Autoría de 3:42 pm #Opinión, Víctor Roura - Oficio bonito • One Comment

Las complejidades o ambigüedades del rigor plural – Víctor Roura

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Ahora resulta que uno es obradorista cuando quiere discutir la falta de rigor periodístico en la crítica opositora, tal como lo señalé en mi columna anterior donde obtuve respuestas, difusas e inesperadas aunque predecibles, que apuntan a un fragoroso deseo mío, acaso reprimido  mas anhelante, cuyo objetivo distractor radicaría en esencia en el cese fulminante de los conductores del programa Primer Plano de Canal Once sencillamente por ser, éstos, opositores del gobierno morenista. Y me sorprende, cómo no, la baratura de la lectura —y la rima ha salido involuntaria— al desviar, no sé si de manera intencionada, el sentido real de mi exposición, consistente en cuestionarme hasta dónde llega la buena voluntad de la pluralidad —otra rima filtrada— cuando ésta es legítima, o garante de la libertad no coercitiva, porque en efecto abrir los cauces de la palabra produce no sólo solvencia expresiva en la cauda razonada sino, asimismo, aprovechamiento coyuntural en el oportunismo de la opinión sin argumentos.

      Y lo digo con base incluso en mi propia experiencia cuando me he encontrado a enemigos (sí: enemigos) contrariados que, seguros de sí, creen que el editor, como yo lo he sido, aprueba —o ejerce su mandato cuando publica— un texto que no lleva su firma (la del editor) sino la de una persona que sabe escribir o la de alguien que sabe dar cohesión a su pensamiento, pues el león cree —o está seguro de— que todos son —o están hechos— de su misma condición… ¡ay, y no se diga si la jauría está concentrada en la misma ruta de la comunicación! Pues la creencia generalizada supone que un editor sólo aprueba, o publica, lo que conviene a sus intereses o a los intereses de los suyos. Desplegar escrituras de gente que no coincide con sus opiniones o no pertenece a sus corrillos es, para estos editores, una impertinente  salvajada, impronunciable en los pasillos de la industria mediática.

      Y todo esto es precisamente lo contrario a la dignísima pluralidad.

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Una vez, por ejemplo, un amigo periodista espetaba a una ex funcionaria universitaria mientras nos tomábamos un café con la condición de que yo me retirase cuando se aproximara la autoridad académica que no me quería ver ni en pintura, cosa que constaté a su llegada porque no me miró ni me saludó extendiéndole, sólo, la mano a mi amigo periodista, que la recibió calurosamente. Tal como habíamos acordado, pasaba yo a retirarme cuando mi amigo, sorpresivamente, le dijo a la famosa académica si no iba, por lo menos, a despedirse de mí, levantando —la autoridad universitaria— la mano para indicar, con ello, adiós o algo semejante.

      —No entiendo su rencor —le dije.

      Y volteó a verme, con inusitada ira.

      —Ahora vienes a hacerte el inocente cuando por años en El Financiero te la pasaste hablando mal de mi gestión al frente de la radio —me dijo sin mirarme.

      Supe, entonces, dónde radicaba la ira de la respetable señora.

      Y reviré, antes de partir:

      —Estoy cierto de que usted nunca ha leído un texto mío sobre su quehacer laboral, sino de otras personas que escribían acerca de los medios públicos —después de lo cual volteó a mirarme por vez primera, mas yo me seguí de largo—: apuesto a que usted, como directora de la radio, transmitió tal vez mensajes que no eran del todo de su aprecio, pero como directora respetaba usted la libertad de expresión a alguna gente que sabía argumentar sus decires. Igual yo, como editor. Jamás escribí nada en contra suya, pero seguramente alguien sí lo hizo en los espacios que yo administraba, como usted lo permitió en la estación radiofónica que dirigía…

      En efecto, me dijo que no había leído nada mío desfavoreciéndola, pero sí a detractores de su función pública en las páginas que yo coordinaba. Y se detuvo un momento para reflexionar sobre nuestra breve plática, y de ahí nos extendimos no sé cuánto tiempo más hablando de los laberintos de la comunicación. Y me despedí de ella con un abrazo afectuoso.

