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Laponia: la vida a 40° bajo cero: año nuevo en el desierto ártico (III y último)

CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C. /LALUPA.MX

Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con nostalgia”: José Vasconcelos

Lago Raanujärvi (Laponia finlandesa).– Frío cortante, silencio absoluto y los ojos clavados en el cielo. Mientras el mundo brindaba por un nuevo año entre el estruendo de los fuegos artificiales, nosotros buscabamos en el firmamento los silentes y sedantes fuegos celestiales. Una noche vieja para recordar mientras estemos vivos.

Foto Johannes Salmela

La caza de auroras boreales inició cuatro horas antes de la medianoche, justo a las veinte horas, cuando Eero, nuestro guía finlandés, nos recogió a un lado del Airbnb donde nos hospedábamos, en el centro de Rovaniemi. Metros más adelante, se unieron dos camionetas más conducidas por Viivi y Niko. Con el convoy listo, enfilamos hacia el oeste de Finlandia, rumbo a Suecia. Nuestra primera parada, tras una hora de camino, fue el lago Raanujärvi, veinticinco kilómetros cuadrados de agua en la latitud 66°41 Norte.

Eero nos recogió en el centro de Rovaniemi, a un lado del Airbnb donde nos hospedábamos

Sobraban motivos para el optimismo. Pese a la luna llena, el cielo estaba despejado y la actividad solar —de acuerdo con aplicaciones como My Aurora Forecast— había sido intensa. Además, el lago hacia donde nos dirigíamos es considerado por los expertos un sitio idóneo para el avistamiento, “debido a su remota ubicación y la falta de contaminación lumínica, con un horizonte de trescientos sesenta grados”. Existía otra razón —ésta puramente subjetiva—: tras haber visto auroras en Canadá e Islandia, sin complicación alguna, confiaba en que el azar volvería a estar de nuestro lado.

Aunque era una noche de luna llena, no había una sola nube en el cielo y la actividad solar —de acuerdo con aplicaciones como My Aurora Forescast— había sido intensa esos días Foto: Braulio Guerra

Pasaban de las veintiún horas cuando arribamos al lago Raanujärvi. Al descender de los vehículos —un grupo de quince personas más nuestros tres guías— lo primero que nos golpeó fue la embestida de un penetrante frío, mucho más intenso que en días previos. Aunque el termómetro de la camioneta marcaba 35 grados bajo cero, la sensación térmica era más agresiva de lo previsto. El lago, completamente congelado, se extendía ante nosotros como un vasto desierto de arena blanca, que resplandecía bajo la luna. Volvimos a caminar sobre el agua sólida, como lo habíamos hecho en la jornada de pesca, pero esta vez, quizá por el rigor del clima o la oscuridad, la conciencia de los veintiséis metros de profundidad bajo nuestros pies disparó una tensión instintiva y una dosis de adrenalina mucho mayor que dos días antes.

Aunque el termómetro del vehículo marcaba 35 grados bajo cero, la sensación térmica desmentía la lectura.

Niko percibió nuestra agitación. Mientras instalaba con sus compañeros el equipo de fotografía y video en el lago, nos tranquilizó con un dato duro contundente: el Raanujärvi alcanza en invierno un espesor de hielo de entre treinta y cincuenta centímetros. “Es imposible que esto se resquebraje”, expresó con seguridad. También explicó que en los lagos la sensación térmica se recrudece debido a la humedad y a la falta de obstáculos, como árboles o edificaciones, que mitiguen el viento. Cuando le manifestamos nuestro temor de que la luz de la luna opacara las auroras, su veredicto fue claro: “Sólo si la aurora es muy débil puede perderse la definición, pero si es media o intensa no hay problema… Esta noche el cielo va a explotar. Tengamos paciencia”, sentenció.

El lago, completamente congelado, se extendía ante nosotros como un vasto desierto de arena blanca, Foto: José Antonio Gurrea C.

Y la tuvimos. Pero tras una hora y media de espera bajo el gélido silencio del lago, la aurora no apareció. Teníamos el cuello dolorido de tanto escudriñar el firmamento, una tensión que se mezclaba con el frío calando en el rostro y que se extendía hasta los hombros. Sin embargo, el ánimo no decayó. Eero y Niko recogieron tripies y cámaras, montaron el equipo en las camionetas y reemprendimos la marcha hacia el norte bordeando el cauce del lago, con las aplicaciones “de caza” encendidas, y la vista fija en el cielo en búsqueda de algún destello. Antes de abordar los vehículos, alguien bromeó: “¿Por qué no incluyen un masajista en el equipo… mirar el cielo durante horas es un deporte de riesgo para las cervicales”.

