Autoría de 1:49 pm #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito • One Comment

Reconocimientos e inscripciones – Víctor Roura

Ese sentimiento legítimo para agradecer con honestidad un bien (o una labor) es prácticamente inexistente en México, muy dado a las categóricas canonjías, a las componendas amañadas, a las influencias traficadas, a los intercambios de favores, a los espaldarazos, a las devoluciones de poder (“te debo una”, “me debes una”), a los acomodamientos parcializados. De ahí que el término “reconocimiento” sea tan exiguamente valorado. Por eso los grandes premios en el país no se otorgan si no son pedidos con antelación. Es decir, si los aspirantes no se suscribieran a las convocatorias nunca serían visualizados, pues su invisibilidad es ya de por sí enormemente notoria, y válgase la paradoja lingüística. (Por supuesto, no hablo de las camaraderías internas que dichas relaciones consensuadas hacían inútiles las burocracias para dar paso a los consentimientos agraciados: en la época de la mafia cultural los galardones se repartían por simpatías y generosidad excesiva entre las amistades, de manera que el dinero proveniente del Estado era, sí, para ser distribuido exclusivamente entre ellos, aunque estas valiosas y férreas premisas fueran negadas por los jerarcas intelectuales).

José Revueltas.

      Si hoy en día se dice en los discursos oficiales, por ejemplo, que José Revueltas fue “un gran rebelde” es, precisamente, porque su rebeldía no puede ser ya resucitada. En México el máximo galardón cultural es el Premio Nacional de Ciencias y Artes no sólo porque, después de éste, no hay otro que reconozca con elocuencia el quehacer de la gente imbuida en el ámbito de la cultura sino, y (tal vez) sobre todo, por la secuela económica que ello amerita: una especie de pensión vitalicia, válida únicamente de modo personal, intransferible, razón por demás válida para que sean los propios aspirantes los que pidan (exijan, hasta cierto punto) el reconocimiento público, ya que de otra forma el gobierno (el convocante) no se los daría, acaso por varios motivos, dos de ellos sobresalientes: porque carece de un colegiado atento a lo que sucede en materia cultural y porque desconoce qué ocurre en el entorno cutáneo del arte nacional, que es parecido al inciso anterior, pero no es igual. Cuando uno se entera, por ejemplo, que el chiapaneco narrador Eraclio Zepeda pidió su premio a lo largo de casi una década y lo recibió nueve meses antes de su deceso (ocurrido hace una década, el 17 de septiembre de 2015 en su natal Tuxtla Gutiérrez a los 78 años de vida), sólo se puede hablar, entonces, de una soterrada y pundonorosa mezquindad latente en el orbe intelectual (¡José Revueltas jamás recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, mereciéndolo!, y a escritores como Guillermo Samperio —1948-2016— o René Avilés Fabila —1940-2016— siempre se los negaron a pesar de haberlos atingentemente pedido debido a sus notables participaciones escriturales).

      El escultor Sebastián —cuyo nombre real es Enrique Carbajal, nacido en Camargo el 16 de noviembre de 1947—llevaba pidiendo (y no hay otra palabra mejor que la sustituya, aunque ésta conlleve cierto grado de cortesanía) su premio por más de tres lustros, y en diciembre de 2015 le fue avalada su inscripción. Pero se sabe de muchos otros creadores que cada año vuelven a aspirar a la candidatura, terminando descorazonados. A un escritor en una ocasión le devolvieron la caja (sellada, lo que indicaba que ni siquiera fue abierta) que había enviado con la esperanza de que fuera revisado su contenido con meticulosidad, ya que allí incluía todos los méritos, suyos, que pudo reunir a lo largo de una prolongada carrera literaria.

      En su tercer intento, Los Folkloristas por fin obtuvieron el preciado galardón. ¿Cuántos años tienen que transcurrir para poder ser sopesado por el preclaro y rotundo jurado que aprueba o reprueba las inscripciones?

      Todo parece indicar que la edad no importa (Carlos Monsiváis lo recibió en 2005 a sus 67 años, Fernando Benítez en 1978 a sus 66 años, Carlos Fuentes en 1984 a sus 56 años, Octavio Paz en 1977 a sus 63 años, Elena Poniatowska en 2002 a sus 70 años, Óscar Chávez en 2011 a sus 76 años, David Huerta en 2015 a sus 66 años, Adolfo Castañón en 2020 a sus 68 años, Sergio Cárdenas en 2022 a sus 71 años… siendo el artista plástico Juan Soriano, fallecido el 10 de febrero de 2006, a sus ocho décadas y media, el que recibiera el Premio Nacional de Ciencias y Artes con menor edad; a los 49 años en 1969), sino la entraña que ejerza el juzgado con los aspirantes como condición favorable, requisito coadyuvador, para adjudicarse el ambicionado reconocimiento.

Alberto Baillères.

      Ni qué decir de los flamantes premios de periodismo que se dispensan en México, donde los periodistas, de modo semejante, se ven obligados a pedir, inscribiéndose, su reconocimiento, que de otra forma jamás llegaría, exhibiendo con ello la ausencia de un digno colegiado atento a los pormenores periodísticos: si no es asesinado el fotógrafo Rubén Espinosa, su nombre no habría trascendido. Es más sencillo premiar a un empresario, porque sí, como el que le fuera entregado a Alberto Baillères en 2015, que bastó con que alzara la mano para ser inmediatamente distinguido con la Medalla Belisario Domínguez sin que él se lo propusiera. Porque evidentemente el dinero sí reluce en una ciudad donde la cultura apenas es percibida, reacia la pobre generalmente a departir en los cocteles áureos con personas que desprecian la imaginación creadora.

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Last modified: 29 diciembre, 2025
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