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125 aniversario natal de Saint-Exupéry – Víctor Roura

En los tiempos de su servicio en la Mauritania, Antoine de Saint-Exupéry le escribió una carta a André Gide: “No sé cuándo volveré —decía—; ¡tengo tanto trabajo desde hace algunos meses!: búsquedas de compañeros perdidos, reparaciones de aviones caídos en territorios disidentes y algunos correos a Dakar. Acabo de realizar una pequeña hazaña: he pasado dos días y dos noches con once moros y un mecáni­co para salvar un avión. Tuvimos diversas y graves alarmas. Por primera vez, he oído silbar las balas sobre mi cabeza. Conozco, por fin, lo que soy en esas circunstancias: mucho más sereno que los moros. Pero he comprendido, al mismo tiempo, lo que siem­pre me había sorprendido: por qué Platón (¿o Aristóteles?) sitúa al valor en la última cate­goría de las virtudes. Es que no está formado por muy hermosos sentimientos: algo de ra­bia, algo de vanidad, mucha testarudez y un vulgar placer deportivo. Sobre todo, la exaltación de la propia fuerza física que, no obstante, no le atañe en nada. Cruzamos los brazos sobre la camisa desabrochada, y respiramos fuerte. Es más bien agradable. Cuan­do esto se produce durante la noche, se le mezcla el sentimiento de haber hecho una inmensa tontería. Jamás volveré a admirar a un hombre que sólo sea valeroso”.

      Quizás por ello el Principito nunca admiró al piloto que, tras una avería, tuvo que habitar, a su pesar, en el desierto del Sahara durante ocho días en el probable año de 1937. Quizás, por lo mismo, en su novela Vuelo nocturno (1930), de altos vuelos narrativos, tampoco hay una visible admiración por los heroísmos de los hombres que, arriesgando su vida, viajan por la noche, arrojados e intrépidos, para hacer lle­gar el correo de manera expedita.

Antoine de Saint-Exupéry.

      “El héroe de Vuelo nocturno, aunque no deshu­manizado, se eleva a una virtud sobrehumana —observa el escritor también francés André Gide, Nobel de Literatura 1947, quien falleciera a los 81 años de edad el 19 de febrero de 1951—. Creo que lo que más me complace en este relato estremecedor es su nobleza. Las flaquezas, los abandonos, las caídas de los hombres, las conocemos de sobra y la literatura de nuestros días es más que hábil en mostrarlos; pero esa superación de sí mismo que obtiene la voluntad en tensión es lo que, sobre todo, necesitamos que se nos ense­ñe”.

      En esta novela, los objetivos trazados están por encima de los hombres: “Le es­toy reconocido a Saint-Exupéry —dice Gide— por evidenciar esa verdad paradójica que es, a mi parecer, de una importancia psicológica considerable, que el hombre no encuentra la felicidad en la libertad, sino en la aceptación de un deber. Cada uno de los personajes de Vuelo nocturno está total y ardientemente consagrado a lo que debe hacer, a esa tarea peligrosa en cuya ejecución tan sólo encontrará el des­canso de la felicidad”.

André Gide.

      Por algo, en su maravilloso, e inobjetable, libro El Principito —publicado un año antes de su infausta muerte, ocurrida el 31 de julio de 1944, pues nadie jamás dio con su cuerpo derrumbado en un lugar ignoto de la tierra francesa tras un viaje de inspección guerrera—, Saint-Exupéry pareciera buscar, a través de su encantador perso­naje, los propósitos fundamentales, y complejos, de la vida. De ahí que, tras diversos encuentros con los más inexplicables interlocutores (una flor, un zorro, un guardagu­jas, un borracho, el extraviado piloto, un farolero, un explorador, un vanidoso, un ne­gociante), el Principito indague, y profundice, y cuestione, sobre los secretos de la feli­cidad: “Tal vez todas las parábolas sean así de ambiguas y el mismo humor fantástico se encuentre en todas las fábulas —dice el argentino Marcelo Cohen en el prólogo de una de las tantas ver­siones en español que existen de este libro—. Pero El Principito no es una fábula, porque las fábulas son especies de chistes sobre caracteres, formas del hu­mor psicológicos; y El Principito es, casi más que nada, una crítica de la psicología y los preconceptos, un mani­fiesto por el contacto más directo posible. Es [asimismo] un llamado a la amistad amorosa, la responsabilidad an­te el otro y la acción verdaderamente útil. En la misma medida, es una expresión de desaliento por la fugacidad de los encuentros”.

