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Muerte civil, inserción pagada, primeros suplementos – Víctor Roura

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El de la prensa es un mundo complejo y contradictorio, que reproduce, acaso con fidelidad, los mismos rasgos, prominentes y ocultos, del mundo global en el cual vivimos.

      El de la prensa es un mundo dominado por empresarios, pero también por hombres sabios. Con defectos y virtudes, los periodistas a veces no son lo que aparentan. Llevados unos de la mano de la omnímoda ambición y otros de una estricta solvencia ética, el periodismo, bien que mal, regula la temperatura de la vida política y social de su país.

      En los años cincuenta del siglo XX el cronista Salvador Novo (Ciudad de México, 1904-1974) era muy amigo de Rodrigo de Llano (Monterrey, 1890 / Ciudad de México, 1963), director del periódico Excélsior. Por eso Novo era considerado una insigne personalidad. Todo lo que dijera e hiciera era —perdón por la cacofonía— causa de un importante desplegado noticioso.

      Pero, infortunios personales, llegó el día del rompimiento amistoso de manera tan escabrosa que el director de Excélsior, malhumorado y contrito, ordenó que en su empresa jamás volviera a aparecer el nombre del cronista caído en desgracia.

      —Este hombre no saldrá en mi periódico, ni siquiera cuando me paguen su esquela —dijo De Llano, y la orden fue acatada.

      Los lectores de ese diario, de pronto, perdieron de vista al maestro Novo pues ya nunca más volvió a aparecer su nombre en las páginas, aunque publicara libros nuevos. Fue difuminado del planeta por lo menos durante el tiempo que le restaba a De Llano estar al frente de aquel hebdomadario.

      —Borrar del mapa a una persona —decía Emmanuel Carballo (Guadalajara, 1929 – Ciudad de México, 2014)— es una de las cosas más canallas que se puedan dar en el periodismo.

      Ya Alfonso Reyes (Monterrey, 1889 / Ciudad de México, 1959) había hablado sobre Alfonso el Sabio (España, 1221-1284) y “la conspiración del silencio” como coronación de la guerra literaria. Alfonso el Sabio dijo que la “mejor manera de combatir a un enemigo no es atacarlo sino no mencionarlo, darle muerte civil”.

Salvador Novo

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En Chiapas, en la década de los ochenta del siglo XX, un modesto periodista editaba un diario bajo tres diferentes denominaciones. Sólo cambiaba en su imprenta las portadas de cada uno, con un título distinto, aunque las demás páginas tuvieran el mismo contenido, y cobraba en las  oficinas del gobierno estatal con puntualidad triplicada la publicidad, puesto que la misma la repetía en sus tres diarios.

      Ahí mismo, en Tuxtla Gutiérrez, otro periodista, conocido por su afición desmedida al dinero, se reunía con otros periodistas, como era costumbre en el medio, para desayunar y contarse las primicias, los rumores, las suposiciones de la vida política. Lo esperaban una mañana sus colegas con ansia inusitada. Baja la voz, comentaban con escándalo la noticia de primera plana publicada por el ausente sin medir las peligrosas consecuencias de su vida íntima. La  nota daba cuenta airadamente de la arbitrariedad de una tal maestra de una escuela que con voracidad despilfarraba los dineros producto de la educación pública, y la tal maestra no era otra sino la esposa del propio director del diario. Tal vez el periodista encargado del  cierre de la edición, ante la ausencia del director, decidió publicar la noticia por rebeldía personal. Y quizás el director aún no se había dado cuenta de aquel golpe traidor.

      Cuando arribó al restaurante, sus colegas le preguntaron si ya había leído su diario, a lo que respondió el interpelado que sí, que él mismo se había  ocupado de la primera plana la noche anterior.

      —¿Cómo? —se  sorprendieron los colegas—, ¿tú autorizaste la noticia donde se culpa  a tu esposa de malos manejos administrativos? —le preguntaron, y el periodista, tranquilizándolos, les dijo que no había ningún problema pues la información era, en realidad, una inserción pagada.

