Autoría de 9:18 pm #Destacada, #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito

Sí se puede… – Víctor Roura

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La prosa realista derrumbó a la etérea poesía.

      El jubiloso “sí se puede” como locución publicitaria finalmente no obtuvo sino una esperanzadora resonancia metafórica.

      Era tal la confianza al principio que unos encuentros que terminaron con victorias fueron tomados como superioridad por los descorazonados fanáticos. Las empresas (actuando como la AT&T en 1998 durante la Copa del Mundo en Francia que, el mismo día de la calificación del seleccionado mexicano a octavos de final, empezó a transmitir un comercial por televisión que decía que antes no los podíamos ver ni en pintura, pero en ese momento a los jugadores de la selección mexicana hasta los encontrábamos guapos, con talento, inteligentes, simpáticos, astutos…) afirmaban, con ex seleccionados como modelos comerciales, que, en efecto, sí se podía. Y es que, en verdad, acostumbrado como está el mexicano a perder en el futbol, agradeció con fervor, por lo menos, las muchas ganas que los futbolistas pusieron en la cancha.

      Por eso otra empresa comercial, Avantel, en aquel ya lejano 1998, se encargó en un anuncio televisivo de aclarar que el futbol se jugaba con los pies… ¡pero los mexicanos lo jugaban con el corazón!

      Como si eso bastara para elevar el nivel cualitativo de este deporte.

      No sólo eso.

      Gracias precisamente a estas admirables ganas (porque se suponía que nunca antes las habían exhibido tan visiblemente), se hicieron héroes en un lapso corto (¿quién, en los días actuales, se hace héroe en sólo quince días?). A partir de aquella fecha, los héroes se renuevan cada cuatro años en México… ¡sin haber escuchado jamás, ni jugadores ni fans, a David Bowie que hablaba en una canción suya de cómo convertirse uno en un héroe sólo por un día!

      Nadie quiso entender (o, más bien, tras el alborozo de los triunfos en el reciente Mundial de 2026 antes de la derrota contra Inglaterra, todos se negaron a entender por conveniencia patriótica o, mejor, ante el desamparo cultural) que las oncenas sudafricanas, coreanas (pese al desmesurado éxito del kpop), chequias y ecuatorianas no estaban jugando un futbol que debía corresponder con la respectiva idea que se tenía de sus respectivas “potentes” imágenes. No por el solo hecho de pertenecer a Europa (otra vez ha exhibido su fortaleza al llegar seis oncenas a los cuartos de final en la Copa Mundial 2026, además de África y de América: Marruecos y Argentina), los comentaristas especializados de futbol tienen la obligación de sentirse “apantallados” por la tradición del viejo mundo. De ahi la obvia respuesta ante los inesperados resultados (¡Marruecos no dejó de sorprender!).

      Pero en Europa se continúa sin tomar en serio a estos equipos, incluso si resultan campeones, como lo han conseguido Brasil y Argentina: “Se dejan con facilidad anotar goles en el primer tiempo para sudar hasta el cansancio en el segundo periodo —comentó un italiano acerca de las selecciones no europeas, a fines del siglo XX, no sin algo de sorna en su declaración—, no con el ánimo de remontar el marcador sino para empatarlo heroicamente”.

      Es un asunto parecido a los, aquí sí, supremos esfuerzos de las selecciones menores: ¿de qué sirve salir al campo de juego sin una estrategia resuelta sino nada más para realizar la hazaña de defenderse? Ante la imposibilidad del triunfo, queda el sabor de la proeza, la épica de la defensa, la gloria de las ganas, la titánica aventura del morir de pie hasta el último minuto.

2

Pier Paolo Pasolini lo entiende muy bien. Durante el Mundial de 1970, realizado en México, escribió un maravilloso artículo que se reprodujo, en versión al español de Guillermo Fernández, en el libro Hambre de gol (Cal y Arena, 1998), recopilación de “crónicas y estampas de futbol” efectuada al alimón por Juan José Reyes e Ignacio Trejo Fuentes, ambos ya fallecidos. Pasolini, para dejar asentada su admiración por Brasil (ausente de los pódiums de los vencedores desde hace seis campeonatos mundiales), se construyó un soberbio texto donde delinea, partiendo de la literatura, los trazos para una maquinaria perfecta del balompié, donde se aprecia que las meritas ganas o el jugar sólo con el corazón son meros ingredientes superficiales de este deporte: “El futbol es un sistema de signos —apuntaba Pasolini—; es decir, un lenguaje. Tiene todas las características fundamentales del lenguaje por excelencia, el que de inmediato nos planteamos como término de confrontación, o sea el lenguaje escrito-hablado. En efecto, las palabras del lenguaje del balompié se forman exactamente como las palabras del lenguaje escrito-hablado”.

      Explicaba el director de cine que así como los fonemas conforman las infinitas combinaciones del lenguaje hablado, los “podemas” (por mencionar un nombre “si queremos seguir divirtiéndonos”, decía Pasolini) lo hacen a su vez con las palabras futbolísticas: “El conjunto de las palabras futbolísticas forma un discurso, regulado por normas sintácticas muy precisas”.

