Una feria del libro donde se omita la historia del libro, es caminar sin cabeza.
Es realmente una tristeza que al acudir a las ferias del libro, de lo que menos se hable sea del libro, o del antes o del después de la imprenta. Las presentaciones, por lo regular, carecen de un trabajo serio, constante, que permee en el desarrollo de las culturas y, mucho menos de la historia o de las diversas técnicas. Se trata de mera palabrería para allegarse de una corta fama o las editoriales llenarse los bolsillos a costa de los autores.
Esta red compleja de intereses ha ido alejando a muchos autores de una gran diversidad de materias, que son fundamentales para la ciencia, la tecnología y la historia. Por eso se ven arrinconados y buscan con afanosa vitalidad la autoedición, una labor de doble sacrificio. Con estas publicaciones es imposible que puedan acceder a la red de librería, por la falta de ISBN y el código de barra. Aunque las publicaciones nacidas de esa forma pudieran, con el tiempo, como una semilla que tarda en dar flor, convertirse en ediciones que puedan llegar a ser consideradas “joyas bibliográficas”. Numerosos autores de antaño así lo hicieron, y actualmente esas ediciones no sólo son difíciles de hallar, sino que cuando llegan a estar disponibles su precio es alto.
Pero ahora, como si se tratata de un desfile de modas, se invita a personajes que puedan llenar foros, aunque su obra sea mediocre. Cuánta añoranza de aquellos años en que las ferias del libro honraban al libro, se hablaba de su historia, de la tipografía, del papel, de la tinta, la encuadernación, la ilustración y, en muchos de los casos, lo que menos importaba eran los autores. Eso, lamentablemente quedó atrás, y desde hace varios años se ha visto al libro como una mercancía más de consumo, no como una necesidad vital para el desarrollo de las culturas, del pensamiento, como debe ser la esencia del libro. En este contexto, hoy en día son muy pocas las ferias, quizá unas dos o tres, que aún son garantes de la difusión, custodia y trascendencia del libro.
Fue en 1924, en el Palacio de Minería, cuando se realizó en México, la primera feria del libro, impulsada desde la Secretaría de Educación Pública, por su secretario José Vasconcelos. El libro como materia de estudio se priorizó gracias a esas ferias. Manuel Caballero, periodista e impulsor de la cultura en aquellos años, expresó en una publicación, al término de aquella primera feria del libro: “Nuestra feria (…) ha acusado un culto religioso a la implantación en México del arte civilizador de la imprenta, exhibiendo con detalles de veneración los viejos volúmenes que aquí se estamparan antes de que ninguna otra (imprenta) de las Américas”.
En cada feria se realizaba un libro conmemorativo donde se exponía la importancia que tuvo a principios del siglo XIX y XX la llegada de la máquina de impresión mecánica, de la llegada del offset, de la fotografía y de la importancia del fotograbado para el libro y el periodismo. También hombres y mujeres de las diversas áreas del conocimiento escribían para ese día en especial. Era una fiesta para el libro y para recordar su llegada a México (Nueva España) en el año de 1539, sin olvidarse de Gutenberg.
Hoy, esos libros se han ido convirtiendo a lo largo de los años en joyas para los bibliófilos, de los amantes del libro o de los coleccionistas.
Sin embargo, hemos ido abandonando la importancia que ha tenido y ha dado la revolución del libro para el desarrollo de la cultura, por una devastadora maquinaria del consumo y con su carga que aniquila los idiomas a través de una intoxicación que se nos cuela, silenciosa pero que permea en el pensar y comportamiento de las sociedades.
Hay que decirlo: si nos alejamos del libro, de su historia, de sus materias escriptorias, de la simple pero fundamental escritura, estamos degollando por milésimas partes de conocimiento la forma de conectar el cerebro, la mano y el corazón.
Al alejarse de manera profunda del libro y de su producción, estamos en una situación de frágil dominación y las obsesiones crean ámpula.



Toda la razón maestro, las “ferias del libro” se han convertido en meros tiangüis, en donde solo importa la recaudación económica, y la literatura, la cultura, quedan de lado, y no hay trabajo profesional de mediación lectora.
qi1yim
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