Cuando en junio de 1987 el periodista italiano Gianni Minà arribó a Cuba para entrevistar a Fidel Castro, habían pasado ya 28 años desde que este ascendiera al poder, y el deterioro de la isla era evidente. El declive, iniciado desde años atrás, se reflejaba en edificios semiderruidos, viviendas precarias, rostros desganados de los habitantes más viejos, que intentaban ocultar la amargura provocada por una revolución que les fuera vendida como la panacea transformadora, y la promesa de Fidel Castro Ruz (1926-2016) de que “Cuba sería el más próspero de América”.
Promesas henchidas del fervor propio de quienes se apegan a un guion diseñado para apelar al sentimiento, y en el que las palabras pueblo, patria, justicia social, revolución, defensa de libertades o soberanía buscan impactar y manipular las emociones de las masas.

No tardarían los isleños y el mundo en saber que cada paso, cada palabra del comandante Fidel, fue pronunciada con frío cálculo y con la pura intención de ganarse la confianza y simpatía nacional e internacional. Y quienes fueron testigos de la respuesta que daba cuando se le preguntaba si tenía acaso intención de instalar el comunismo en la isla, la recordarían como parte del anecdotario de un hombre que supo disfrazar sus verdaderos objetivos: “Nuestra revolución es tan verde como las palmas”, contestaba con esa voz potente de tono peculiar y desenfadado acento caribeño.
Una vez ya instalado en el poder, conseguido el objetivo de tener el control de la isla, nada de lo prometido llegó. Castro Ruz hizo exactamente lo opuesto. Sus encendidas arengas públicas están en los archivos y publicaciones que se pueden consultar por quien tenga interés en conocer más sobre el antes y después de su llegada al poder: sus pronunciamientos por elecciones libres, sus promesas de garantizar el respeto a los derechos humanos y la libertad de prensa; y, entre sus tantas promesas, también la de una reforma agraria y respeto a la propiedad privada. Nada de eso cumplió.
Fidel, devenido luego en demagogo de repetitivo discurso, complacido con su propia voz, inició de inmediato la instauración de un partido único: el suyo. Desde su poder omnímodo estableció una economía centralizada, estatista. El Estado, únicamente el Estado, se encargaría de todos los medios de producción y servicios en Cuba. Adiós a la propiedad privada, adiós a todo lo que antes dijo que se respetaría.

A la par de ello, una serie de censuras y prohibición a toda voz disidente a su mandato, que ejerció con celo propio del pastor empeñado en que ninguna oveja se saliera del redil. Para tal fin, creó comités de vigilancia, consistentes en visitas domiciliarias para medir la aprobación o desaprobación de su gobierno. Contó con grupos simpatizantes encargados de informarle toda voz disidente y de hostigar a quienes le criticaban. Pero eso fue, por decirlo suavemente, la manera más “sutil” del control; porque creó también un robusto aparato militar para reprimir y castigar físicamente a los opositores. Los más rebeldes a su mandato eran hechos prisioneros, y los disidentes políticos que él decidía que representaban un peligro para “la causa”, eran fusilados.
Pronto el mundo presenciaría oleadas de cubanos huyendo de la represión y, ya una vez afuera, darían a conocer la realidad de lo que estaban viviendo en la isla. Realidad que los medios de comunicación, ya controlados totalmente por el gobierno de Castro, no daban a conocer.

En poco tiempo, los cubanos pasaron de la dictadura de Fulgencio Batista a un control disfrazado de “amigable y necesario para acabar con la corrupción y para combatir el espíritu burgués que se adueña de quienes poseen bienes”, según palabras de Castro Ruz. El Estado, concentrado en Fidel, se encargó de producir, suministrar, distribuir, racionar a cada familia los productos básicos. Magras raciones de huevo, arroz y frijoles, papas, eran la fuente principal de alimentación. Y si la suerte lo permitía, un poco de leche para los niños. Y nada más. Sin embargo, el racionamiento de alimentos y control excesivo en el suministro de productos básicos era burlado por los isleños que buscaban allegárselos en el mercado negro.
De manera general y sucinta, esta era la situación en la Cuba de 1987. Las políticas asumidas por Castro Ruz, aunadas a la falta de apoyo que recibía hasta entonces de la URSS, al mando de Mijaíl Gorbachov, quien en 1985 decidió instaurar reformas políticas y económicas (lo que se conoce como la Perestroika y Glásnost), habían incidido en su situación.
Y el declive fue ya incontenible. A 28 años de la revolución, el rezago cobraba facturas y el deterioro de la vida en Cuba era ya inocultable.

