Vivimos en una época en la que la inteligencia artificial (IA) promete facilitarnos la vida en todos los aspectos: desde redactar textos y responder correos, hasta tomar decisiones complejas. Sin embargo, en medio del entusiasmo por la eficiencia y la automatización, corremos el riesgo de ceder una facultad esencial: el ejercicio crítico de nuestro propio pensamiento.
La historia de la humanidad está marcada por avances tecnológicos que han transformado nuestra manera de aprender y de conocer. Pero la IA representa un punto de inflexión: no sólo nos ofrece respuestas, sino que puede incluso anticiparse a nuestras preguntas. Esa comodidad, tan tentadora como peligrosa, puede adormecer nuestra capacidad de cuestionar, contrastar y reflexionar. Cuando todo parece estar al alcance de un clic o un comando, el esfuerzo intelectual empieza a parecer innecesario.
Un reciente artículo del profesor Ethan Mollick advierte sobre este fenómeno. Retoma un estudio del MIT Media Lab que ha sido citado —y malinterpretado— con frecuencia. El experimento mostró que estudiantes que usaron ChatGPT para redactar ensayos no sólo recordaban menos de lo que escribieron, sino que, meses después, eran incapaces de replicar con la misma calidad lo producido originalmente. Además, sus cerebros mostraban menos actividad durante el proceso de escritura. No hubo “daño cerebral”, por supuesto, pero sí un patrón de desconexión cognitiva.
Lo preocupante es que esta tendencia no obedece a malas intenciones. Como apunta Mollick, incluso los estudiantes que usaban la IA con el deseo honesto de aprender, terminaban tomando atajos involuntarios. El diseño de estas herramientas —entrenadas para dar respuestas completas y rápidas— muchas veces inhibe el pensamiento, en lugar de estimularlo. No se trata sólo de copiar o hacer trampa, sino de perder la oportunidad de ejercitar la mente.
El temor no es nuevo. Platón advertía que la escritura erosionaría la memoria; siglos después, se temió que las calculadoras nos volverían incapaces de hacer operaciones básicas. Más recientemente, los teléfonos inteligentes fueron acusados de atrofiar nuestra capacidad de recordar información. Pero el caso de la IA es más complejo, porque no se limita a almacenar datos: puede realizar inferencias, redactar argumentos y generar ideas en nuestro lugar.
Por ello, el debate no debe centrarse en prohibir o celebrar la IA, sino en cómo la usamos.
Si perdemos el hábito de pensar por cuenta propia, perderemos también la capacidad de juzgar lo que la IA nos ofrece. Porque quien deja de pensar, termina dependiendo del pensamiento ajeno, incluso cuando este viene disfrazado de eficiencia tecnológica.
La solución no pasa por demonizar la innovación, sino por fortalecer la autonomía intelectual. La IA puede ser una aliada poderosa, pero jamás un sustituto de nuestra responsabilidad de pensar. Y en tiempos donde todo parece acelerado y automatizado, detenernos a pensar puede ser el acto más humano —y más revolucionario— que nos quede.
Porque no se trata de salvar al cerebro: se trata de salvar el pensamiento.
La doctora Mildred Berrelleza es directora regional del Departamento de Emprendimiento del Tec de Monterrey Campus Querétaro
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