El Raanujärvi presenta durante el invierno un espesor de hielo de entre 30 y 50 centímetros. Foto Johannes Salmela

A los treinta minutos de reanudado el camino, la silueta de una cabaña emergió de la oscuridad. En aquel refugio de madera, los guías encendieron un fogón que devolvió la vida a nuestros pies y manos. Mientras las llamas crepitaban, nos reconfortaron con té, glögi —la bebida estrella para recuperar la temperatura, que ya habíamos probado durante la caravana con los huskies— y piparkakku, galletas de jengibre y especias. Para levantar el ánimo, Viivi jugaba con dos niños que dormitaban exhaustos: “¿Quieres una galleta mágica?”, les preguntaba. Cuando el pequeño mordía la galleta, ella exclamaba simulando espanto: “Te estás volviendo azul, te estás volviendo azul” mientras les hacía cosquillas. Afuera, Eero y Niko ya se habían instalado en espera de las auroras. Dentro, Viivi conversaba con todos: había viajeros de Italia, Gran Bretaña, Francia y, por supuesto, nosotros tres de México, además de una familia de Vietnam. Al saberlo, la guía exclamó sorprendida: “Yo acabo de estar en Ciudad Ho Chi Minh”. Al escuchar el nombre del “tío Ho”, el hijo de la familia, un chiquillo de apenas seis años, comenzó a entonar con mucho sentimiento una canción infantil dedicada al líder vietnamita, y cuyo estribillo repite rítmicamente dos palabras: “Vietnam, Ho Chi Minh”. Fue un momento con un toque de surrealismo: un viejo himno revolucionario resonando entre el bosque finlandés a 35 grados bajo cero.

A los 30 minutos de reanudado el camino, la silueta de una cabaña apareció entre la oscuridad. Foto: José Antonio Gurrea C.

Esa noche nos dejó más anécdotas. Algunas para reírnos un buen rato, especialmente cuando me creí explorador ártico. Vi lo que juraría que era una montaña de nieve sólida y, con toda la confianza del mundo, puse un pie encima… sólo para descubrir que la montaña era un espejismo. Empecé a hundirme como si el suelo me estuviera succionando. En mi desesperación, mientras más pataleaba para salir, más me tragaba la nieve. Intenté hacer palanca con los codos y ¡pum!, también desaparecieron en el polvo blanco. Parecía personaje de una tira cómica luchando contra arenas movedizas. Al final, Viivi y Eero corrieron hacia mí y me rescataron entre las carcajadas de todo el grupo.

Vi lo que juraría era una montaña de nieve sólida y, con toda la confianza del mundo, puse un pie encima…

Sin embargo, otras anécdotas no causaron risa; todo lo contrario. Poco antes de la medianoche, el frío empezó a ganarnos la partida. Uno a uno, los teléfonos empezaron a morir. Pantallas que estaban al ochenta por ciento de batería se apagaban de golpe. Pero la verdadera zozobra llegó cuando un integrante de la familia sintió un bajón de energía. Ante la sospecha de una hipoglucemia necesitaba medirse el azúcar. Pero al sacar el glucómetro de su estuche la pantalla ni siquiera encendió. Lo intentamos de nuevo y el aparato sólo arrojó un código de error. Las tiras reactivas también estaban heladas. En ese instante, la inquietud se apoderó de nosotros: era de noche, estábamos en medio de la nada y nuestra herramienta de salud más crítica había fallado.

Uno a uno, los teléfonos empezaron a morir. Pantallas que estaban al 80% de batería se apagaban de golpe.

Los guías, curtidos en mil batallas árticas, reaccionaron de inmediato: “¡Mantengan la calma!”, exclamaron. Niko nos dijo que tomáramos el dispositivo y lo metiéramos directamente en la axila de uno de nosotros, bajo todas las capas térmicas, pegado a la piel. Mientras el aparato recuperaba el calor, nos hicieron frotar las tiras reactivas entre las manos. El error fue llevar el equipo en la mochila externa. En el Ártico, el equipo médico es parte del cuerpo y debe ir siempre en un bolsillo interior, pegado al torso, donde el calor mantenga vivo el voltaje de la pila. Tras diez minutos de tensión, el glucómetro volvió a la vida y dio una lectura segura. Pudimos continuar la “caza” de la aurora.

La aurora seguía sin presentarse, por lo que dejamos atrás el calor de la cabaña y las camionetas enfilaron hacia el noroeste, en busca de certezas. Muy cerca del río Tornionjoki, en la frontera natural con Suecia, nos alcanzaron la medianoche y el Año Nuevo. Allí, a escasos diez kilómetros de la línea divisoria entre los dos países, el tiempo se detuvo. El equipo de guías sacó la sidra y las luces de bengala, iluminando nuestras propias sonrisas, y la blancura de la nieve, mientras brindábamos en mitad del desierto ártico, todavía con la mirada todavía puesta en el cielo.

