Contra el tartamudeo hay algunas fórmulas eficaces.
Recuerdo cuando descubrí la mía, la que me ha sacado de apuros en momentos realmente vergonzosos. De niño, cursando el segundo de primaria, mi madre me mandó a comprar un kilo de huevos a la panadería. Estaba a una cuadra de la casa. Al llegar a La Moreliana me di cuenta, porque uno sabe cuándo las letras se le van a atorar entre los dientes, que la u seguida de la h, y sobre todo si después sigue otra vocal (en este caso la e), se me complicaba terriblemente. Me acerqué a pedir el alimento. El panadero se dispuso a atenderme, gentil.
—Me da hu… hu… hu…
El panadero frunció la ceja.
—A espantar a otro lado, chamaco —dijo.
Apenado, salí del lugar.
Caminé unos cuantos pasos. Mis manos estaban metidas en las bolsas del pantalón. Ahí sentí algo, como un dulce diminuto. Lo extraje. Era un piñón.
Me lo llevé a la boca e intempestivamente pude pronunciar, claramente, para mí mismo, la palabra huevos, sin ningún tropiezo ni resbalón, de manera ininterrumpida.
Di la media vuelta.
Entré otra vez a la panadería. Al verme el mismo señor hizo un gesto de hartura.
—Aquí no hay fantasmas, escuincle —dijo.
Sus palabras me cayeron como un costal de harina, pero no me dejé amilanar. Fui al mostrador. Saqué un piñón más (para reforzar la claridad) y me lo eché a la boca.
—Me da huevos —dije, impecablemente.
El panadero sonrió.
Ése fue mi primer accidente vocal.

Pasados los años, resolví mis problemas de tartamudeo mediante el piñón. Incluso, por las mañanas, tomaba un buen licuado de piñón. Después de comer, como postre, un pastelillo con piñones encima. Por mi cuenta, y viendo la bondad del alimento, me inventé algunos platillos: el piñón ahogado en la horchata envinada, buhardillas empiñonadas rellenas de pipas infladas, espinacas fundidas en piñones ahumados o, mi favorito, huevos revueltos masacrados con piñón y queso Oaxaca.
Creí resuelto el problema en mi edad universitaria.
Sin embargo, cuando vivía en las calles de Cuba, en el centro de la ciudad, mi articulación fue de nuevo deficiente. Sólo que ahora lo que provocaba dicho tartamudeo no eran ni la h que precedía a la u ni los diptongos, sino una mujer. Había invitado a una dama al departamento a escuchar el dichoso Hotel California de Las Águilas, roncito de por medio.
Y en el momento de abrazarla, bajo su consentimiento, volví a sentir, digo, ese balbuceo infame.
—Ma… ma… ma… mañeca… —dije, imbécilmente.
La u nunca salió, mas pude percatarme que, en realidad, no era la u la que ofuscaba mi lengua, sino el cuerpo de la mujer.

—¿Cómo? —preguntó ella, cariñosa.
No pude agregar nada.
—¿Qué dijiste? —volvió a preguntar.
Les juro que no podía pronunciar muñeca.
—Ibas a decir otro nombre —dijo ella, apartándose con lentitud.
Negué con la cabeza.
—Ibas a decir María o Mariana o Marcela, qué sé yo —dijo, saliendo de la alcoba.
La seguí.
—No, simplemente me turbé —dije, apenado.
Pero no me creyó.
—En lugar de decirte m… m… m…
¡Juro que no me salía la u!
—No me digas que eres tartamudito —dijo, con sorna.
—Dije mañeca en lugar de m… m… m… m…
No pude, sencillamente.
Ella se atacó de la risa, pero, mientras, la pasión se enfrió.
Prefirió salir a la calle a tomar, dijo, el aire fresco de la noche.
Después, ya solo, pude pronunciar sin vacilaciones muñeca. Me la repetí innumerables veces. Ya no cargaba, entonces, los piñones porque creía que el problema estaba ya superado. A partir de ese día, obviamente, empecé a cargar, otra vez, mi puñado de piñones para evitar dichas escenas embarazosas.

Creo que los utilicé dos veces, nada más.
Desde entonces, no me ha vuelto a ocurrir. No he vuelto a tener problemas con el tartamudeo.
Pero no por ello, de vez en cuando, dejo de hacerme en la casa un rico platillo de rosti de patatas en abanico al gratín apiñonado.
Suculento, en verdad.
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