Mi costumbre de mirar el futbol (así: futbol, no fútbol, como lo quiere España, que ya impuso su léxico a la federación mexicana, vulnerable como es en sus ligeras convicciones) sin escuchar a quienes comentan los partidos, por lo menos de las dos televisoras privadas locales, se ha vuelto una experiencia bienhechora: mientras un buen futbolista crea una jugada prodigiosa, en las bocinas de mi casa transpira la música de Mozart, o de Bruce Springsteen, o de Tom Waits. Las atmósferas sonoras de Brian Eno, durante un denso partido entre dos escuadras, callan con fortuna a un locutor que luego cobrará una fortuna a la Coca Cola por recitar —leído o de memoria— una breve apología a la refresquera. Cuando yo escucho a Neil Young o a Vivaldi en el momento en que México sorraja un gol a Italia, me ahorro de oír el desmesurado encomio patriotero de los conductores que estarán diciendo, me imagino, que la oncena tricolor tiene pinta, cómo no, de campeona mundial. A veces, debido a la hermosa música que despiden los bafles, decido mejor apagar la televisión para concentrarme, de una buena vez, en la riqueza auditiva que por momentos extravío debido a la indebida (y permítaseme la correcta redundancia) concentración visual de un partido, que los hay, sin importancia ni trascendencia.

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Hasta en la buena radio tiene que oír el desamparado espectador comentarios diminutos y vacuos de los locutores enriquecidos por la visualidad mediática. ¿Sabía usted, por ejemplo, que el agudo crítico de futbol de Carmen Aristegui, a principios del siglo XXI, era nada menos que Luis García, no sé si con la venia de la periodista o “encajado” en su programación por unilaterales decisiones empresariales?

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Mientras el hombre ve una cosa en los partidos de futbol, las mujeres ven otra muy distinta. Una vez, durante la transmisión de un encuentro entre dos selecciones, en lugar de gritar el gol una voz femenina preguntó si los uniformes los planchaban los jugadores o si la directiva se los entregaba antes de cada juego porque, según ella, ¡el anotador del gol lo traía muy arrugado! Creo que en esa ocasión nadie contestó, aunque a mí me dio pena la visible aflicción de la meticulosa dama (aflicción no por no haber escuchado una respuesta, sino por el goleador que no vestía correctamente).

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Entrevistado en TV Azteca, el futbolista Cuauhtémoc Blanco —¡posterior gobernador de Morelos convencido de la política a causa de millones de pesos en su cuenta bancaria!, futbolista, cuaundo lo era, siempre de mal humor, esquivo, pedante, incontrolado en su fama mediática— les dijo que eran (los periodistas de esa televisora) unos crueles opinadores del balompié nacional, que por eso “a veces” los escuchaba, nomás para saber [así dijo Blanco, lo juro] “a quién van a suicidar”. ¡Dios mío! Ahora resultaba que un hombre “suicida” a otro hombre, no a sí mismo, lo que recordaba a otro emérito desilustrado, el ex presidente Luis Echeverría Álvarez, cuando dijo, en una entristecida ocasión, que un hombre se había suicidado… ¡a sí mismo!

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Durante un encuentro con los debilitados hondureños a mediados del año 2007, Cuauhtémoc Blanco dio un aparatoso codazo a uno de sus rivales, lo que le valió su expulsión del campo de juego. Luego declararía, esquivo, que no le dio un fuerte golpe porque de haberle propinado un madrazo como los que él realmente sabe dar no se habría puesto el centroamericano de pie tan rápidamente.
Puede ser.
El único problema es que Blanco no era boxeador, sino futbolista. Y entre ambos deportes, tanto en la práctica como en su explicación teórica, hay sutiles diferencias.
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“Kakafkeano”, dijo el autollamado —¿autoinmolado?— Perro y de apellido Bermúdez en una de sus catastróficas reseñas futbolísticas. “Kakafkeano”, repitió inflado de sí, seguramente orgulloso de su ingeniosa erudición (que sumaba conocimiento y albur, incisos vitales para tener enfrente suyo un micrófono público), ese locutor de la televisión supuestamente experto en deportes, como antes lo había sido de la nota roja. Pasó a cubrir el futbol de manera accidental, supliendo a un compañero ausente. Si bien ignoramos si fue remitido a esa sección por castigo o en recompensa, el hecho es que a falta de un cuadro crítico de comentaristas —más bien, en otro sentido, por ese momento crítico por el que atraviesan siempre los comentaristas—, se hizo, a su modo, “especialista” de futbol, aunque su locución fuera fatigadamente reiterativa y predecible (siempre las mismas muletillas, las mismas expresiones, las mismas frases, las mismas comicidades). La tele, y ahora los canales de la Internet, tiene una gran capacidad de erigir en ídolos a los naturalmente desidolizados.

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Los locutores de futbol de TV Azteca no saben lo que dicen, pero lo dicen pensando en que están diciendo lo que ellos creen estar diciendo. Por ejemplo, cuando ocurre un gol gritan, si el gol es formidable —que no siempre lo es, pues los hay incluso casuales—, algo así como “¡qué pedazo de gol!”; si el portero hace una atajada milagrosa —ya que hay quienes detienen un gol por afortunada casualidad—, enfatizan: “¡Qué pedazo de portero!”; o si un jugador hace un soberbio movimiento, se entusiasman: “iQué pedazo de futbolista!”, con lo cual, me imagino, usan el término “pedazo” como sinónimo de “grandioso”, “extraordinario”, “asombroso” o calificativos semejantes, si bien “pedazo” es sólo eso: trozo —fragmento, migaja, pizca— de una cosa. Por lo tanto, si dicen, o decían, “pedazo” de gol lo que en realidad están diciendo. o estaban diciendo, era que la anotación era minúscula, pequeña (una parte de un todo, pues), que es, o era, precisamente lo contrario a lo que ellos suponen están sugiriendo, o suponían estarlo sugiriendo.
En consecuencia, habría que admitir que su lenguaje, sencillamente, es diminuto (“¡vaya pedazo de lengua que poseen!”, se podría aseverar en una perfecta ironía usando sus propios artificios metafóricos), pues no usan neologismos ni ingeniosos juegos orales, sino deforman bruscamente el inmenso castellano. También los he oído decir, cuando se anota un gran gol, algo así como “¡voy que te quedó jabón!” (aunque pareciera un albur, que de hecho lo es), expresión soberbiamente anodina porque, al revés de lo que ellos quieren, o querían, decir (tal vez “¡no te manches que estás demasiado límpido!” o, quizás, “¡hazte a un lado que yo también quepo en el cuarto de baño!”), su significado es intraduciblemente vacuo e innocuo.

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