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Leonor Pataki: la poesía como reverencia ante lo que no se deja poseer

ENTREVISTA: CARLOS CAMPOS / LALUPA.MX

FOTO PRINCIPAL: FRANCISCO DE PAULA NIETO

El lunes 6 de octubre, la Fundación Loewe anunció a la ganadora del Premio a la Creación Joven 2025, un reconocimiento que en los últimos años se ha convertido en uno de los espacios más relevantes para descubrir nuevas voces poéticas en lengua española. La elegida fue Leonor Pataki, autora de Una madeja de estambre, un poemario que el jurado calificó de «formalmente sólido, de finales brillantes y de una sensibilidad capaz de convertir lo cotidiano en revelación».

En conversación con Carlos Campos, la poeta habló sobre su proceso de escritura, el simbolismo del gato que recorre sus versos, y la manera en que la poesía mexicana dialoga hoy con el resto de Iberoamérica. Su discurso es sereno, reflexivo; en él se advierte una concepción de la poesía como acto de contemplación, como una forma de acercarse al mundo sin la urgencia de poseerlo.

El gato y el fuego: metáforas de lo intocable

En Una madeja de estambre, el gato aparece como una figura central. No tanto un animal doméstico como un símbolo: una presencia que observa, que se mantiene a cierta distancia del fuego. En esa distancia, dice Pataki, hay una enseñanza sobre los límites y la reverencia: «No escribí el libro pensando en esa metáfora; fue una lectura muy generosa de Jaime Siles, a quien agradezco profundamente. En el poemario hay un verso donde hablo de la sabiduría del gato frente al fuego. El fuego se vuelve, para mí, una imagen de todo aquello que debe tratarse con cuidado: lo que arde en su pureza, lo que no se deja poseer. El gato no se acerca más allá de la cuenta para no quemarse, para no destruirse. Creo que en esa distancia respetuosa entre el fuego y el animal se juega algo esencial de la poesía: la consciencia de los límites, la intuición de que hay cosas que sólo pueden mirarse desde la reverencia».

En efecto, Una madeja de estambre representa un espacio donde el lenguaje no busca someter la realidad, sino acompañarla, rodearla, como quien sostiene un hilo que no pretende desatar el misterio, sino reconocer su forma.

El Jurado del XXXVIII Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe

Una escritura nacida de la necesidad

Pataki confiesa que nunca pensó en sí misma como escritora. «La poesía —dice— surgió como una necesidad íntima, casi como una forma de sobrevivir al pensamiento». Su respuesta recuerda a esa tradición de poetas para quienes el acto de escribir es una forma de escucha más que de afirmación.

Los poemas de Una madeja de estambre nacieron en los márgenes del tiempo: en diarios, manuscritos, apuntes dispersos que, con los años, fueron encontrando su espacio en común. El proceso de reunirlos y darles forma fue también un acto de comunión: «La mayoría de los textos nacieron en diarios y manuscritos que fui escribiendo durante años; después, poco a poco, los reuní, los revisé, los compartí en la mesa del comedor con amigos o con mi pareja —que también escribe— y, entre crítica y conversación, fui aprendiendo a escuchar el ritmo de las palabras».

Más que romper con las convenciones del lenguaje poético contemporáneo, su búsqueda estuvo guiada por una aspiración de transparencia: escribir algo que cualquiera pudiera leer, y aun así, encontrar en ello un eco profundo. En esa claridad hay una ética: la de decir con sencillez lo que otros disfrazan de complejidad: «Una madeja de estambre también dialoga con las voces de muchas mujeres que me han marcado —Nadine Gordimer, Gabriela Mistral, Simone de Beauvoir, Louise Glück, entre otras—; figuras que me enseñaron que la sencillez puede ser la forma más radical de la lucidez».

Simone de Beauvoir

Lo doméstico y lo sagrado: convivencias del alma

Uno de los ejes más poderosos del libro es la tensión entre lo doméstico y lo sagrado, entre la delicadeza del gesto cotidiano y lo inalcanzable de lo trascendente. En sus poemas, lo sagrado no habita en los templos sino en la respiración de lo común: un vaso de agua, una mirada, el roce del gato junto al fuego:

«Escribo desde la intimidad del pensamiento, y el pensamiento, como una montaña lejana, se contempla pero no se toca. Creo que esas dualidades —lo sagrado y lo cotidiano, lo corporal y lo trascendente— no se oponen: conviven en nosotros. Existir en este cuerpo es, a la vez, un hecho doméstico y sagrado. La muerte, el amor, la ternura… son realidades que habitan la sutileza, lo intangible. Escribir es reconocer su fragilidad sin romperla».

Así, la poesía de Pataki se mueve entre la contemplación y el temblor, entre el silencio y la palabra justa. Su voz no busca iluminar el misterio sino permanecer junto a él, en ese espacio de reverencia donde el poema se arrodilla ante lo que no comprende.

La poesía mexicana: entre la calle y la contemplación

En los últimos años, la presencia de poetas latinoamericanos en el Premio Loewe ha sido notable, y Pataki reconoce que México ocupa un lugar singular en ese mapa:

«En México parece que todos escribimos poesía; quizá porque aquí la palabra sigue siendo una forma de resistir lo cotidiano, de buscar una hondura que el ruido nos niega. La poesía mexicana está viva. Se mueve entre la herencia de lo mítico y la urgencia de lo contemporáneo, entre la calle y la contemplación. Creo que hay una conciencia muy fuerte del lenguaje como territorio político y espiritual, y eso nos vincula con lo mejor de la tradición iberoamericana: una escritura que no se conforma con describir, sino que interroga el sentido mismo de estar vivos».

Su diagnóstico es lúcido: la poesía mexicana no sólo sobrevive, sino que respira con intensidad. En ella, la palabra no se usa para adornar, sino para pensar, para resistir, para iluminar los pliegues de la experiencia humana.

El silencio como destino del poema

En la deliberación del jurado, uno de los aspectos más celebrados de Una madeja de estambre fueron sus finales: versos que no cierran, sino que abren una resonancia. Esa cualidad, dice Pataki, proviene de su modo de entender el proceso poético:
«Me interesa traducir las imágenes que arroja el pensamiento en palabras, como si la mente fuera un río que sólo encuentra su cauce al nombrar. La musicalidad, el símbolo y el silencio son, para mí, etapas de un mismo proceso. En la meditación del poema, todo comienza con un desorden de ideas; luego llega la claridad, y al final, el silencio que comprende. Tal vez escribo para alcanzar ese silencio: no el vacío, sino la calma donde una palabra basta para decirlo todo».

Esa calma —esa palabra que basta— podría ser la esencia de Una madeja de estambre. La poesía de Leonor Pataki no pretende deslumbrar con artificios formales ni levantar discursos grandilocuentes; su fuerza reside en la contención, en el equilibrio entre lo que se dice y lo que se calla.

Como el gato que observa el fuego sin tocarlo, la poeta entiende que escribir es acercarse al límite de lo indecible, mirar con respeto lo que arde sin nombre. En esa frontera habita su voz: una voz nueva, precisa, silenciosa, que confirma por qué la poesía sigue siendo, incluso hoy, el lugar más alto de la palabra.

AQUI PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “PONGAMOS QUE HABLO DE LIBROS”, LA COLUMNA DE CARLOS CAMPOS PARA LALUPA.MX

https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/carlos-campos-pongamos-que-hablo-de-libros

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Last modified: 7 noviembre, 2025
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