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El primero de julio de 1997 la princesa Diana cumplía 36 años y tenía un nuevo amante. Las revistas fresas se solazaban con el hecho. Los fotógrafos se daban vuelo pescando a la millonaria pareja con sus potentes cámaras periodísticas.
Una sola gráfica de Lady Di en los brazos de su amante o exhibiendo sus desnudas piernas estaba valuada en miles de dólares: hay imágenes de ambos en una lancha por las aguas de Saint-Tropez y haciéndose arrumacos en el yate Jonikal en el esplendoroso mar de Portofino en Italia.

Los dos no hacían nada por esconderse: muy dentro suyo les encantaba ser mirados por el mundo. Mostraban su poder económico con jactancia y dilapidaban, porque podían, su tiempo: ella era considerada el modelo de la mujer de la alta sociedad, preocupada, cuando su agenda se lo permitía, por la gente inferior e infeliz.
Los fotógrafos la sorprendieron en la Costa Azul con un suntuoso traje de baño, “atigrado”, propiedad exclusiva de los almacenes Harrods, cuyo dueño era su nuevo amor.
Regresaba de vacaciones con sus hijos a Inglaterra. Reanudaba sus visitas benéficas a los hospitales infantiles, que le daban mucha notoriedad.
El 22 de julio de ese mismo año asistía en Milán, junto con Elton John y Sting, a los funerales del italiano Versace, fallecido el 15 de julio de 1997 en su medio siglo de vida. Dicen que lucía un vestido negro y un bolso creados por el diseñador asesinado. Pero pronto olvidaba sus penas al lado del acaudalado egipcio Dodi Al-Fayed, entonces de 42 años, y se la veía, gozosa, en bañador en las aguas de Córcega.
La prensa seguía muy de cerca sus pasos.
El 13 de agosto los dos amantes se desplazaron en helicóptero hacia Chesterfield, al norte de Inglaterra, para consultar a la pitonisa Rita Rogers: deseaban saber sobre su promisorio futuro. Luego se sucedieron sus glamorosos paseos por Londres, Sarajevo, Cerdeña, Saint-Tropez, las islas griegas, París; aviones privados, helicópteros, yates y limusinas: el mundo era suyo.
El 29 de agosto la pareja tuvo un pesado altercado con un grupo de paparazzi en Cerdeña.
Entre los fotógrafos y Dodi se cruzaron insultos.

Tras el incidente, decidieron ir a otro sitio.
Arribaron al aeropuerto parisino de Le Bourget.
Los paparazzi siguieron su rastro.
A las ocho y media de la noche, del 30 de agosto, llegaron al Hotel Ritz, propiedad de la familia Al-Fayed. A medianoche, tras tratar de despistar a los periodistas, abandonaron el hotel rumbo a la mansión de Dodi pero, luego de ser perseguidos por los paparazzi, el conductor se estrellaba, a las 12:10 del 31 de agosto de 1997, en el Túnel del Alma. Lady Di falleció en el hospital La Petié Salpertriére, a las cuatro de la mañana, de hemorragia interna.

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Tras enterarse de esta muerte, el afamado novelista inglés David Lodge (fallecido el pasado 1 de enero a 27 días de cumplir las nueve décadas de vida) se apuró a escribir algo sobre el incidente.
Tal como Elton John, que vendió millones de copias en el mundo con una apresurada canción dedicada a su amiga desaparecida (en realidad la pieza, intitulada “Candle in the Wind 1997”, fue estrenada en 1973 en homenaje a Marilyn Monroe —fallecida a los 36 años de edad el 4 de agosto de 1962—, pero el compositor británico, hoy de 78 años de edad, la reescribió con premura en 1997 para otorgar el mismo sentimiento a otra mujer.
Lodge pensaba, tal vez, que no le iría nada mal si se daba prisa inventándose cualquier cosilla para montarla con rapidez. Y, en efecto, transcurridos apenas seis meses, en febrero de 1998 el Birmingham Repertory estrenaba su pieza teatral Home Truths y, posteriormente, la Editorial Secker & Warburg publicaba en forma de libro su texto dramatizado.
Poco después, Lodge novelizaba su dramaturgia, la misma que en 2001 la barcelonesa Anagrama había traducido al español con el título de Trapos Sucios en su colección “Panorama de narrativas”.