      —No estoy loco —argumentó.

      ¡Ah, el dinero, que controla a la prensa y a sus periodistas!

3

La prensa cultural no tiene muchos años en México. Es la función periodística más nueva. Si bien ya su presencia estaba detectada desde los comienzos del siglo XIX, en el Diario de  México en 1805, por ejemplo, con fray Manuel de Navarrete, o en 1826 en la revista El Tris con José María Heredia, o en 1831 en “El Registro Trimestre” del Diario Oficial con el Conde de la Cortina: don José Justo Gómez —amigo de Antonio López de Santa Anna—, aún las bases del quehacer periodístico específicamente  cultural estaban por sentarse.

      En 1947, mientras Fernando Benítez dirigía el diario del gobierno mexicano El Nacional, el español Juan Rejano se encargaba de inaugurar, en ese periódico, los suplementos semanales al frente de la “Revista Mexicana de Cultura”; pero es con “México en la Cultura”, del Novedades, dirigido por Fernando Benítez a partir de febrero de 1949, cuando las características de la prensa cultural empiezan a cobrar forma y  diseño, aunque también se construyen los cimientos de un periodismo  sectario y mafioso, que constriñe a la cultura a unos cuantos nombres, precisamente de los que fundaron dicho suplemento.

      Benítez,  años después, confesaría que trabajaba sólo para satisfacer al club de sus treinta amigos. La Mafia se fortaleció de tal manera durante tres décadas que, en México, era imposible pensar en otros intelectuales fuera del circuito de Benítez y compañía. Sus  suplementos eran elaborados de tal forma que no cupieran las críticas  hacia ellos mismos, encumbrándose el grupo en la cima de los poderes  culturales, que hasta el día de hoy conserva con denodada fiereza.

      La  Mafia (como denominara Luis Guillermo Piazza a tal grupo en su novela editada en 1967, misma que le costara su destierro y el desprecio  culturales, el ninguneo del que hablara Alfonso Reyes) fundó en 1962,  luego de ser corridos sus miembros del Novedades, otro suplemento, “La Cultura en México”, ahora en la revista  Siempre! amparados bajo la tutela de José Pagés Llergo, a quien Benítez le diera prácticamente la mitad de los 100,000 pesos que el presidente Adolfo López Mateos obsequiara a Fernando Benítez para que prosiguiera, éste, su camino victorioso, venturoso, en la prensa nacional.

Fernando Benítez

      Luego, la batuta la tomaría Carlos Monsiváis, discípulo disciplinado  de Benítez a quien tampoco nadie podía —ni nadie puede— contradecir  so pena de no publicar nunca más en el suplemento.

      En el periodo de  Benítez sucedió una anécdota escalofriante: el chileno José Donoso,  entonces exiliado en México, se atrevió,  extranjero que era, a criticar a los mafiosos en el suplementos de  los mafiosos.

      Craso error.

      Porque una mano santa, al final del ensayo  de Donoso, en el cierre de edición añadió una singular frase, en  negritas y en mayúsculas, que fue leída por los sorprendidos  lectores el día de su publicación: “MUY BUENO PARA CRITICAR, PERO ES UNA POBRE BESTIA”.

      ¿Quién lo hizo?

      Jamás fue revelado el nombre del  mafioso que no soportó ser criticado en su propio suplemento. Benítez  no mandó a hacer una acusiosa investigación y lo único que hizo, para lavarse apresuradamente las manos, fue despedir a un linotipista,  seguramente inocente de aquella pesada broma. Pero era una señal  bastante clara: nadie puede meterse con los mafiosos.

      Donoso,  resentido por la cobarde intromisión editorial en su propio texto,  decidió irse a vivir a Europa guardando el resto de su vida un rencor inalterado hacia los mexicanos: su novela Donde van a morir los elefantes (Alfaguara, 1995) publicada un poco antes de su muerte (en 1996), se refiere a los  mexicanos de un modo despectivo e hiriente.

José Donoso

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Last modified: 23 febrero, 2026
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