En junio de 1987, Gianni Minà (1938-2023) realizó una larga entrevista a Castro. Su duración: dieciséis horas, que quedaran documentadas y llevadas a un libro titulado Habla Fidel. En ese encuentro, el autor italiano aborda las reflexiones de Fidel Castro. Su visión de Cuba, a la que él –según dijo– deseaba impulsar como pionera en un proceso transformador que inspirara a los demás países. Hábil con la palabra, en la entrevista reconoce fallos o malos cálculos de algunos programas durante su gestión, pero siempre utilizando sesgos justificantes en tomas de decisiones hechas “porque así lo exigía el momento revolucionario”. Y, desde luego, culpando a Estados Unidos como el gran intruso. No hay en esa entrevista un ápice de mención a las víctimas que cobró la revolución. Ni el entrevistador las menciona. Un libro cuya conversación se desliza tersa y propicia para mencionar “avances” y logros en desarrollo.
La primera edición del libro salió al público en julio de 1988.
Fue en ese año, octubre de 1988, que viajé a Cuba, al Encuentro Continental de Mujeres, efectuado en el Palacio de las Convenciones de Cuba. Mi entonces jefa de Reportajes Especiales, del periódico El Nacional, la poeta y periodista Águeda Ruiz, me envió un par de días antes que ella al evento. Sobre él he escrito artículos y crónicas testimoniales publicadas ya en Diálogo Queretano y en La Lupa.
Ochos días de estancia atenta a cada actividad, y asistiendo también al evento de gala al que invitara el comandante en el albo Palacio de Gobierno. Ochos días documentando eventos culturales y recreativos en esa Cuba del ballet de Alicia Alonso, la trova de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Entre esas tardes, un paseo con Águeda Ruiz a la Habana Vieja en un camión de pasajeros, una gua gua destartalada e impregnada de sudores y de miradas lánguidas de hombres y mujeres absortos en sus tribulaciones y cansados de esperar un futuro prometedor que nunca llegó.
Ustedes no
Esa Cuba que visitó el periodista italiano Gianni Minà en 1987 y cuyo libro, prologado por Gabriel García Márquez, amigo cercano e incondicional de Fidel Castro, estaba allí de manera destacada en el pequeño anaquel que vi una tarde.
Dicen que los recuerdos están formados por imágenes y la sensación que provocan en nosotros. El libro de Gianni Minà, adquirido en una librería pequeña durante mi visita a la isla, estaba como la novedad. Yo sabía de esta entrevista y vi la oportunidad de comprarlo. Estando dentro de la librería, y mientras curioseaba entre los escasos títulos, llamó mi atención ver los rostros de unos niños y niñas afuera de la librería, mirándome a través de los cristales. Sonreían tímida y amigablemente.

Supe ahí que los isleños tenían prohibida la entrada a todos los comercios públicos, pero ¿incluso los niños a una librería? Pregunté a la encargada de ella, su respuesta seca, rotunda, fue un “Sí. No pueden”.
La sensación que me produjo quedó grabada en mí. No necesitaba indagar más. El control absoluto llegaba hasta esos grados de coartar la libertad de unos niños para entrar a un lugar tan mágico y maravilloso como es una librería. Aun cuando los títulos en venta en ese entonces fueran escasos y todos controlados por el régimen.
Salí de esa Cuba, que mostró su maquillado rostro a miles de mujeres de diversos países de América Latina, algunos de Europa y Canadá. La Cuba de Fidel, que continuaba sujeta a los límites marcados por un hombre que, so pretexto de salvaguardar al país de las conquistas y destellos del capitalismo, terminó tratando a su pueblo como menores de edad; como el padre que queriendo proteger al hijo de las tentaciones del mundo decide aislarlo en una caja de cristal y mostrarle sólo la realidad que su voluntad marca. Esa Cuba, atrapada en una de las tantas trampas de un sistema que, excusándose en una ideología de bienestar para sus ciudadanos, se autoadjudica el derecho de decidir los límites del pensamiento y los límites del espacio físico donde desenvolverse.

