Supongamos que a usted, feliz y talentoso profesional, lo contratan por ser uno de los mejores en su campo de trabajo. El contratante es una empresa de reconocida talla mundial. El salario es inmejorable. No lo olvide, inmejorable; incluso es conocido en todos los medios que la empresa ha hecho un esfuerzo histórico por incorporarlo. Y por último: usted se encuentra en la edad más productiva de su carrera.
Eso sí, en la compañía usted no es la única estrella, por encima de usted hay tres profesionales con una reconocidísima trayectoria, que usted respeta y de la que anhela aprender para elevar el nivel que lo trajo a formar parte de este equipo.
Usted comienza a trabajar, pero sus jefes le piden que se presente en la oficina sólo por las mañanas, usted sin embargo, y no tendría que ser de otro modo, recibe su salario íntegro. Acepta sin rechistar. Su incorporación, piensa para deslindarse de cualquier presión, debe realizarse con cuidado: nada como saber adaptarse a una gran y nueva responsabilidad.
Los otros tres empleados, los de mayor jerarquía, sí que trabajan las jornadas completas, dos de ellos porque su rendimiento es inmejorable y el tercero, quizá, porque tiene un salario más alto que el de usted (debe, sí o sí, rendir).
Sorpresivamente la empresa se deshace de una de estas tres estrellas, no quedan claras las razones, pero usted, en todo caso, no se siente en peligro alguno, es más joven y aún tiene mucho que ofrecer.
Pero un año después la compañía se deslinda de la segunda figura (sin importar que es el más talentoso profesional en ese campo), y en el mismo mes también despiden a la tercera figura.

Solo queda usted que, hasta esa fecha, ha continuado trabajando media jornada y cobrando su salario íntegro.
Usted siente que, al menos con lo que respecta a su situación, algo no encaja, que hay una gran distorsión en cuanto a lo que se espera de usted, lo que le pagan y lo que lo ponen a trabajar. Pero ante la salida de los otros tres usted siente emoción.
Usted ahora es la estrella.
No olvide que al ser una empresa de nivel mundial esta incorpora a otras figuras, pero en cuanto a antigüedad y jerarquía económica usted, sin duda, es o tendría que ser el nuevo referente.
¿Y qué pasa?
Usted naturalmente se alista para trabajar la jornada completa, incluso no le molestaría trabajar horas extra, no más salir del trabajo temprano y sentir que los resultados de la empresa son logros y fracasos de otros, ahora serán los suyos. Y esto lo atemoriza e ilusiona; este, piensa, es el peso que las figuras soportan sobre sus hombros: ser la balanza con la que se miden los resultados.
Sin embargo pasan las jornadas y la empresa sigue sin incorporarlo de tiempo completo. Es más, hay jóvenes a quienes se les paga muchísimo menos que a usted, pero que tienen más relevancia en la oficina y, es normal, se comienza a hablar de ellos y usted continúa sin puntuar en la nula o alta efectividad de la compañía.

El mundo laboral, en lugar de ordenarse, sigue distorsionándose ante sus ojos. ¿Cómo afecta su rendimiento? No ya sólo el práctico, sino el mental. Usted cobra como una estrella, trabaja como un becario, es linchado por la opinión pública y, hasta donde recuerda, era muy feliz ejerciendo su profesión.
Al ponerlo a trabajar sólo media jornada, la empresa lo borró poco a poco, y al pagarle un salario tan elevado, sus jefes terminaron por remarcar su inexistencia. Usted ahora es un fantasma en su oficina cuando, en su momento, lo trajeron por ser una estrella.
Resumiendo:
A usted lo que le pasa es que le han dicho que el futbol es un juego que dura 90 minutos, que usted es muy bueno jugándolo, que se espera que esté a la altura de lo que cobra, que ilusione a la afición, que conquiste títulos, pero con la condición de que usted sea un jugador de 60 minutos, es decir, un jugador mutilado, uno que cuando comienza el segundo tiempo no piensa en el marcador, sino que, atemorizado, prevé en qué minuto el técnico cercenará aquello con lo que usted, como profesional, puede enaltecer y subrayar su existencia: los minutos en el campo de juego.