Y comprobamos, no sin desencanto, que el oportunismo no congenia con la buena literatura. La trama es telenoveleramente inconvincente: el novelista de éxito Sam Sharp (nombre también otorgado al novio de Luna, personaje de la serie The Loud House creada por Chris Savino en 2016 basada sobre todo en la vida de Lincoln Loud, un niño de 11 años que vive con sus diez hermanas) se enfurece —Sharp, el protagonista del libro de Lodge— por una entrevista que le ha realizado la malévola Fanny Tarrant para la Sentinel Review en donde no lo baja de egocéntrico empedernido. Sharp, quien cobra 300 mil dólares por rehacer un guión cinematográfico en un mes, está ofendido. Va a visitar a su amigo Adrian Ludlow, también novelista pero en picada, aunque uno de sus libros figura en el plan de estudios de la enseñanza media, para sacar la ira que trae dentro por la infamia que le ha hecho la estúpida periodista —quien es algo así como una de esas reporteras mexicanas televisivas de los chismes, con la salvedad de que posee algunos gramos de inteligencia en el cerebro. Ludlow quiere vengarse a toda costa de ella. Le pide a su camarada que se deje entrevistar por ella para que, luego, Ludlow escriba a su vez cualquier cosilla sobre la Tarrant, que le sonsaque cosas, que la perturbe, que la acose para que pueda ella desnudar su alma. Sharp pretende actuar tal como ella actúa con sus entrevistados. Quiere sacarle sus trapos sucios al Sol. Ludlow acepta porque sabe la estatura ínfima de la reportera, pero la esposa de Ludlow, que fue también, en los sesenta (en la época de las comunas y del paz y amor, precisa el novelista Lodge), amante de Sharp, no está de acuerdo. Vaya, ahora resulta que estos dos hombrecitos, con quienes efectuó un romántico trío amoroso unas décadas atrás pero por dentro aún siente nostalgia de aquella felicidad pasional, la van a hacer de reporteros vulgares y obscenos. No está de acuerdo, pero los hombres ya han decidido su plan. Cuando la Tarrant, una ambiciosa y bella joven, se presenta en el hogar de Ludlow, Eleanor —la mujer del entrevistado— se marcha de la casa porque la sola presencia de la chismosa periodista la desequilibra. Y aquí pasan cosas inverosímiles, absurdas, bobas. Quién sabe cómo, porque literariamente son incomprensibles los comportamientos asumidos por los personajes, tan inconmovibles y errados que uno sólo puede imaginar la dicha obra teatral montada en Inglaterra como un acto de trivial comicidad representada por personalidades inglesas similares a Jorge Ortiz de Pinedo y su secuela de féminas cachondas, quién sabe cómo, digo, pero Ludlow convence a la periodista que se desnude en su sauna y ambos, desnudos, platican sobre sus intimidades: él le cuenta, cómo no, que su mujer, Eleanor, se acostaba con el novelista Sharp y ella le cuenta, cómo no, con quien vive y quién fue su roquero amante en el pasado y cuando están a punto de vaya uno a saber qué (porque él ya le está acariciando el brazo desnudo con el pretexto de mirar su mariposa tatuada) entra de improviso la esposa, los sorprende a los dos desnuditos en la sauna —bueno, con una toalla cubriendo respectivamente cada cuerpo— y, en un arranque de cólera, que no de celos (porque se ha enterado de que Ludlow le ha dicho a la reportera que su esposa había sido amante también de su amigo Sharp), le confiesa a la periodista, ausente Ludlow, que su hombre es un pobre fracasado, temeroso de las críticas ajenas y muchas más cosas sucias, lo que le ha dado maravilloso material a la Tarrant que se va encantada por encontrar a gente tan nefasta en la vida. Y exactamente el día en que esperan la Sentinel Review para leer la pavorosa entrevista de la Tarrant, llega casualmente a su casa Sharp y, un poco después, también arriba la mismísima reportera… llorosa, desfallecida, abatida porque… porque… porque esa madrugada ha muerto Lady Di y ella ha escrito, justo ese día, un texto malsano, despotricador y enjundioso, contra la pobre princesa. Los cuatro se derrumban por la terrible noticia y se olvidan de todo, hasta de su propio odio mutuo: Eleanor le pide a Sharp que no se vaya, lo toma de la mano y le suplica a su marido que le diga a Sharp que no los abandone en esa hora fatal. Y tal vez hasta la insoportable reportera empiece a cambiar periodísticamente, tal vez entonces entienda lo que es, ¡ay!, la ética en el oficio.
Sin comentarios.
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