La aurora seguía sin presentarse por lo que dejamos atrás el calor de la cabaña y las camionetas se enfilaron hacia el noroeste, en busca de certezas. Foto: José Antonio Gurrea C.

Entre los brindis y el chisporroteo de las bengalas —nuestras propias luces del norte— las lenguas se mezclaron en el aire gélido. Alguien gritó con fuerza “Happy New Year!”, mientras que Eero y sus compañeros respondieron con un sonoro “Hyvää uutta vuotta!”. Viivi nos miró con curiosidad y nos preguntó cómo se decía esa frase en español —misma pregunta que, un día después, nos hizo un mesero rumano en Rovaniemi—. Entonces, avispados por la sidra, los tres mexicanos gritamos a voz en cuello: “¡Feliz Año Nuevo!”. Fue un instante perfecto e irrepetible: bajo la inmensidad del Ártico, unidos por un deseo compartido.

Eero, 31 años, aficionado del Manchester City y del Arsenal; le gustan bandas como Beatles, Oasis, Black Sabbath, y actualmente está aprendiendo a tocar la guitarra. “Me gustaría ir algún día a México. Lamentablemente por aquí se habla mucho de las malas noticias, pero sé que en su país también hay cosas muy buenas”, señala este joven, a quien le encantan las peliculas de Guillermo del Toro, Carlos Cuarón y Alejandro González Iñarritu.

Luego del breve brindis, retomamos el camino con la esperanza renovada, haciendo dos paradas más donde el horizonte parecía prometedor. Sin embargo, esta vez el cielo se nos negó. Las luces no quisieron bailar esa noche. Cerca de las tres de la mañana, con los pies entumecidos, el cuello dolorido, el cansancio pesando en los párpados y las manos vacías, emprendimos el regreso a Rovaniemi. No hubo destellos verdes, pero nos trajimos el fuego de la cabaña, el sabor de la sidra en la frontera, anécdotas de todos los sabores y colores, así como el eco de nuestro “Feliz Año Nuevo” flotando sobre el silencio del lago helado.

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PD Hay ocasiones en que el Ártico decide que no quiere dejarte ir. Eso precisamente nos ocurrió al final del viaje. El plan era sencillo: volar de Rovaniemi a Helsinki, el cuatro de enero, y, al día siguiente, saltar de la capital finlandesa a Ámsterdam y de ahí el cruce trasatlántico a casa. Pero una onda gélida histórica decidió lo contrario. Una alerta de la línea aérea nos avisó a las cuatro de la mañana que Schiphol, Ámsterdam, estaba cerrado, y el vuelo cancelado. Lo bueno: la aerolínea pagó dos noches de hotel y disfrutamos de Helsinki. Lo malo: la “solución” de esa misma compañía aérea para el siete de enero: una ruta que parecía un mal chiste de geografía: Helsinki-Dubái; Dubái-Barcelona; Barcelona-Ciudad de México: ¡veinticuatro mil quinientos cincuenta y siete kilómetros! Como ir de México a Beijing, China, de ida y vuelta sin escalas.

Aeropuerto de Rovaniemi, 4 de enero Foto: José Antonio Gurrea C.

Pese al absurdo, no tuvimos alternativa: pasamos de los 16 grados bajo cero de Helsinki a los 25 grados húmedos de Dubái en cuestión de horas. El cuerpo no entendía nada. Tras siete horas de vuelo, caminábamos como zombis en el caótico y gigantesco aeropuerto de Dubái, entre tiendas de lujo e instrucciones erróneas del personal. En dos ocasiones nos enviaron a salas equivocadas —la tercera fue la vencida— y nos obligaron a pasar por los controles de seguridad ¡en tres ocasiones! Qué difícil fue mantener la calma durante esas cinco largas horas de escala.

Tras siete horas de vuelo, caminábamos como zombis en el caótico y gigantesco aeropuerto de Dubái, entre tiendas de lujo e instrucciones erróneas del personal.

De Dubái a Barcelona fueron otras siete horas. La escala de hora y media en España se redujo a tragos de café amargo, estiramientos apresurados en las puertas de embarque y una revisión —¡una más!— en los controles de seguridad, Finalmente, el salto de doce horas hacia el AICM. Cuando las llantas tocaron la pista en la Ciudad de México, habían pasado treinta y dos horas de camino efectivo, contando las escalas, y más de veinticuatro mil quinientos cincuenta y siste kilometros cruzando medio planeta y tres climas distintos. Estábamos deshechos, con los tobillos hinchados y el jet lag golpeando la nuca, pero con una certeza: habíamos sobrevivido.

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Last modified: 15 marzo, 2026
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