Cuando se habla de populismo pensamos en varios países y líderes, unos más icónicos, recordados o identificados que otros; por ejemplo, la Venezuela de Hugo Chávez, la Cuba de Fidel Castro (y hoy de Miguel Díaz-Canel), las Filipinas de Rodrigo Duterte, la Hungría de Viktor Orbán, los Estados Unidos de América (EUA) de Donald Trump y el México de Andrés Manuel López Obrador.
Hablar de populismo no sólo es muy interesante desde el punto de vista de la praxis, sino desde el académico. Hasta ahora no se ha generado un consenso en torno a su definición. Hay quienes dicen que es un movimiento, otras personas aseguran que es una estrategia política y, claro, hay también comentarios que aseveran que es hasta una ideología. No obstante, hay un mayor consenso entre politólogos de que el populismo es una forma de hacer política que crea una oposición entre “el pueblo” y la “élite”.
El populismo entiende al pueblo como esa entidad homogénea en la sociedad que presenta una voluntad e interés comunes. Por ello, en el populismo se utilizan frases que generalizan (sin dejar lugar a disidencias y otras realidades) el interés, las intenciones y los objetivos de las personas, es decir, de ese “pueblo” identificado. El resultado es, entonces, una confrontación entre un grupo de la sociedad y el otro, iniciada por el líder populista, y que se mantiene a través de una narrativa poderosa y convincente –al menos para algunas personas– de que la realidad es la que él pinta en sus discursos.
Para nosotros, fue muy evidente el populismo de derecha de Trump y cómo afectó doméstica e internacionalmente a EUA. En el primer escenario ensanchó las fracturas sociales, muchas de ellas envueltas en un racismo histórico del país. En el segundo, mermó severamente la confianza de los Estados en el mundo cuando el mandatario limitó la cooperación internacional, traicionó los acuerdos impostergables de la gobernanza global y se enfocó sólo en su país, cuan gobierno ermitaño que ignora que la globalización moderna es un fenómeno que ha involucrado a todo el mundo desde hace décadas.
El populismo presta especial atención a lo que “el pueblo quiere” y oficialmente se evoca a conseguirlo. Esto puede ser preocupante cuando lo que “el pueblo quiere”, sea por convicción o por influencia de una narrativa del líder populista, está en contra del marco legal. Un ejemplo de esta situación es la más reciente declaración que Trump ha señalado en torno al futuro de los participantes del asalto al Capitolio del pasado 6 de enero de 2021.
Luego de haberles sugerido a sus seguidores en un rally que debían “proteger la democracia” al impedir que el Colegio Electoral certificara el recuento de votos en favor del candidato vencedor de las elecciones presidenciales de 2020, cientos de trumpistas irrumpieron en el Capitolio, creando caos, causando destrozos e hiriendo a varias personas. Al paso del tiempo, muchos individuos fueron detenidos en lo que se consideró un ataque severo a los procesos e instituciones democráticos del país.
No obstante, hace unos días Trump apuntó que de ganar las elecciones presidenciales siguientes levantaría los cargos de las personas acusadas en el movimiento de las protestas electorales del 6 de enero del año pasado. Lo anterior es muy grave porque, si bien puede utilizar una narrativa poderosa que convenza a mucha gente de que es correcta esa decisión, de que la democracia fue alterada y de que estaría realizando lo que “el pueblo quiere”; en realidad lo que estaría haciendo es un ataque, una desestimación y una burla a las leyes e instituciones democráticas y de justicia del país.
Sería un mensaje de Trump a sus seguidores enfatizando que lo que sea que realicen podrá ser aceptado y justificado con tal de que su movimiento continúe y él esté en el poder, sin importar la ley, las instituciones de justicia y la democracia como tal. No hay que echar en saco roto esta situación que provoca el populismo. Sin importar que sea de derecha o izquierda, el populismo es un peligro para la democracia.



