1
Una querida persona me escribe una breve misiva: “Cierto, la crítica de la oposición es burda, maniquea, con una gran dosis de clasismo. Sin embargo, del otro lado, tampoco veo una transformación (el sistema neoliberal se encuentra intocado; los Slim y cía siguen siendo los apapachados del régimen), ni propuestas de avanzada (por el contrario, y sólo como ejemplo, terminar con las escuelas de tiempo completo es un verdadero madrazo a las familias más pobres), ni un presidente de izquierda que, bajo esa óptica, priorice los grandes asuntos que urgen al país (de entrada, tener en el gabinete a Bartlett deslegitima su presunta lucha contra la corrupción). ¿O acaso es una prioridad para la nación obsesionarse con lo que gana un lector de noticias? ¿O es de suma importancia para el país construir un aeropuerto, que no es ni un desastre ni una central avionera, como frasea la oposición simplista y discriminadora, pero tampoco la mayúscula obra del siglo que va a resolver el problema de saturación del viejo aeropuerto, como dicen los apologistas del sistema. ¿Y qué decir de la cuestionable, a todas luces, militarización del país? ¿De la guerra sucia al interior del gabinete, que destila mierda por todos lados? ¿O de la grotesca polarización, sin argumentos, sin análisis, alimentada todos los días desde las redes sociales tanto por las granjas de bots del obradorismo como de la oposición? Ambas posturas, igual de toscas, de burdas”.
Le digo que mi intención es mostrar la ira desatada de la contra obradorista, nunca antes visualizada en ningún sexenio anterior. Sí, había críticas, que más parecían humorismo grandilocuente, por ciertas ajenidades vergonzosas (como la ignorancia de Peña Nieto al no saber cuánto costaba entonces el kilo de tortillas o el de no saber hilar correctamente sus lecturas, si acaso las tenía) que a veces, incluso, acababan por ser envueltas, ja ja ja, en comicidades alharaquientas, ja ja ja, que finalizaban en scketches de series, por ejemplo, de Eugenio Derbez, como en efecto terminara el sexenio de Fox con Marta (sin h) Sahagún como “estrella”, ja ja ja, del Canal de las Estrellas.
Ciertamente, no estaban las redes sociales merodeando en las nubes cercanas de la corporeidad, arribita de nuestras cabezas, como ahora lo están tan próximas a nosotros que a veces invaden, sin querer o absolutamente queriendo, la intimidad de cada persona.
Porque, expreso a esta querida persona, no estoy haciendo un análisis de la gestión política sino exhibiendo, o trato de exhibir, la iracundia de los detractores, no vista jamás antes en el país.
“Me hablas de Bartlett y de la desaparición de las escuelas de tiempo completo o de la inauguración del aeropuerto que no va a venir, me dices, a resolver el problema de saturación del viejo aeropuerto —respondo a esta querida persona—. Esas son acciones políticas, de las cuales no hablo. Sino de las reacciones (embravecidas) a partir de las (incompetentes) acciones. Son dos cosas distintas. Yo me estoy centrando en el asunto inédito de la ira ante la opinión de un presidente sobre distintos hechos, como no había ocurrido en el pasado. Aún se recuerda, ja ja ja, cómo respondió Fox frente a una cuestión mediática que él no resolvía:
“—¿Y yo por qué?
“Contestó, ja ja ja, Fox para disuadir al periodista que lo interrogaba sobre el caso. Porque ningún presidente tenía la obligación de contestar ninguna querella relacionada con su mandato. Y ahora que el morenista da sus puntos de vista, sus respuestas son convertidas en afrentas, ataques, calumnias, incapacidades, proselitismo, persecuciones, estolideces, extravíos, zafiedades, descortesías, simulaciones, totalitarismos. Sólo estoy anotando estas inusuales diatribas”.
Dice estar de acuerdo con la calamidad inoperante de esta fiera oposición.
Y nos despedimos afectuosamente.

