En el acontecer cultural mexicano pervive una insondable paradoja consistente en un discurso teóricamente construido de manera férrea pero, en la práctica, permanentemente inconcluso ya que una cosa, ciertamente, es lo que se dice y otra, a veces demasiado apartada, lo que se hace.
El sector político, en su totalidad, no se detiene en la perorata de la cultura como el salvamento, el único posible, de la violencia en la que se encuentra sumergido el país, agobiado por la dosis continua y revitalizada de la corrupción en el ejercicio cotidiano del funcionamiento social… que sigue desempeñándose, impávida e inconmovible, pese al alegato oficial que lo niega sistemáticamente.
Se habla de la cultura como la manera idónea de hacer caer en la zanja del olvido a toda esta movilidad de los cauces del enjuague y del cochupo. Incluso en San Luis Potosí se llevó a cabo, a fines de julio de 2015, un congreso para sopesar las endebles políticas culturales que sostienen en un hilo, extremadamente delgado, a los creadores del país, cada vez más desamparados y abandonados por un Estado que cobija prioritariamente al circuito industrializado de sus amistades.
Es sabido, y esto no es una novedad, que en una nación democrática el equilibrio publicitario del gobierno se expande, o debiera expandirse, balanceadamente a los medios de comunicación existentes, otorgando, con juicio agudo, un orden básico en los procedimientos laborales regidos en cada empresa, pues se sabe que muchos emporios de comunicación han crecido no precisamente por sus conocimientos de comunicación sino sencillamente por sus relaciones empresariales. El ominoso dato fue difundido el 14 de julio de 2015: más de 10 mil 800 millones de pesos erogó la administración del presidente Enrique Peña Nieto en publicidad oficial, de los cuales casi mil millones, en sólo dos años, fueron para Televisa y para TV Azteca, los medios más beneficiados de aquella inconsútil repartición monetaria, hecho que, a todas luces, exhibía un favoritismo inaceptable en los tiempos en que vivimos. Porque el erario no debe hacer distingos de ninguna especie.
(¡Lo mismo sucedió durante el obradorismo que, aunque con menos recursos económicos, no dejó de abonar en las arcas de ambas televisoras: en su sexenio Andrés Manuel López Obrador entregó a Televisa mil 877 millones 86 mil 817 pesos con 11 centavos (el 10.2 por ciento de ese presupuesto) y a TV Azteca otorgó mil 340 millones 695 mil 986 pesos con 63 centavos (el 7.3 por ciento, porque el segundo medio beneficiado, con el 8.7 por ciento del total de su sexenio, fue La Jornada a la que se le dieron mil 596 millones 571 mil 703 pesos con 61 centavos!)

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Es conocida la pluralizada iniciativa española cuando este monárquico país acabó con la cruel dictadura franquista: convocó a una prensa de calidad y no dudó en respaldarla publicitariamente, ya que la buena y profesionalizada crítica siempre hace bien a su ciudadanía. De esa iniciativa surgió, y creció, y se desarrolló fructíferamente un diario como El País.
¿Pero qué se puede decir de un gobierno, el que fuera: ya europeo, o africano, o asiático, o americano, que reparte generosamente el dinero a empresas que han consolidado sus estructuras en la construcción de la banalidad y la información parcializada, en la diversión adormecedora de conciencias y la inducción uniformadora del gusto popular, en la apropiación de las coberturas oficialistas y el usufructo del bien común?
En una nación visiblemente democrática no sólo habría una distribución monetaria garantizada a estas empresas parsimoniosamente frívolas, porque un gobierno plural no niega la sobrevivencia de sus industrias por más medianas o moralmente insolventes que sean, sino para todas las otras también, simpatizantes o no de su gestión política, porque en eso justamente se basa el principio de autoridad: la tolerancia social.
Un buen gobierno no finca nada más su poder en la protección sectaria (lamentablemente como la que padecemos hoy en día; si no estás de acuerdo, eres declaradamente opositor), sino en la apertura hacia los rubros independientes: ¿de qué otra manera puede darse la convivencia social?
Es curioso este dato que ha sido difundido en diversos medios no por otra cosa sino por la constatación del absurdo en que viven los medios de comunicación autónomos al recibir, constantemente, negativas en el patrocinio estatal, que no es un obsequio, ni una componenda, sino una obligación gubernamental para transparentar su quehacer público, cultural o no.. “No hay dinero”, dicen una y otra vez las Secretarías y las instituciones. “No hay dinero”, y esta negativa es, más bien, una subjetiva declaración de selectividad de medios de acuerdo a una delicada [e irrefutable mas discreta] discriminación: la cultura (y las empresas televisoras beneficiadas por la economía sexenal no sólo es excluida de sus canales sino ignorada por la notoria desilustración de sus operadores, técnicos, artistas y conductores), dicen los gobernantes, es la única solución posible a las violencias territoriales que acaban por amargar, y amagar, cualquier resquicio de libertad humana.
Pero el discurso de la cultura en México es de una insondable paradoja, porque teóricamente está construido de manera férrea mas, en su práctica, permanece siempre inconcluso.
(… Y a las empresas o a los empresarios, por supuesto, no les gusta, o les incomoda, que sus empleados se rebelen al interior de sus oficinas, porque para ello han establecido sus propias reglas: ningún trabajador debe estar por encima de la directiva, aun cuando la autoridad, de ser ése el caso, sea superada por el o los subordinados. Sobre todo si hablamos de la prensa, de ahí la imposibilidad de una figura señera en los medios electrónicos, supeditadas, todas, a las imposiciones e intereses empresariales, abocados a conservar, o consolidar, el tegumento financiero más que a desarrollar una política veraz de información pública. Así son las cosas. Y a ellas se atienen los comunicadores. Por lo menos, la mayoría. Porque hay quienes se deslindan, o pretenden hacerlo, de estos parámetros de la sujeción tratando de conservar una autonomía dialéctica —ética y configuración propias, asunto sumamente complejo en las estructuras de la comunicación, ceñidas a lineamientos circunscritos, por lo regular, a los propósitos políticos. La empresa periodística, en efecto, es una cosa y sus periodistas muy otra cosa.
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