar la nieve y otra, muy distinta, que el aire ártico te muerda la piel. Consciente de que el tiempo humano no es infinito, decidí que no podía postergar más mi incursión en las regiones boreales. Primero fue Whitehorse, en el corazón del Yukón canadiense (latitud 60° 42′ Norte); luego Reikiavik, en Islandia (latitud 64° 08′ Norte). Estaba cerca, pero me faltaba la pieza definitiva: alcanzar la frontera invisible del Círculo Polar Ártico (latitud 66° 33′ Norte) y, finalmente, cruzarla.”

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Last modified: 12 marzo, 2026
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