Autoría de 5:09 pm #Destacada, #Opinión, Juan José Arreola - Código Político • 2 Comments

19 de septiembre – Juan José Arreola

Mi madre quería que me quedara en su casa, en la Ciudad de México, pero decidí que era mejor regresar, de una vez, a Irapuato, ciudad en la que vivía hace 40 años.

Abordé el autobús de regreso a las 10 u 11 de la noche del 18 de septiembre de 1985. En ese entonces el tráfico en la autopista 57 (México – Querétaro) no era tan pesado ni tan denso como ahora, así que avanzamos muy rápido.

Siempre calculaba dos horas y media a Querétaro y una hora más de ahí a Irapuato. Y así fue. A eso de las tres de la mañana llegué.

Caminé de la central de autobuses hacia el centro de Irapuato. Frente a la presidencia municipal hacia la izquierda, por la calle de Pipila. Vivía en el departamento 4 del número 48 de la referida calle, a media cuadra del centro de la ciudad.

En el recuerdo tengo la idea de que acababa de acostarme cuando una sacudida me despertó. Exactamente no sabía qué era o qué la había motivado; segundos después, otro “jalón” que se prolongó por varios segundos que se me hicieron eternos.

Los gritos de mi vecina del departamento siete, oriunda de Coquimatlán, Colima, invadieron al pequeño edificio; corrió por el pasillo superior, bajó las escaleras y llegó al departamento, al que también acudió Malena y su hija, del departamento ocho.

El susto fue mayúsculo sobre todo porque esta región del bajío mexicano es famosa por la ausencia de este tipo de movimientos o, como decimos popularmente, de temblores. Porque mi vecina colimense sí sabía lo que son sismos, fue para ella algo inesperado pero sí experimentado y obviamente con recuerdos de su tierra quizá aterradores.

Sismo extendido

Estuve en la Ciudad de México apenas horas antes de que sucediera el sismo que destruyó una importante cantidad de edificios de la capital del país y que, además, fue percibido en varias zonas del territorio nacional una de ellas Irapuato, en donde poco o nada se tenía de experiencia con los movimientos telúricos.

No fue, pues, solamente un “temblor” capitalino.

Después de platicar sobre cómo nos fue y en qué lugar nos pescó, los vecinos nos percatamos que no había energía eléctrica, que la telefonía estaba “muerta” y, por ende, no había posibilidad de comunicarnos con nuestros familiares para saber de ellos y tranquilizar el alma.

Alrededor del mediodía; es decir, después de casi cinco horas de sucedido el fenómeno logramos tener señal televisiva, vía por la cual nos enteramos de la destrucción en el entonces Distrito Federal.

Desde 1967 y hasta 1978, durante mis años de infancia, adolescencia y mi adultez temprana, viví en la Unidad Nonoalco – Tlatelolco, en el edificio Ignacio Zaragoza sobre la calle de Lerdo.

Desde Irapuato y a través de la televisión, observaba incrédulo la destrucción de varios edificios en mi antiguo barrio. Recordaba cómo, en anteriores sismos, desde la ventana del depa veíamos el bamboleo de los techos que cubrían los pasillos en la unidad Tlatelolco. Ahora, varios tramos estaban destruidos y en el suelo, hechos pedazos.  

El inmueble que era sede de la Secretaría de Marina, de unos ocho o nueve pisos, en el centro histórico de la capital mexicana y en donde laboró varios años una de mis hermanas, estaba a punto del colapso. Una enorme grieta surcaba su fachada.  

Protección civil

A 40 años de distancia de este suceso, tengo claro que apenas por unas horas me libré de haber estado en el corazón de ese sismo que destruyó parte de la Ciudad de México, que conmocionó a las y los mexicanos y que nos dejó en claro que a la naturaleza y a su fuerza siempre le debemos respeto.

Sin embargo, no logré sortear sus repercusiones y, sobre todo, la marca indeleble que dejó en el alma y los corazones de millones de ciudadanos.

Uno de los saldos positivos del suceso ha sido la creación y fomento de la cultura de la protección civil, que nunca será suficiente pero sí se constituye en una herramienta de cultura cívica, de solidaridad y de responsabilidad ciudadana ante el embate, siempre latente, de la naturaleza.

El 19 de septiembre de 1985 está en mi memoria y en mis recuerdos imborrables.

Juan José Arreola de Dios

Periodista / Comunicación Política

 Twitter (X): @juanjosearreola

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Last modified: 26 septiembre, 2025
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