Va como en una espiral cargando su veneno. No existe forma de detenerlo, es escurridizo, tramposo, va llenando en un costal porque recorre las calles, los subterfugios del dolor y de la esperanza. Muerde todos los días y muere, pero renace al mismo tiempo que alumbra el día o cae la noche, no tiene un solo proceder. Con su Ardiente Rabo recorre, mueve sin pensar en nada, así nada más, sin decir agua va: ¡Mira como repta! es parte de su condición; muerde como nadie, y ya, al momento, que se vuelve un instante de brevedad, sin que nadie se haya dado cuenta, porque su mordedura no se siente, hasta diría que parece dar un pinchazo de placer… esparcido el veneno a su víctima, un veneno de tinta, de amor, odio y desestabilización, el frío empieza a apoderarse, pero lo curioso es que nadie se da cuenta, ni la propia víctima, ya que está tan metida en su pensar, que todo le vale, las cosas le quedan guangas, prefiere mirarse delante del espejo y deleitar sus jugarretas de la víspera, los recuerdos le recorren como fluidos incesantes, un recorrido de fluidos ya un poco intoxicados. Pero quizá no le importa porque siente que todo le va bien, que puede caminar como siempre, pero no se ha dado cuenta que ya cojea un poco, que su mirada empieza a ser un poco borrosa, su manera de expresarse es cada día más torpe, ya no sabe que es la medida de las cosas, todo le vale, se siente, aun a pesar de todo, que jamás se verá asolado por la vida. Respira profundo… Poco a poco va entrando en un abismo, claro el suyo, no lo había visto venir. Y en el transcurso de las cosas, de las propias, porque la vida va teniendo demasiadas contradicciones; expuesto a lo azaroso; a las crisis, cada vez más recurrentes; todo ello, podría ser en ciertos casos como cuando un pájaro decide migrar sin saber sus consecuencias. Y en su vuelo suceden muchas vicisitudes que no estaban previstas, simplemente surgen, porque no hay más más somos seres de una gran fragilidad.

Así es el rostros, la lectura de un Aforismo, de un lector que va denegando lo certero es lo que trae entre sus pocas palabras, breve, conciso y, aparte, con sabor a ironía.
Por eso el Aforismo no llega como un pensamiento, porque el pensamiento posee un rostro perfecto, es un trozo de carne de perfecto corte que no permite la medianía ni el asomo de nadie, pero es bien cierto un Aforismo jamás comerá de ese trozo, porque simplemente se indigesta y le producirá excesivas flatulencias. Por eso prefiera la mirada y alimento que se va cosechando por las llanuras de la disidencia. Nadie más como el Aforismo tiene que soportar toda la embestida del olvido, de una lectura a raja tabla. El lector debe tener y entender que un Aforismo jamás le sentará bien, no es cortés, pero tampoco grosero, porque su manera de escribir y estar en la mano de quien le da vida sabe de antemano que debe alumbrar la mayor de las exactitudes, casi se diría como un reloj, los segundos que pasan después de dar a la luz un aforismo, quien lo escribe no tiene otra que estar devastado, porque en cada uno de sus textos lleva cargando toda la miseria, la putrefacción humana, claro muchas veces carga con su sonrisa que es satisfactoria, pues ello le permite dejar templar el corazón para que siga fluyendo la sangre y volver a sumergirse ante el pantano. Pero no puede medir el tiempo, el horario del dolor hasta fuera de él. Debe encontrar, pero más tener la paciencia, como aquel que construye un pincel que debe dejar pasar a que los elementos tengan las condiciones necesarias de su madurez, del tiempo en que debe construirse (los pinceles japoneses, son un ejemplo, como también de aquellos lauderos que esperan el mejor momento para obtener aquel trozo de madera que dará vida a un violín que poseerá la vitalidad de la naturaleza en sus manos) , así con la vida en cada uno de los seres humanos. El aforismo no puede pensar a tener y ser todo una filosofía, es decir una forma de la conciencia social bajo un sistema de principios y conceptos. Más alejado de ello se encuentra, porque cada persona, aunque su padecer o comportamiento tenga tintes de similitud con otros cientos personas, el aforismo no cierra fronteras porque se picaría la cola, andaría cargando su corona espinas y deambularía como una víctima, no como un recogedor de suciedades, pero no nos espantemos, la suciedad no siempre está arraigada en la pobreza o en seres humanos despojados de todo bien, quizá lo veamos más en la pobreza de los hablares, en la mezquindad humana, que a final de cuentas posee menos moral que aquel que deambula en su propia soledad.
Y sí, quien escribe aforismos debe sentir en cada uno de sus textos que va muriendo junto a lo que escribe, porque el que escribe siente la muerte en lo más hondo, un profundo dolor que no lo deja en paz porque siempre trae: “El Rabo Ardiente”.
Felicidades