Entre el artificio especulativo y la pedagogía anticolonial, Babel, una historia arcana (Hidra, 2022), de la escritora estadounidense Rebecca F. Kuang (conocida como R. F. Juang), se inscribe en ese tipo de novelas que prometen una alquimia literaria entre conocimiento, imaginación y denuncia, pero terminan colapsando por su propio exceso de intenciones. La premisa es sugerente: una versión alternativa de Oxford en el siglo XIX donde el dominio británico se sostiene —literalmente— gracias a la magia lingüística inscrita en barras de plata. Allí, en el Instituto Real de Traducción (conocido como Babel), se forjan los imperios a partir de lo que se pierde en la traducción.
Hasta ahí, la autora construye un andamiaje literario interesante que seduce por su audacia: la traducción como energía, como tecnología, como poder. Pero pronto la novela —que debutó en el primer lugar del New York Times y ganó el premio Nebula a mejor novela en 2022— se deja arrastrar por una retórica didáctica que deja poco espacio a la complejidad literaria. En vez de tensionar el lenguaje, lo instrumentaliza. En vez de construir personajes, los vuelve portavoces de una corrección política monocorde y sin contexto. El protagonista, Robin Swift, pasa de ser una figura con potencial de matices a convertirse en un receptáculo de discursos ajenos que despojan al relato de emoción, ambigüedad dejándolo sin trama.
En su afán por denunciar los mecanismos imperiales del conocimiento, Kuang cae en el mismo error que señala: simplifica, moraliza, sermonea. Y si bien su novela acierta al colocar en el centro del conflicto la dimensión simbólica de la lengua —y con ello, el colonialismo cultural—, el didactismo termina opacando el ingenio narrativo. En lugar de una novela polifónica, el lector recibe un panfleto extenso, salpicado de momentos brillantes, pero atado a un maniqueísmo que empobrece la experiencia literaria.

La visión pedagógica se ancla como un mecanismo doble: la cátedra lingüística, que aunque se disfruta en el primer tercio del libro y está muy bien documentada, con algunas joyas etimológicas interesantes, se torna irreverente conforme avanza la novela; y el retrato del academicismo oscuro, construido con rudimentos carentes de sentido, donde los académicos sólo actúan por una ambición colonialista per se: los malos son malos a priori.
Después de que Robin Swift sale de Cantón, acogido por Richard Lowell, profesor de Babel, quien le da clases particulares para que ingrese a Oxford, (en un guiño que nos recuerda a Harry Potter), la narrativa abandona la curva del personaje para decantarse por una lamentable colección de regaños y sermones sobre por qué el imperialismo es malo. En su afán pedagógico, la autora decide utilizar al protagonista para convertirlo en un mero instrumento de su corrección política, y mata a la trama para convertirla en una especie de panfleto literario de largo aliento.
Hay una frase que podría resumir el problema estructural de Babel: una buena idea no hace una buena novela. El planteamiento de Kuang —convertir la traducción en dispositivo de poder y magia— es poderoso y pertinente, especialmente en un mundo donde los imperios culturales siguen operando a través del lenguaje. Pero la ejecución, excesivamente literal y saturada de regaños morales, se extravía entre clases de lingüística, arengas anticoloniales y personajes subordinados al mensaje.
La novela —que ronda las 600 páginas— ofrece una primera parte seductora, donde el juego etimológico y las referencias filológicas logran capturar al lector. Hay, incluso, momentos de genuina belleza intelectual. Pero conforme avanza la historia, la intención crítica de la autora se vuelve fórmula. Se torna predecible: la alegoría es burda, los villanos son caricaturas y los dilemas morales se resuelven con frases hechas. El protagonista, Robin, deja de ser un personaje para convertirse en una herramienta narrativa, más interesado en explicarnos lo que está mal con el mundo que en vivir una historia que lo encarne.
Es aquí donde el libro revela su verdadera vocación: más que una novela, es una tesis disfrazada de ficción. Su didactismo —ese que se atreviera a señalar Christopher Domínguez Michael en algunas de las novelas más célebres de Mario Vargas Llosa—, que en otras manos podría resultar sutil o dialógico, es aquí reiterativo, autorreferencial y cerrado al matiz. La violencia imperial, la exclusión académica, el racismo estructural —todos temas fundamentales— aparecen desprovistos de conflicto dramático genuino. Kuang no construye ambigüedades; reparte culpas:
«Londres: hermosa, fea, extensa, pequeña, llena de humo, olorosa, virtuosa, hipócrita y bañada en plata. Se acercaba el día del juicio final para esta ciudad, pues llegaría el momento en el que se acabaría devorando a sí misma desde dentro o saldría despavorida hacia el exterior en busca de nuevos manjares, trabajo, capital y cultura de los que alimentarse».
En su ambición por desmontar el imperialismo desde las entrañas de la academia, la autora termina por reproducir sus propios dogmas y clichés:
«Los académicos son por naturaleza un grupo solitario y sedentario. Viajar parece divertido hasta que te das cuenta de lo que realmente quieres es quedarte en casa con una taza de té y una pila de libros junto al fuego».
Babel no es un fracaso total, pero sí un proyecto literario desbalanceado e injustificadamente prolongado: cuando se propone enseñar, abandona la poesía; cuando intenta conmover, cae en el sermón. En tiempos donde el gesto crítico se confunde con la consigna, esta novela confirma que la literatura, para ser efectiva, necesita más que buenas intenciones: necesita estilo, riesgo y una narrativa que confíe en la inteligencia del lector.



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