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Las palabras, bien dichas, a veces consiguen justificar lo que, de otra manera, sería enteramente injustificable, de ahí que los dominadores de las palabras, sabiéndolas barajar con corrección, pasen frecuentemente por cautos e insuficientes intelectuales, como si la intelectualidad, por sí sola, tuviera defensas propias y salvaguardas que la protegieran de su ineludible blindaje y de su docto dogmatismo que dicta la sentencia obedecida e indomeñable: el poseedor de firmes pensamientos es infalible, dando por sentada [con esta premisa] la ética personal, que se otorga de antemano fijándola como inalterada, exaltadora o incanjeable, siempre encomiable y justa.
Decir, por ejemplo, durante el conticinio puedo reflexionar largamente sobre lo sucedido ayer no es una petulancia verbal sino una certera premonición bocal, ya que la palabra conticinio significa justamente el momento de quietud absoluta en la oscuridad, como podría ser el categórico silencio de la noche. Es una frase correcta, dicha con el término exacto.
Cuando Octavio Paz renunció en 1968 a la embajada de la India por el asesinato masivo en Tlatelolco el 2 de octubre pasó, históricamente, como uno de los pocos actos dignos de honradez política… ¡pero nadie en ese momento se puso a averiguar que el futuro Nobel de Literatura (aún faltaban 22 años para que recibiera el galardón suizo) jamás dejó de cobrar sus emolumentos en la Secretaría de Relaciones Exteriores!, y no fue sino hasta que el mismo presidente Gustavo Díaz Ordaz lo comentara cuando la epopéyica toma de conciencia tomó forma de incongruencia política. Sin embargo, hoy todavía, haciendo uso del buen decir, hay intelectuales que lo justifican, a Paz, acotando marañas verbales hiladas con suma inteligencia.
Un poeta de excelencia escritural como Jaime Sabines —cuyo centenario natal se conmemora este 25 de marzo— pidió a su amigo el presidente Carlos Salinas de Gortari, durante el alzamiento de la revolución [inacabada] zapatista, que fusilara a todos los rebeldes chiapanecos porque temía por sus propiedades en su tierra natal. El grande poeta que fue no logró derrotar a la insensibilidad que llevaba muy dentro suyo al desear la muerte de los indígenas subversivos, pero nadie dijo nada ante la pulcritud de sus palabras.
Cuando Fernando Savater acordó en reuniones privadas adjudicarse el Premio Planeta sin necesidad de pasar por el riguroso examen del jurado, ¿dónde quedaban sus estrictas enseñanzas éticas?, ¿o dónde estaban localizadas estas mismas lecciones de moralidad cuando de su brazo andaba, oronda, la profesora Elba Esther Gordillo a cambio de una adinerada manutención compensatoria?

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Lo cierto es que los boyantes discursos en ocasiones se tropiezan con las espaldas de sus oradores. Hay fieros intelectuales, dueños de publicaciones que las tienen no por interés periodístico sino por convenir a sus balanzas financieras (por lo menos antes del obradorismo, cuya figura presidencial continuó manteniendo estos rigores económicos sólo modificando los nombres: en lugar de Nexos ahora se llama El Chamuco, en lugar de Reforma ahora la investidura ejecutiva prefiere La Jornada, etcétera), que acordaban honorarios con los políticos para recibir puntuales riquezas provenientes del erario. E intelectuales que incluso son, o eran, socios de gente como Carlos Slim, que acudían al magnate para solicitar en préstamo un avión o un yate para sacudirse momentáneamente de la vulgar monotonía. Por eso cuando un reconocido periodista como Julio Scherer García, fallecido el 7 de enero de 2015 a sus 88 años, acuñaba la frase: “Si el Diablo me da una entrevista, voy al Infierno”, se formaba en torno a ella un sinfín de significados, siempre benéficos, siempre juiciosos, siempre provechosos (quizá lo que faltó en la celebrada frase fue… “todo depende del dinero acordado, por supuesto, porque lo mismo llego nomás a la orilla del mismísimo Infierno”.
Pero la prensa, precisamente por estas lecciones de ebullición por la curiosidad (muchas veces con planteamiento ambiguo), ha caído, y continúa cayendo, en una zozobra significante, ya que el simbolismo de la exposición verbal oculta una connotada ambivalencia y una denotada utopía, pues parte, la oración, de una evidente inexistencia: ni el Diablo ni el Infierno son tangibles, de modo que la metáfora se ajusta (o debiera ajustarse) a los propósitos [in]ciertos de cada ejecutor de esta simbólica frase… sin final conclusiva.
Pues en efecto por haber ido al Infierno muchos periodistas se han enriquecido por pactar con el Diablo y otros se han sumergido en la desgracia. La revista estadounidense Rolling Stone, usando las relaciones personales de Kate del Castillo, lo que hizo fue precisamente proseguir al pie de la letra la frase sintomática de Scherer García, sin importarle a sus editores las posibles funestas consecuencias de los protagonistas de esta ambiciosa aventura (ir al Infierno para entrevistar al Diablo en busca de una ulterior ganancia económica, ya que la bella actriz fue a ver al Chapo en octubre de 2015, en una reunión organizada con la ayuda del actor Sean Penn, para hablar de la posibilidad de realizar una película biográfica sobre la vida del narco, finalmente extraditado a Estados Unidos en enero de 2017), una de las cuales, por lo menos, estaba pendiendo de un hilo por la consistente estrategia gubernamental que perseguía, o persigue, los delitos no mediante una dotada investigación sino con filtros mediáticos. Porque una cosa es la natural expectativa del ser humano y muy otra el objetivo (a veces mercantilista, a veces noble, a veces desproporcionado) periodístico.

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El uso y el abuso que se hace de los proyectos informativos suele no tener nombre.
Y en este específico caso —el de la reunión de Kate del Castillo, Penn y el Chapo en Sinaloa—, nadie, ni los actores ni los productores cinematográficos, era cabalmente un periodista, con lo que también se exhibió, a las claras, que no cualquier hijo de vecino puede serlo —periodista—, aunque haya tenido el arresto de bajar al Infierno, casualmente muy parecido, también a veces, a un set fílmico o televisivo o, sencillamente, digital.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX
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Brillante, como es usualmente, la prosa y el contenido de Víctor Roura.
Una búsqueda mínima en Internet le diría que La Jornada recibió siempre más dinero que Reforma, incluso acusó que Peña Nieto le debía 30 millones de pesos en portadas. Pero eso es algo que este viejo guango que se ha pasado la vida pidiendo presupuesto ni eso puede hacer.