      Pero, obviamente, no es un libro light, en lo abso­luto, ni se acerca, en lo mínimo, a esos pavorosos libros —por su inherente moralina y las ganas de ejercer un paternalismo infundado— políticamente correctos que se empeñan en guiar la vida a los lectores como si los autores fueran una especie de pastores supremos o gu­rúes (¿gurús?) impolutos. No. Con El Principito, Saint-Exupéry —nacido hace 125 año en Lyon, el 29 de junio de 1900— experimenta la narra­tiva de la profundidad mediante la deslumbrante sencillez de los diálogos. Sus aciertos literarios son tan vastos que, incluso, la lectura aparentemente elemental, ingenua o espontánea de El Principito se convierte, luego, en una intrincada, y dificultosa, traduc­ción literal. Porque todo, o casi todo, en dicho libro debe leerse precisamente como no está literalmente escrito: El Principito es una feria de sobrentendidos, de metáforas apocalípticas, de alusiones mortíferas, de insinuaciones inconclusas. Hay frases real­mente infinitas. Veamos únicamente una decena:

      1) “Cuando el misterio es demasiado impresionante, uno no se atreve a desobedecer”.

      2) “Me gusta que mis desgracias se tomen en serio”.

      3) “Los que entendemos la vida, nos burlamos de los números”.

      4) “Olvidar a un amigo es muy triste, no todo el mundo tiene un amigo”.

      5) “Antes de cre­cer, los baobabs empiezan siendo pequeños”.

      6) “Los tigres no me dan nada de miedo, pero tengo horror a las corrientes de aire”.

      7) “Ignoraba que, para los reyes, el mundo está muy simplificado: todos los hombres son súbditos”.

      8) “El lenguaje es una fuente de malentendidos”.

      9) “Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar el corazón”.

      10) “Cuando uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco”.

      Por lo mismo, es incomprensible que este autor tan lleno de vida, tan buscador de la tensa voluntad, explorador de la belleza interna, refinado hombre de la meticulosi­dad escritural, haya salido alguna tarde, por una orden superior, a bombardear una carretera, un puente, un hipódromo. Y al cumplir con su “deber” haya, no sé, matado quién sabe a cuánta gente.

      No, no se entiende la contradicción, si es que la hubiera. Pues si su profesión era la de un aviador de guerra, podría con razón objetar un razo­nable lector, tal vez el colmo hubiese sido, por el contrario, no haber matado a nadie. No sé. Me cuesta entender estas cosas, aunque las comprenda. Quizás, sí, era su obligación salir, porque era su profesión, a cubrir misiones de guerra y matar o ser ma­tado. Ya Saint-Exupéry ha escrito, misteriosamente, que “a las lámparas es preciso pro­tegerlas: un soplo de viento las puede apagar”.

      ¿No los hombres somos como esas lám­paras desprotegidas?

      ¿No somos como enigmas en el desierto?

      ¿No el piloto protago­nista del cuento del Principito dice que siempre le ha gustado el desierto porque no ve nada, ni oye nada y, sin embargo, “algo resplandece en el silencio”?

      ¿No somos, los hombres, ese silencio intrigante e intangible, mas deslumbradoramente visibles?

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “OFICIO BONITO”, DE VÍCTOR ROURA, PUBLICADAS EN LALUPA.MX

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Last modified: 1 julio, 2025
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