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Y no sólo me ha ocurrido una vez este tipo de desencuentros finalmente encontrados, sino varias veces en mi vida periodística. En cierta ocasión un reportero se encargó de hacer una investigación sobre los intelectuales que prestaban su nombre, a cambio de un monumental emolumento, a empresas comerciales, ya bancarias, refresqueras, de alcohol, de la moda e incluso médicas… ¡asegurando que un novelista prestaba sus ojos para modelar lentes! El reportaje, luego de verificar las certidumbres de las aseveraciones, se publicó en las páginas de El Financiero causando estupor en el medio escritural, mas lo que yo nunca supe fue la tirria que un intelectual me tomó por haber aprobado aquel reporte porque se dijo mancillado al haberlo “confundido” con otro modelo, ¡pero jamás lo aclaró ni envió una réplica que, por supuesto, yo hubiera publicado al instante! Sino sólo fue guardando el odio hasta el final de mi gestión en ese periódico donde en los comentarios, en el día de mi partida, apuntó que por fin se retiraba Víctor Roura de ese diario aparentando (yo, no el diario) ser lo que no era, además de otras escabrosas fisuras que yo ignoraba de mí mismo. Nunca entendí el rencor, tratándose del intelectual que es.

      Sin embargo la escritura, efectivamente, oculta la propia condición humana a veces de manera hasta elegante.

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Porque el rostro sereno de la intelectualidad, muchas veces, es uno muy distinto a la verdadera sensibilidad del que la porta: decir y hacer son asuntos en ocasiones distantes, y contrariados, de la cultivada personalidad del que ejerce el pensamiento como modo de vida.

      Porque, por increíble que parezca, hay intelectuales que no son inteligentes o que apenas les cabe un poco la inteligencia, como hay escritores que no saben escribir, o diseñadores que no saben diseñar, o reporteros que no reportan, o editores que censuran en lugar de saber editar. Por eso preguntaba a Jenaro Villamil acerca de qué hacer cuando ciertos colaboradores se apropian inmerecidamente de los espacios que no son suyos, como los inquilinos que a veces se apropian de los departamentos que no son suyos, qué hacer cuando uno se percata de que los que se dicen críticos en realidad no lo son porque no saben, o no pueden, o no quieren argumentar sus opiniones, cuando siempre han vivido de esta opresión simuladamente, o aparentemente, crítica, cuán difícil es ahora decirles a estos supuestos críticos que en realidad no lo son, que siempre habían pasado por serlo pero que ahora han exhibido sus carencias argumentativas debido a las circunstancias políticas inusuales de estos tiempos desenfadados en los que, por vez primera, un presidente de la República se ha atrevido a hablar y a denostarlos, a retarlos y encararlos, a replicarles y a no dorarles la pildorita, en sus ánimos de febrilidad conservadora. Y cuando uno se percata de estas ligerezas de los supuestos críticos del sistema resulta que es uno un “obradorista”, dicho en sentido peyorativo como jamás se había regulado en el pasado cuando la intelectualidad, o la academia, servía a los partidos en el poder asegurándose, por supuesto, sus privilegios financieros.

      Nadie, por ejemplo, alzó la voz en su momento para deturpar a un Fernando Benítez o a un José Carreño Carlón cuando ambos dirigieron el periódico priista El Nacional protegiendo las espaldas a la clase política en el poder en turno, ni nadie nunca alzó la voz para notificar el periodismo alicaído y parcializado que se practicaba en Notimex ejerciendo sus sindicalistas tibios o acaso justificados contubernios con las asociaciones corrompidas en su interior.

      Pero hoy tanto periodistas de la talla de un Astillero como en congresos universitarios se ensalza la figura del viejo sindicalismo que se niega a morir con el aval incluso de un abanderamiento supuestamente progresista.

      Yo sólo me pregunto por qué pasan estas cosas, por qué la pluralidad permite, o se sujeta a, la libertad expresiva de quien no sabe expresarse.

Julio Astillero

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El pasado jueves 8 de diciembre, en un ejemplo que calcina a los opiniólogos, durante su mañanera López Obrador dijo que aquellos que pretenden alcanzar el poder quieren quedar siempre bien no sólo con los dueños de los medios sino también con los intelectuales “alcahuetes”, premisa que enfada demasiado a ciertos analistas de la política aduciendo que el morenista se dedica a insultar o a calumniar, o las dos cosas juntas, a determinadas personas de la sociedad negando, así, la posibilidad expresiva, insólita por lo demás, de un mandatario que se ha atrevido a decir, bien o mal, lo que piensa.

      Y yo me pregunto, y pregunto a la vez a Jenaro Villamil, hasta dónde entonces puede la pluralidad dar cabida a los sonsonetes no argumentados, a la ira irracional, al enojo sin distingos, al desenmascaramiento de una crítica que siempre había pasado, ¡vaya complejidad!, por fincar pluralismo.