      De tal manera que las palabras futbolísticas son potencialmente infinitas “porque son potencialmente infinitas las posibilidades combinatorias de los podemas (como la serie de pases entre dos o más jugadores) y la sintaxis se expresa en el partido, que es, ni más ni menos, un discurso dramático. Los cifradores de este lenguaje son los jugadores; nosotros, en las tribunas, somos los descifradores, tenemos un código en común. Quien no conoce el código del balompié no comprende el significado de sus palabras (los pases) ni el sentido de su discurso (un conjunto de pases)”.

      Pues bien, aqui viene lo bueno: con el idioma del balompié pueden también hacerse distinciones: el futbol posee, como lenguaje que es, propios subcódigos desde el momento en que deja de ser instrumental y deviene expresivo.

      “Puede haber un futbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un futbol como lenguaje fundamentalmente poético”, explicaba Pasolini: “Que quede bien claro que no hago distinciones de valor entre prosa y poesía: la mía es una distinción meramente técnica… De este modo, precisamente por razones de cultura y de historia, el futbol de algunos pueblos se da fundamentalmente en prosa; prosa realista o prosa estetizante, mientras el futbol de otros pueblos es fundamentalmente poético. En el futbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los momentos del gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código. Cada gol es ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El lider goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El futbol que se expresa con mas goles es el futbol más poético”.

      ¿Quiénes son los más grandes dribladores y anotadores del mundo?, se preguntaba entonces Pasolini: “Los brasileños —respondía, como todo el mundo respondía entonces, cuando Brasil era una real potencia em este deporte—. Por eso mismo su futbol es un futbol poético, porque realiza fundamentalmente el dribbling y el gol. El catenaccio (que Brera llama geometría) y la triangulación es un futbol en prosa, basado en la sintaxis, un juego colectivo y organizado; es decir, la razonada ejecución del código. Su único momento poético es el contragolpe coronado con el gol. En fin, el momento poético del futbol parece ser (como siem-pre) el momento individualista dribbling, gol o pase inspirado. El futbol en prosa es el del llamado Sistema (el futbol europeo). El futbol poético es el latinoamericano, con un esquema que sólo puede realizarse mediante una monstruosa capacidad de dribbling (cosa que los europeos menosprecian en nombre de la prosa colectiva) y el gol puede inventarlo cualquiera desde cualquier posición. Si el dribbling y el gol son los momentos individualista-poéticos del futbol, ninguna duda cabe que el futbol brasileño es un futbol poético”.

      Lo era, en efecto. Porque ni Argentina juega como lo hacía Brasil. Y con España, que finalmente es un país europeo, lo pudimos corroborar. Tal vez ese futbol poético, como lo llamaba Pasolini, se halla estático por el momento : nadie sabe cuándo surgirá otro Pelé u otro Garrincha, que jamás tuvieron el dinero que habitaba en Maradona o que poseen Messi o Cristiano Ronaldo.

Pasolini domina el balón en el campo de juego

3

Y sin hacer distinciones de valor y hablando en un sentido puramente técnico, la poesía brasileña derrotó en México a la estetizante prosa italiana, apuntaba Pasolini.

      Qué bella semejanza.

      Por lo demás, real, y por lo mismo un tanto inquietante, ¿pues qué futbol practica entonces México si su sintaxis a veces, las más de las veces, es alrevesada y ocasionalmente relampagueante?, ¿será una prosa desesperadamente sorda?, ¿y los futbolistas mexicanos?, ¿Luis Hernández acaso era como el Mazzola de los setenta quien, a decir de Pasolini, “a menudo interrumpe la prosa y se saca de la manga dos versos fulgurantes”?

      ¿Bastó la sola presencia del “poeta” Cuauhtémoc Blanco con su bailable del jarabe tapatío al hacer un dribbling fantástico o necesitó la compañía de otros igualmente inspirados prosistas en la cancha?

      Pasolini agregaba dos posibilidades a la prosa futbolística: la estetizante y la realista.

      ¿México practicará alguna de ellas?

      Lo dudo.

      Porque la prosa, siguiendo el símil pasoliniano, pertenece a los equipos de conjunto, a la maquinaria pesada de todo un Sistema colectivo (a final de cuentas, Blanco se introdujo a la política, donde menos poesía existe en México sino sóio dinero, dinero, dinero…): jugando con el corazón, como los chilenos o los paraguayos o los colombianos o los ecuatorianos, sin el conocimiento previo estetizante y realista de la prosa, sólo les saldrán, quizás, esporádicos poemas futbolísticos… que a veces, y hay que tener cuidado con ello, sólo son apropiados para las fugaces baladas radiofónicas… que no son, en sentido estricto, poesía verdadera.

      En el reciente Mundial, en efecto, la selección mexicana de futbol demostró, esta vez con mayor convicción, que “sí se puede” vencer al contrincante… el día de mañana, en un futuro proximo, en los años venideros, dentro de cuatro años, u ocho, o doce, o dentro de 192 años. Demostro orgullosamente que el “sí se puede” está aquí cerquita, nomás a la vuelta de la esquina.

La poesía brasileña derrotó en México a la estetizante prosa italiana, apuntaba Pasolini.

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Last modified: 27 julio, 2026
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