Pretender que se ejerza la revocación de mandato en algún gobernante implica desarrollar una campaña explícitamente en contra del mismo; es decir, el objetivo es que una parte de la sociedad promueva que ya no siga en el cargo porque considera que lo ha hecho mal y hasta agregue “argumentos” para demostrarlo.
Entonces, lo más probable es que la población interesada en el proceso se divida entre los que apoyan que siga el funcionario cuestionado y, del otro lado, los que quieren que se vaya.
Campañas negativas
Es claro también que los opositores al o a la gobernante tienen como objetivo que deje el cargo antes de su conclusión constitucional para adelantar la posibilidad de que alguien de su grupo, partido o corriente, asuma el poder.
Esta hipotética situación bien podría conducir a una crisis política por la interrupción de un ejercicio de poder sostenida por la división de la sociedad.
Pensar que un gobierno, una administración o un funcionario público electo popularmente no está haciendo bien las cosas, no necesariamente debe llevar a una nación a este escenario de confrontación.
Por eso es que me parece un ejercicio que polariza y no resuelve, pero que invariable y recurrentemente será invocado por las fuerzas opositoras al gobierno en turno, independientemente de quién se trate (persona, partido o coalición).
El riesgo es alto si consideramos a la revocación de mandato como un ejercicio democrático.
Es, más bien, una buena oportunidad para que la oposición intente ganar a través de este ejercicio, lo que no logró hacer en la elección presidencial.
Mejor opción
Hay mecanismos que observan un proceso de menor confrontación como es el caso, por ejemplo, la reelección. Implica la posibilidad de que los gobernantes referidos (presidentes, senadores, diputados, alcaldes o regidores) puedan postularse para intentar seguir otro periodo en el cargo que ejercen.
Lo lograrán solamente en el caso de que la mayoría de la población votante considere que lo ha hecho bien y que vale la pena que siga otro periodo.
Pero también, ojo, su nueva postulación se convertiría en un plebiscito de su gestión, de tal suerte que existe la misma posibilidad de que pierda la elección y no logre ganar la contienda electoral, castigado por los ciudadanos.
Es, a fin de cuentas, el mismo objetivo pero a la inversa, de manera positiva y democrática.
Aquí, las posibilidades de confrontación ciudadana se reducen notoriamente pues es complicado estructurar y sostener una campaña en negativo, promoviendo que fulano o zutana no continúen en el cargo.
Fuego a la hoguera
Justamente por lo aquí comentado, me parece que en México estamos equivocados al promover con tanto ahínco el ejercicio de la revocación de mandato.
¿Y por qué en lugar de la multicitada revocación mejor cambiamos las reglas del juego y se legisla para que haya periodos de gobierno más cortos y así pasar de seis a cuatro años, tratándose de la presidencia de la república y de los gobiernos estatales pero con el derecho de volver a postularse al cargo? Es un plebiscito o una revocación a la inversa (si se me permite el término).
Así, apenas al cuarto año de gobierno concurrimos de nuevo a las urnas y expresamos nuestra opinión de este periodo de gobierno. Decidimos si nos ha gustado y proponemos que siga o, por el contrario, creemos que no ha sido bueno y nos inclinamos porque se cambie.
Hay opciones. Solo debemos revisar, analizar y decidir.
Lamentable
Triste y vergonzosa postura adoptada por los legisladores federales del PRI, al votar en contra del desafuero del también diputado, el tristemente célebre Cuauhtémoc Blanco Bravo. El exfutbolista está acusado de violación en grado de tentativa.
Lo más increíble es que entre quienes votaron por “perdonarlo” está Abigail Arredondo Ramos, presidenta el tricolor en Querétaro y supuestamente, promotora de las mujeres. ¡Qué pena!

Juan José Arreola de Dios
Periodista / Comunicación Política
Twitter (X): @juanjosearreola
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