Lo que vino después lo estamos ya presenciando en los últimos días, en que la desesperación y protestas de los isleños se ha dado a conocer internacionalmente. Hoy el mundo es testigo de los estragos causados por una dictadura que lleva en el poder casi 70 años.
La realidad de hoy
Hoy estamos presenciando que, a pesar del rotundo fracaso del modelo cubano, hay quienes insisten en defenderlo “hasta las últimas consecuencias”. No es defensa de los cubanos, es una defensa al régimen que tiene en situación extrema a los habitantes de la isla. Es una defensa ideológica.
“Hasta las últimas consecuencias”, repiten quienes abrazan ideologías extremas disfrazadas de una justicia social que no aplica para el pueblo al que usan a conveniencia y desecho. Aquellos que repiten lo que Fidel Castro se encargó de machacar en sus largas peroratas, en las que se regodeaba escuchando su propia voz ante “su pueblo”, intentando cincelar en la mente de las masas que el culpable de la situación que vivían es el imperialista Estados Unidos. Frase que hoy repiten sus vociferantes seguidores; sus corifeos, desde la distancia y con los privilegios de un país que habitan con comodidades que en la isla no conocen. Un país, este país, del que hoy se sirven para hartarse el estómago con platillos a los que los habitantes de la isla jamás han tenido acceso.
Esos defensores de un sistema que fue aplicado a rajatabla, y cuyas consecuencias de su visible fracaso las padecen sus habitantes, mientras esos seguidores del régimen, “nuevos ricos” gracias al erario del gobierno y a la deuda que las generaciones venideras habrán de pagar, visitan Cuba llevando en la boca la palabra “solidaridad”. Defensores que acá visten ropa de marca y consumen artículos que produce el “imperialismo” que tanto dicen detestar.

“Luchadores sociales” se autonombran con cinismo sin igual. Son los mismos que viajan en avión en clase especial (of course) para vacacionar en países donde la pobreza no les lastime las pupilas, ni sus glándulas olfativas. Esos nuevos ricos, “fuchicaca”, decía el personaje que permanece agazapado, atabascado y apalencado en su guarida.
Los suspirantes (de dientes para afuera) de esa ideología que encontró en lo externo al enemigo, el que usan como pretexto para sacudirse la responsabilidad del fracaso provocado por un régimen cuya narrativa de culpar a Estados Unidos resulta ya obsoleta para los habitantes de la isla; sobre todo los de mayor edad, y para aquellos que se han interesado en saber la historia de quién, cómo y por qué empezó el embargo o bloqueo de Estados Unidos a Cuba. Ellos saben que, a un año de tomar el control absoluto de Cuba, Fidel Castro nacionalizó y expropió empresas y propiedades de Estados Unidos, todo esto sin compensación alguna para el gobierno estadounidense. Cuba mantenía una alianza con la Unión Soviética y la amenaza para la seguridad de Estados Unidos era real.
Ellos, y a estas alturas la mayoría de los cubanos, saben que la historia del declive de la isla inició en 1959, cuando una horda de “revolucionarios” llegó a liberarlos de la dictadura de Fulgencio Batista para instaurar otra, tan brutal y represora como aquella que dijeron querer combatir. Ellos y gran parte del mundo lo sabemos.

El reciente Informe sobre el Estado de los Derechos Sociales en Cuba, presentado por el OCDH en julio de 2024 revela que siete de cada diez cubanos se han saltado el desayuno, el almuerzo o la cena por falta de dinero o escasez de alimentos, mientras que casi el 89 % de la población vive actualmente en la pobreza extrema.
Y, a poco menos de dos años de ese informe, la situación en Cuba entra ya en grado mayúsculo de gravedad. Hoy se está reconociendo el colapso de la Cuba de Fidel. Lo que antes se negó hoy se acepta. Porque sabido ha sido que si Cuba se sostuvo hasta hace unos años, no fue por la efectividad de su sistema; sino por los apoyos de sus países benefactores, que hoy ya no pueden sostenerle más.
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