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En Ediciones Latinoamericanas, cuyo dueño era René Eclaire, se hacían muchas revistas semanales, de enorme tiraje, entre musicales e historietas, e incluso un periódico, todos ellos con una sobresaliente característica: su portentosa fealdad, ya que la próspera casa editora carecía de un departamento de arte. Todo se hacía con premura, llenando las páginas, acomodando las fotos como Dios les daba a entender.
A principios de los años setenta yo trabajé allí, por eso afirmo sin reservas dicha calamidad. Sería el año 1973, tal vez. Estaba yo cerrando la publicación roquera México Canta. Sólo don Romualdo y yo. Nadie más. Don Romualdo era el formador, un hombre amable y conocedor de su oficio. Pasé no sé cuántas horas nocturnas con él armando en los cristales la revista, que yo dirigía a mis 17 años, no me pregunte usted por qué. Una enseñanza suya —de don Romualdo— nunca la he olvidado, sin embargo. Un texto rebasaba la página y ya era muy tarde.

—¿Qué hacemos, joven Roura? —me preguntó, siempre anteponiendo el joven a mi apellido paterno.
Yo miraba la página, y la miraba, y la miraba, y no sabía cómo resolver el problema, ya que el artículo era bueno y no quería editarlo. Y volvía a mirar la página, y la miraba, y la miraba, y los minutos transcurrían a nuestras espaldas.
Don Romualdo nada más, a su vez, me miraba a mí, con sus grandes ojos, sin pestañear. Hasta que, quizás unos diez minutos más tarde, me dijo, con una inaudita parsimonia:
—Si así vamos a resolver este problema, la revista no va a salir nunca…
Tenía mucha razón.
—En el periodismo se piensa rápido —completó, y, en efecto, la razón le asistía.
Le dije lo que tenía que hacer, entonces, en menos de un minuto.

Jamás he olvidado esa lección, como jamás he comprendido la razón por la cual algunos buenos periodistas no saben hacer un buen periódico. Es cierto que René Eclaire nunca fue un buen periodista, pero editaba a buenos periodistas, y estos buenos periodistas jamás se quejaron de los periódicos tan feos que hacía Eclaire. Personas era una de estas publicaciones, donde incluso escribía Carlos Monsiváis (¿dónde no escribía este cronista?). Feo como una estructura ósea de pescado mal comido (el periódico, por supuesto, no Monsiváis); pero ningún colaborador decía nada, sólo cobraba, y muy bien, sus emolumentos, y con eso todos contentos.
Excepto yo, que discutía al interior de la editorial acerca de estas inexplicables situaciones.
Bueno, no voy a contar por enésima vez cómo Eclaire me despidió de su editorial por haberle exigido una transformación estética a la roquera México Canta.
—¡No quiero volverte a ver por acá! —me gritó don René, quien llamó, también a grito pelado, a Lolita para que me diera un cheque de menos de 20 pesos por mis últimas labores y hasta nunca, y Lolita, la servicial secretaria de don Eclaire, me dio un cheque por menos de 20 pesos, enojada conmigo porque, dijo, quién sabe qué cosa horrorosa le habría dicho al patrón, tan bueno con nosotros.

2
El contenido de ese periódico semanal, intitulado Personas, era bueno, pero, ¡por Dios!, qué mal diseñado estaba. Porque siempre he creído, ingenuo que luego es uno, que un diario donde intervienen buenos periodistas debe ser una publicación bien diseñada. Por eso también me metí en problemas en La Jornada, en sus primeros números, cuando aún no salíamos a la calle. Vicente Rojo era el diseñador original, lo cual nos aseguraba belleza, sí, ¿pero también equilibrio periodístico? Porque el excepcional Vicente Rojo tenía concebido el diseño perfectamente en su cabeza, no así en la práctica misma de la ejecución diaria.
Y el problema se presentó prontamente.
Mientras revisábamos una plana de la sección cultural, de la cual yo soy fundador, me dijo que el artículo debía ir exactamente en tal sitio al ras de la página para que, arriba, pudiera caber otro texto, ya fuera una entrevista o un reportaje. Le contesté que su idea a veces no era posible. Carlos Payán Velver, el director entonces de La Jornada, que nos miraba a ambos, me miró con enojo porque a Rojo nadie lo refutaba.

—Lo siento, Roura —dijo Vicente—, así debe ser en toda ocasión. Tú editas lo necesario en cada texto para que siempre la página aparezca en esas dimensiones.
Le puse un ejemplo que lo contradecía:
—Si el articulista es Carlos Monsiváis y su texto rebasa lo permitido, porque él siempre escribe de más, entonces lo voy a editar para que la página quede tal cual está concebida originalmente…
Vicente Rojo dio un brinco:
—¡Nooooo, a Monsiváis no lo cortes! —pidió, mirando la página una y otra vez.
Payán Velver volvió a mirarme con indecible ingratitud.
Vicente Rojo nunca pudo resolver el acertijo, se dio la vuelta y no regresó jamás a supervisar las páginas de la sección cultural.