      Sin embargo, al no leer con atención mi columna anterior, alguna gente supuso que lo que yo quería era proponer el despido del plantel general de Primer Plano para suplirlo por otro a todas luces gobiernista. Me asombra el asombro de esta gente que lee otra cosa de lo que uno escribe, incluso amonestándome al suponerme obradorista queriendo imponer, yo, un solo punto de vista, tal como lo hace, me dicen, el “dictador” que gobierna ahora este país. Una persona literalmente me pregunta: “¿Acaso quieres imponer la línea del pensamiento único en los medios públicos?” Porque me advierten, como si yo no estuviera enterado, que los medios públicos no son del gobierno en turno sino de la gente que aporta su dinero para sostener al funcionariato que nos rige. Alguien más me acusa de ser, yo, un “feroz propagandista” de la administración morenista: “¿Dónde está el periodista defensor de la pluralidad y de la libertad de expresión?”, me pregunta un lector. Pues, respondo, aquí mismo, escribiendo lo que siempre he escrito, sorprendiéndome de los que hablan con supuestos, atenidos a los decires insensatos, criticando con agudeza lo que no pueden reforzar con argumentos, opositores de la idea mal concebida de la oposición. Pues, evidentemente, no todos son, ni tienen por qué serlo, como yo soy, pero tanto yo como los que no están de acuerdo conmigo tendremos nuestras razones para ser como somos explicándolas —las razones—, no sólo exponiéndolas o suponiéndolas sin argumentarlas con algo de intelecto. Por eso preguntaba a Jenaro Villamil qué hacer en estos casos donde la pluralidad se muestra generosa al no regirse con rigor periodístico.

      ¿Por qué ver otras cosas donde no las hay?

Jenaro Villamil

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En mi columna del pasado lunes 5 de diciembre, me parece, algunos lectores supusieron algo que yo nunca dije porque, sustancialmente, yo no quiero que se despida al cuadro de Primer Plano sino sólo pregunto a Jenaro Villamil si ahora la televisora pública permite una andanada de calumnias e iras en lugar de reflexión con argumentos, pues lo que yo miro y escucho son supuestos e iracundias no fundamentadas. Ojalá uno de estos supuestos críticos del sistema me ayudara a cavilar sobre los sucesos contemporáneos de la política, pero no ocurre nada de eso. Lo que yo pregunto es si ahora son permisibles el enojo en vez de la disquisición, el improperio en lugar de la crítica, la ira en suplencia de la argumentación. También digo que es muy cómodo trabajar en un sitio al cual ideológicamente te opones, porque el dinero, como decía Quevedo, es —y continuará siendo hasta el fin de los siglos— un poderoso caballero, razón por la cual, aquí sí, los principios, a diferencia de lo que subraya López Obrador, sí se negocian.

      Empero, confío en que el “espanto” que les ha producido mi texto a algunos lectores se vea reducido si lo leen tal como está escrito, no suponiendo algo que yo no estoy diciendo, ni diré jamás. Tampoco sugiero que los colaboradores enojados de Primer Plano sean sustituidos por otros. Me parece que un medio público (y, sí, conozco los entramados constitutivos que rigen a los medios del Estado) debiera tener rigor en sus emisiones, no veleidades políticas: ni sumisión ni lisonjas.

María Amparo Casar y Claudio X. González

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Si López Obrador se quedara callado entonces validaría los pormenores y las prácticas del viejo régimen, efectivamente.

      Que otros presidentes hayan preferido mantener la boca cerrada sabiendo que la industria mediática estaba de su parte —depositándoles cuantiosas sumas económicas en sus cuentas bancarias— no significa que siempre se tuviera que proseguir dicho mandamiento.

      No en vano López Obrador les dijo a los reporteros de su mañanera —el pasado jueves 8 de diciembre— que todos ellos estaban asidos al “almanaque” de la imposición presidencial, porque no conciben cómo el mandatario obradorista no sea obedecido por sus huestes en el Congreso, tal como le recriminó un reportero al preguntarle cierta situación de la reforma electoral, aunque al día siguiente López Obrador admitió la existencia de un error en el proceder de los legisladores morenistas al agregar, indebidamente, un par de renglones al dictamen aprobado en San Lázaro. 

      —No tienen la obligación de obedecerme —reviró López Obrador diciéndoles aquello del “almanaque”, asidos de la figura presidencial omnímoda.

      ¿Y si yo comunico esta idea transmitida por el obradorismo significa que yo soy un feroz propagandista del obradorismo?

      Vaya ambigüedad de la complejidad transcriptora, entonces.

AQUI PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, LA COLUMNA DE VÍCTOR ROURA PARA LALUPA.MX

https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/victor-roura-oficio-bonito/

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Last modified: 12 diciembre, 2022
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