2
Ahí está ese otro caso del parlamento europeo que ha causado tirria en los miles de opositores del gobierno morenista. La respuesta de López Obrador levantó azoro por la “insolencia” de su contestación:
—¿Dónde está la diplomacia, la buena educación, la cortesía política? En la respuesta mexicana sólo se vislumbra la majadería, la egolatría, la ideología del dictadorzuelo —me dice no una persona, sino cuatro, once, veintidós, todas ellas enfadadas con el gobierno de López Obrador.
El parlamento europeo, acaso desinformado coyunturalmente del asunto, culpa a la administración morenista de los recientes asesinatos de periodistas sin mirar, o no querer mirar, que este problema, para nuestra desgracia, sigue sumando años sin resolverse desde el principio del siglo XXI (¡con Felipe Calderón la cifra se elevó a más de cien muertos!). El presidente apuntó, al enterarse de la “recomendación” europea, que dichos legisladores poseían “una mentalidad colonialista”; asimismo, criticó que “antes cualquiera ninguneaba a las autoridades mexicanas”. Y la afirmación obradoriana era cierta: “Para la próxima, infórmense y lean bien las resoluciones que les presentan antes de emitir su voto. Y no olviden que ya no somos colonia de nadie”, precisó el presidente López Obrador en el comunicado emitido por el gobierno de México durante la noche del pasado jueves 10 de marzo.
Pero lo que caló más hondo en la oposición es este párrafo oficial: “Es lamentable que se sumen como borregos a la estrategia reaccionaria y golpista del grupo corrupto que se opone a la Cuarta Transformación, impulsada por millones de mexicanos para enfrentar la monstruosa desigualdad y la violencia heredada por la política económica neoliberal que durante 36 años se impuso en nuestro país”.
Escandalizó que López Obrador acotara a los parlamentarios europeos que no se sumaran “como borregos a la estrategia reaccionaria y golpista del grupo corrupto” que se opone a su gobierno. ¿Dónde están la buena educación diplomática o la cortesía política por años practicada por la clase burocrática mexicana?
¡Cómo pasa el tiempo!
Atrás se han quedado los días de la mirada bravucona de un, digamos, Carlos Marín que le exigía a Peña Nieto evitar la buena educación diplomática para injuriar a Donald Trump por haber tratado de criminales a los mexicanos. Y aún más, ja ja ja, ahí está lo de Fox, ja ja ja, del comes y te vas a Fidel Castro que, ja ja ja, liberó cualquier estrago diplomático, ja ja ja, para poder sobrellevar un posible conflicto político. Incluso Guillermo “El Caudillo del Son” Zapata grabó en 2005 su magnífico álbum “Comes y te vas”. ¿A quién, por Dios, le importaba entonces la buena educación diplomática?

3
El pasado 4 de febrero, en Tlaxcala, López Obrador sorprendió al mundillo informativo cuando declaró que Carmen Aristegui había engañado “durante mucho tiempo; conocí gente que veía en Carmen Aristegui al modelo de comunicación a seguir… ¡la paladina de la libertad! A la hora de las definiciones se fue… o así pensaba siempre, pero simulaba. ¡Está a favor del bloque conservador!”
¡Nadie se lo hubiera imaginado! Incluso fue gracias a López Obrador que Aristegui retornó al sistema radiofónico —no exclusivo de las plataformas— debido a una sugerencia obradoriana, pero ahora el presidente reculaba, y ya se sabe que las opiniones de un presidente no se acostumbraban en el orbe político, de manera que su declaración, de inmediato, fue percibida como un ataque, o una calumnia, ofendiendo a la oposición que continuó afirmando que el “dictador dictaba” ahora su sentencia contra Aristegui sencillamente porque no concordaba con su gestión presidencial: quien no está conmigo, está contra mí. Esa fue la pronta y rabiosa respuesta de la numerosa oposición.
El 7 de febrero, el presidente volvió a decir: “Ahora que se generó esta polémica porque ejercí mi derecho de réplica señalando que Carmen Aristegui mantiene, con sutileza, la misma máxima del hampa del periodismo: la calumnia cuando no mancha, tizna; en su reportaje sobre la renta de la casa de Houston de José Ramón [López Beltrán] y su esposa llegó a decir [Aristegui] que era el equivalente de la Casa Blanca… y ya tiene tiempo que tiene [el tiene seguido de otro tiene es una costumbre obradorista en su parla cotidiana entremezclada con numerosos “este”] esa actitud: simularon por años; pero ahora ya no es tiempo para simular… la neutralidad no aplica en un proceso de transformación”.
Luego enfatizó una verdad por años silenciada, sobre todo por la premisa prensa vendida que hacía guardar silencio a los presidentes porque la prensa hablaba por ellos: “¡Cómo quedarnos callados cuando se calumnia! ¿Por qué me voy a quedar callado? ¿No soy libre? ¿Aceptaré que mientan, calumnien y dañen el proyecto de transformación?”
Carmen Aristegui, por supuesto, no se quedó tampoco callada: ese mismo 4 de febrero, señaló: “Se ha referido a mí, otra vez, de manera muy agresiva. No parece percatarse el presidente de la República que es eso: ¡el presidente de la República! No parece percatarse que detenta un poder enorme y que sus agresiones, porque eso son, y sus dichos pretenden denostar la trayectoria, la credibilidad y el prestigio periodístico, elementos que son fundamentales, por lo menos para una periodista como yo. Al final de cuentas, los periodistas tenemos como principalísimo activo pues eso: la credibilidad… lo que la gente, el público y lo que las personas que, amablemente, siguen nuestros programas y nuestra tarea periodística tengan en relación a nuestro ejercicio”.
Dos incisos importantes rescato de esta aseveración: cuando Carmen Aristegui dice que pareciera no “percatarse el presidente de la República que es eso: ¡el presidente de la República!”, por tanto entiendo que, siendo el mandatario, debe aguantarse todo lo que se diga de él tal como lo han hecho sus predecesores, que callaban disciplinadamente por ser eso precisamente: presidentes de la República. Carmen Aristegui lo vivió en carne propia: Peña Nieto calló, sólo negoció en silencio su despido (el de ella, obviamente nunca el de él) y los arreglos de su liquidación económica.
Y el otro inciso que me salta es el siguiente: “No parece percatarse [el presidente] que detenta un poder enorme”, pero, vamos, y Carmen Aristegui lo sabe muy bien, el periodista, sobre todo el de fama (como lo tiene ella) también detenta un poder enorme, con la diferencia de que el periodista, a diferencia de un presidente, no se queda callado.
Todavía más, Aristegui continuó ejerciendo su libertad expresiva: “Otro tema es que el presidente de un país, en este caso el de México, decida usar los recursos públicos como el Palacio Nacional y su propio tiempo para agredir como lo hace, en este caso, a mi persona; no puedo considerar de otra manera el asunto más que como una agresión directamente del presidente de la República a mi persona [casualmente, tal cual también así lo interpela Loret de Mola]. Me queda clarísimo que el presidente dice cosas que tienen un sólo propósito: dañar… dañar en lo que es más importante para una periodista: la reputación, la trayectoria periodística, la credibilidad… es un asunto que debemos tomar conciencia de lo que significa”.
Por eso, un presidente debe guardar silencio ante las críticas: ¿acaso no sabía lo que le esperaba al contender por la silla presidencial? En México, por lo menos en México, “el ejercicio del poder requiere miradas críticas y requiere ejercicios que no resultan simpáticos al poder, eso es parte de la naturaleza democrática”, según Aristegui, sin precisar la clase de críticos que luego a veces tiene un país (¡más de medio millar de académicos respaldando con su firma los cochupos de un académico corrupto!)… Y Aristegui, en su discurso bien elaborado, lo afirma: “El trabajo de los periodistas es una cosa importante en las democracias: puede resultar odioso, antipático, incómodo o lo que usted quiera; pero a final de cuentas los periodistas tenemos una tarea que hacer y ahí se involucran varias cosas: la información, los ejercicios de debate de los sistemas de interés público y la crítica que es un ingrediente básico en las democracias”.
Lo mismo que afirman Loret de Mola, o afirmaría numerosa gente como Brozo, Pamela Cerdeira, Joaquín López-Dóriga, Daniel Moreno, Javier Alatorre, Adela Micha, Ana Paula Ordorica, Sergio Aguayo Quezada, Chumel Torres, Gerardo Lezama, Raymundo Riva Palacio, Julio Hernández López, Francisco Paoli Bolio, Leo Zuckermann o María Amparo Casar.
Y nadie se opondría a la luminosa declaración.

4
Hace ya cuatro décadas, en 1981, el presidente José López Portillo hizo “célebres” su llanto y su frase “defenderé el peso como un perro” en el momento en que se caía el precio del petróleo impidiéndole, al mandatario, administrar la “abundancia” no en bien del pueblo sino, sólo, administrándola para sí y sus allegados. Mucho se habló del caso, incluso con cierta sorna (si Fox lo hubiera dicho, ja ja ja, la ciudadanía, ja ja ja, lo habría tomado como uno más de sus graciosos chascarrillos, como aquella referencia a la mujer, ja ja ja, de lavadora con dos patas, ja ja ja, o de aquello, ja ja ja, de chiquillos y chiquillas, ja ja ja, o lo de Mariquita sin calzones, ja ja ja), pero no hizo desfallecer a la oposición, como lo hiciera López Obrador cuando recordó, con un nudo en la garganta, cómo Lourdes Galaz y Carmen Lira lo ayudaron a proteger a su familia. Claro, alguien me dirá que entonces era inexistente la Internet (sin redes sociales, la noticia no se dimensionaba), razón por la cual los enojos y los improperios no se englobaban, pero, a diferencia de aquel llanto el de López Obrador fue tomado de ridículo, no faltaron los que lo calificaron de chillón dramático: si Héctor Aguilar Camín lo tildó de “pendejo”, no escasearon los que lo llamaron poco hombre con insania desmedida.
Porque vivimos otros tiempos.

5
Antes se podía hablar de izquierdistas y derechistas, aunque no lo fueran, hoy un izquierdista puede ser un derechista o al revés, de manera que las vestimentas ideológicas actuales lucen atuendos sorprendentemente indefinidos: hoy es derechista el que hace unos minutos era, o se pretendía, izquierdista y el derechista se transforma en izquierdista apenas se afilia a un nuevo partido político.
Estas nominaciones van siendo cada vez más dóciles, o flexibles: ¡Jacobo Zabludovsky (1928-2015), de ser un informante del gobierno priista, pasó a ser un connotado izquierdista poco antes de morir! ¡Ahora hay gente creyendo que Pedro Ferriz de Con es un izquierdista cuando su padre, Pedro Ferriz Santa Cruz (1921-2013) en realidad lo era aparentando caminar sobre la derecha! ¡No tengo ninguna duda de que numerosas personas consideran izquierdista a Loret de Mola! ¡Manuel Bartlett, responsable de la “caída del sistema electoral” para fraguar el triunfo priista en 1988 es ahora un izquierdista moderado en el gabinete morenista!
Las redes sociales, es cierto, han modificado varias cosas transformando, a veces milagrosamente, en cobre lo que antes era oro o al revés. Antes los periodistas, o los que se decían periodistas, tenían el —o se asumían con el— derecho de criticar, aunque se confundieran o equivocaran, a la figura política, pero ellos —los periodistas— jamás podían ser rozados ni con el pétalo de una rosa. Por eso ahora, en estos momentos en que se encuentran con un presidente “respondón”, transgreden su propio oráculo al afirmar ser ahora ellos los criticados, señal de una polarización dictatorial… ¡porque las cosas no deben ser contrarias a lo comúnmente establecido!
Es complejo el asunto.
Acaso por eso en la divertida serie televisiva Harina, protagonizada por el actor mexicano Guillermo Villegas, un veterano policía corrupto dice al teniente Edson Prieto las alegóricas, e indestructibles, palabras que se convierten en una ambigua sabiduría: “A veces no hacer nada es hacer todo”, que lo mismo puede traducirse en el oficio periodístico (¡hay lectores —o comentadores— de noticias más famosos que los propios hacedores de reportajes!) que en la profesión política (demagogos que pasan por revolucionarios, oportunistas disfrazados de cumplidores veraces, charlatanes de traje y corbata). A veces no hacer nada, en política o en el periodismo, efectivamente es hacer todo.


6
El Centro Nacional de las Artes fue inaugurado en los inicios del periodo zedillista si bien la obra se debió a Salinas de Gortari como colofón a su Consejo Nacional para la Cultura y las Artes para congraciarse con el mundillo intelectual, que agradeció la creación sirviéndose con la cuchara grande durante tres décadas premiándose a sí mismo, becándose, viajando al extranjero, difundiéndose animadamente en sus propios cotos revestidos de suplementos o revistas culturales, reino que el salinato les obsequiara con el colmillo afilado porque bien sabía el mandatario que con dicha institución, aun sin base jurídica, prácticamente silenciaba a la cúpula cultural, tal como así sucediera, en los años neoliberales priistas y panistas. Y aunque hubo un poco de escandalera periodística por la sumisión intelectual, ningún presidente salió a opinar algo porque, sencillamente, era un mandato suyo… y se acabó. El Conaculta, dieciséis años después, en la administración peñanietista, fue convertido, por fin, en Secretaría de Cultura para continuar beneficiando a la cúpula cultural, al grado de no saber, a partir de 2019, quién es Víctor Roura en esa dependencia porque los únicos nombres que sabía el joven de Comunicación Social pertenecían al estrato de la cúpula que ahora él, orgullosamente, representaba. Ni hablar, las imposiciones educativas a veces contrarían los conocimientos plurales.
La [Mega] Biblioteca José Vasconcelos en Buenavista y la Estela de Luz en la Avenida Reforma, en su suntuosa inutilidad, son las aportaciones panistas cuyos mandatarios impusieron sin necesidad de dar ninguna explicación: son presidentes para un periodo sexenal en el cual pueden hacer lo que les venga en gana porque para eso fueron ungidos [adheridos] con el máximo poder nacional. Por eso la sarta ofensiva por la inauguración del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, al cual sólo es posible llegar, según una aguda periodista, mediante una aparatosa resortera; un aeropuerto que es un lujoso “provincianismo” semejante a una convencional terminal camionera, etcétera. “Si el presidente lo quiso hacer, lo hubiera hecho sin tanta alharaca”, me dijo un conocido, “luego vienen las justificaciones del morenista acerca de la corrupción del pasado y de los calumniadores de su transformación que ya chole”. Hubiera hecho el aeropuerto y punto, me subraya, “porque es el presidente, no tiene que estar hablando sobre su supuesta honradez”.
—Porque lo que a muchos molesta es su choro —me instruye mi conocido.
—¡Ah! —respondo ante su benemérita conclusión.

7
La tradición ha instado a los presidentes a trabajar en silencio con la ineludible obligación de dar un Informe anual sobre sus quehaceres. Si hay un disgusto social, calladitos se ven más bonitos: su reinado sólo dura seis años. Y si un presidente emite sus opiniones, ¡ay!, las costumbres se hacen añicos. Parodiando al sabio José Alfredo: “Los discursos apartan a los ciudadanos, las opiniones destruyen las costumbres”.
8
El pasado martes 29 de marzo Ackermann invitó a su programa De todos modos John te llamas, que transmite semanalmente Canal Once,a Carlos Marín —cosa que él nunca habría hecho en sentido inverso— únicamente para que este periodista se soltara a hablar solo y a imponer sus opiniones (“Carlos Monsiváis es el mejor cronista de México”, los que están del lado de López Obrador “no saben nada del universo”, el periodismo “es un problema de nalgas”, agradeció el trabajo “periodístico” de Loret de Mola y de Joaquín López-Dóriga, dijo que las madres de quienes lo critican seguramente no saben nada de periodismo, le subrayó a John Ackerman que era —Ackerman, no Marín— un periodista “ideológico”, reiteró que todos los mexicanos debiéramos pedirle perdón a Jesús Murillo Karam por no creer en su “verdad histórica”, llamó patrañoso y mentiroso al mandatario morenista y al final del programa dijo que Canal Once lo estaba censurando porque el tiempo ya se le había acabado) sin debatir uno solo de los cuestionamientos, bien planteados, de John Ackerman, quien no tuvo más remedio que escuchar la perorata de su invitado, cuya lección, o moraleja, desprendible o disponible es una, indiscutible e irrebasable, con sus variantes secuenciales: el buen periodista siempre tiene la razón, el político juzgado no; el buen periodista no debe admitir ninguneos ante su investigación, el político señalado por lo tanto es un mitómano; el buen periodista nunca calumnia, el político al sentirse ofendido por las revelaciones periodísticas —porque un político jamás va a aceptar sus yerros… a menos que sea tan inteligente como, por ejemplo, Salinas de Gortari— convierte en automático las críticas en calumnia; el buen periodista siempre debe negar sus posibles actos corruptos, el político innegablemente insta a la corrupción. Carlos Marín, en la hora que duró el programa de Ackerman, exhibió su beligerancia periodística, de la cual, quiero creer, se siente sumamente orgulloso. Y todos pudimos mirar, absortos, cómo el debate se diluye en la beligerancia para metamorfosearse en arbitrio verídico.
Complejidades, sin duda, de la soberana pluralidad.

9
La destreza burocrática vive una ruta bonancible en sus vestiduras físicas: la corrupción aún se mantiene invicta, acaso intacta, bajo otras coyunturas, bajo otros lineamientos, bajo otras conceptualizaciones, y nada mejor para reforzar esta nueva inventiva que la señora Carmen de las tlayudas en el aeropuerto Felipe Ángeles: si se supone que nada le cobraron las autoridades (¿qué autoridades?) por colocar su mercado informal en los pasillos de la instalación, entonces por lógica cualquier ambulante tiene el derecho de situarse donde más le convenga sin temor a ser desalojado, lo que resultará, a la larga, un problema de indiscriminación democrática porque el pensamiento se vislumbra natural: si una persona puede, entonces todos, todas y todes pueden hacerlo sin temor a ser levantados. Si Carmen ya hasta llegó, con apoyo de la Secretaría de Cultura, a Los Pinos a vender sus tlayudas, Miguel, Eufrasio, Clotilde, Marina, Lalo, Graciela, Petra, Fedro o Marilú podrán ir mañana mismo al Aeropuerto Felipe Ángeles a vender su mercancía sin miedo a ser altaneramente alzados (como sigue sucediendo en el Centro Histórico de la Ciudad de México) o a ser requeridos con alguna limosna que les otorgaría el derecho a piso, porque si una persona pudo hacerlo, ¿por qué otras no?
El ambulantaje no será nunca más motivo de soborno, ¿pero entonces cómo quedará el locatario de un mercado que, a diferencia del ambulante, sí paga impuestos y finiquita adeudos con Hacienda y con las alcaldías? ¿No hay ahí acaso una soterrada, o abierta, discriminación en el uso de los espacios de mercado?
Alguien me ha preguntado si de veras me creo eso de que la señora Carmen no aportó un solo quinto para vender su comida en el nuevo aeropuerto.
Y yo lo dudo, conociendo las ventajas de las acciones corruptoras. Porque dar entrada a una persona sin ninguna especie de trámite, significa dar entrada a miles de personas más… a menos que a unas se las discrimine y a otras no.
Vaya laberintos de la transparencia.
AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA, PARA LA LUPA.MX
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