3
Desde el 23 de abril de 2012 empezó a circular un nuevo diario en los kioscos citadinos, proveniente de Monterrey: Reporte Índigo, que dirige Ramón Alberto Garza (1956), minucioso periodista… pero su diario, feo, poseía, ¡caray!, ese defecto tan visible en las grandes publicaciones, consistente en… ¡tratar de ser algo así como pequeñas televisoras, atendiendo con generosidad a los espectáculos (no podía faltar Justin Bieber en sus primeros números, evidentemente) y otorgando grandes espacios a los contenidos inocuos y oportunistas, superficiales y graciosos, ocurrentes y presurosos de los tuiteros, ya de afamados o de políticos extraviados!
Y aquí recuerdo que en el primer número de aquel ingrato periódico El Independiente —con dinero mal habido del corruptor Carlos Ahumada y codirigido por Raymundo Riva Palacio y Javier Solórzano—, diario que se decía que era el mejor hecho en la historia de México incluso antes de su salida… ¡se enorgullecían por contar entre sus colaboradores a Patricia Chapoy! (Aquella fallida experiencia periodística, envuelta en líos de finanzas mal habidas, ¡tuvo una duración de sólo un año!)
Curioso caso éste, digo, de Índigo: su nacimiento había sido inversamente natural a todos los otros rotativos del país, pues de la red, en el momento en que se hablaba de la muerte de la prensa de papel para irse a anidar a la red, había devenido en prensa justamente de papel, lo que hablaba sin duda de la importancia de los diarios impresos.

Sí: Reporte Índigo tenía su lugar en la prensa virtual, pero engrandeció… ¡porque ya estaba impreso en papel! Y eso es lo que se debería acotar para dejar de hacer ridiculeces: la prensa digital es la prensa digital, la televisión es la televisión, el Twitter es el Twitter (o como se llame ahora), el Facebook es el Facebook, la radio es la radio, la tablet es la tablet, el iPad es el iPad, el celular es el celular, el periódico es el periódico. La televisión no puede ser un periódico, ni un periódico la televisión; la radio no es el Twitter, ni el Twitter es la radio. Eso del “impacto global” de las redes sociales ha apantallado, sobre todo, a periodistas desprevenidos o volubles que creen que la “salvación” social tiene que provenir de las voces digitales, de allí que en cada programa electrónico se pregunte al público qué se debe hacer o qué no se debe hacer (o qué opina o si está en contra) en tal o cual tema (¡me da mucha risa cuando escucho a los comentaristas de futbol pedir la opinión digital para saber si el América, o el Barcelona, va a perder cuando va perdiendo a escasos minutos del final del partido!), confiados, los conductores, en que la gente va a resolver tal o cual cuestión. Los milagros de las redes sociales.
¡Qué inexpresiva fealdad, Dios, ésa de imprimir un periódico con la gana de que se asemeje a una breve pantalla digital! ¡Grandes fotos y mínimos caracteres para que la gente lea poco, pues los nuevos profetas del periodismo invitan no a leer sino a bloguear, que son dos cosas muy diferentes!
Los buenos periodistas, no sé por qué, a veces no saben hacer un buen periódico.
O no quieren.
O no pueden.
4
No sólo eso, sino ahora resulta que los que establecieron la escritura en la Internet, o en una pantalla digital, la han uniformado de manera tan caprichosamente limitada que obligan al lector a leer de una forma desacostumbrada, haciéndola parecer normal a las generaciones nacidas a partir, digamos, de la segunda década del siglo XXI, ¡como leer sin sangrías después de cada párrafo entresaltado mediante un espacio en blanco y a veces toparse sin cursivas o sin comillas!, no hay intermedias (mucho menos en negritas), no hay palabras centradas…
Y los nuevos diseñadores de los portales (en su indecible fealdad casi todos) lo aceptan o están ya resignados a los formularios establecidos en estas descargas digitales.
Cuando trabajé brevemente en la ya extinguida agencia Notimex del Estado mexicano, encargado yo de la sección cultural, cuando encargaba el despliegue de tal o cual texto con determinadas disposiciones, la respuesta de los diseñadores siempre fue:
—No se puede.
Pedía yo un diseño diferente, me decían:
—No se puede.
Una y otra vez “no se puede”, “no se puede”, “no se puede”, siempre haciéndome recordar, sin ellos saberlo, la respuesta clásica de Bartleby (“preferiría no hacerlo”) del gran Melville.

Porque hasta la escritura nos la han secuestrado los aparatos digitales haciéndonos extrañar, cada vez más, los libros, expuestos a desaparecer.
(Son pocos, en verdad, los que aparecen con la redacción correcta, no sé por ejemplo cómo diablos en esta Lupa todavía se contempla a la sangría aunque no puede esquivar el espacio en blanco entre cada párrafo, que son ordenanzas o disposiciones regidas por la Internet, mismas que se tienen que cumplir a cabalidad porque… no hay de otra, por el momento, asunto además que a nadie, o a casi nadie, parece importarle.)
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito



