IMÁGENES TOMADAS DEL ARTÍCULO “HOW BLEACHER SEATS DEMOLISHED A BARRIO” (https://www.pbs.org/wgbh/americanexperience/features/zoot-suit-riots-bleacher-seats-demolished-barrio/)
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En la historia de la world music existe un álbum que es la crónica de una represión discriminatoria contra un barrio habitado por mexicanos en Los Ángeles, California, a mediados del siglo XX, localizado justamente donde ahora está levantado el Estadio de los Dodgers, inaugurado en abril de 1962, la construcción más grande en Estados Unidos para el beisbol con cupo para 56,000 aficionados.
La zona habitacional conocida como Chávez Ravine (la barranca u hondonada de Chávez, nombre dado supuestamente por un tal Julián Chávez, un colono mexicano que llegó a Los Ángeles a principios del siglo XIX, si bien no hay datos de que viviera en aquella zona citadina que tomara, sí, su apellido), dividida en tres barrios de extracción proletaria: Palo Verde, La Loma y Bishop, extenso terreno donde cientos de mexicanos construyeron sus viviendas desde principios del siglo XX, barrio afamado por la eclosión de cholos, bukis y pachucos. De no haberse fundado el poblado Chávez Ravine tal vez no existiera esta leyenda de los pachucos, ni la película Zoot Suit de Luis Valdez en 1981, ni Tin Tán la hubiera podido haber recreado en sus personajes más celebrados.
Pero la autoridad estadounidense, siempre racista, decidió acabar de una vez por todas con aquella pacífica comunidad con el argüende de que ahí precisamente era el sitio idóneo para el estadio beisbolero de los Dodgers, estos gandules del bat, o esquivadores de vaya uno a saber qué tanta cosa. Justamente ahí donde convivían los mexicanos. Allí mero, y en ningún otro lado. Roosevelt, Truman y Eisenhower se encargaron de limpiar el área. Faltaba más. Y entonces vino la horrísona represión, la brutalidad policiaca, la intolerancia norteamericana. Como los españoles demolieron, sin piedad alguna, las ciudades de Mesoamérica en el siglo XVI, los estadounidenses, porque sí, destruyeron sin miramiento alguno el barrio sin importarles, mínimamente, el futuro de estos incómodos inmigrantes.


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Y no fue otro sino el ilustre roquero Ry Cooder, nacido justamente en Los Ángeles en 1947, quien en su disco intitulado Chávez Ravine nos cronica la cruenta historia de la difuminación del barrio otrora orgulloso de su hábitat e integrado por completo a un país que no era el suyo.
Después de haber grabado el disco, en 2003, Mambo Sinuendo con el cubano Manuel Galbán, Ry Cooder puso manos a la obra en su versión sobre lo acontecido en aquel tramo vil de la historia estadounidense, que nadie contaría si no se ponía él al frente del proyecto, que vio la luz en junio de 2005, álbum en dos idiomas, como debía ser, con personalidades de altura como Lalo Guerrero (fallecido hace veinte años, a sus 88 años de edad, el 17 de marzo de 2005, tres meses antes de que el disco saliera a la luz) y el Flaco Jiménez (fallecido a sus 86 años de edad el 31 de julio de 2025), los dos norteamericanos —aquél nacido en Arizona y éste en Texas—, que interpretaron, con verdadera conmoción, aquellos actos de vileza demoledora. Ambos estuvieron presentes en esta grandiosa obra con su —el primero— desgarradora y potente voz, nunca resquebrajada, en su último proyecto artístico luego de una larga y provechosa carrera musical (un poco antes de inmiscuirse en este álbum de Cooder grabó con Los Lobos un grato cuento para niños con música de rock) y el segundo con su irrepetible e inigualable acordeón. En México este gran hombre, Lalo Guerrero, es conocido sobre todo por sus versiones navideñas con unas ardillas traviesas con Pánfilo como símbolo de la irreverencia.
Es Lalo Guerrero el compositor que apunta en ese iluminador disco: “En la historia del boxeo has ganado o has perdido, pero en Chávez Ravine todo quedó en el olvido. Nadie sabe los secretos que quedaron escondidos”. Y en otra memorable canción, firmada por él mismo, testigo de aquella masacre, con un bello y tristísimo acordeón de fondo del Flaco Jiménez, canta vehemente: “Viejo barrio, barrio viejo, donde un día hubo casas, donde vivió nuestra raza, sólo quedan los escombros de los hogares felices, de las alegres familias, de esa gente que yo quise. Por las tardes se sentaban afuera a tomar el fresco, yo pasaba y saludaba, ya parece que oigo el eco. Cómo está, doña Juanita. Buenas tardes, Isabel. Hola, qué dices Chanita, cómo están Arturo y Manuel. Viejo barrio, barrio viejo, que en mi infancia te gocé y con todos mis amigos iba descalzo y a pie. Dicen que éramos pobres, pues yo nunca lo noté. Yo era feliz en mi mundo de aquel barrio que amé. Por la calle del convento la casa destruida quedó como monumento al gran amor de mi vida. Pobrecito viejo barrio, cómo te debe doler cuando en nombre del progreso derrumban otra pared. Viejo barrio, barrio viejo, yo también ya envejecí, y cuando uno se hace viejo nadie se acuerda de ti. Vámonos muriendo juntos, que me entierren en tu suelo y seremos dos difuntos rodeados de mil recuerdos”.
Y el acorde del acordeón, valga la redundancia, son evidentemente del Flaco Jiménez, quien grabara con numerosos artistas en distintas sesiones discográficas como Bob Dylan, Dr. John, Willie Nelson, Emmy Lou Harris, los Rolling Stones, Joaquín Sabina, Lila Downs o Enrique Bunbury. En Chávez Ravine los sonidos provenientes del acordeón pertenecen, por supuesto al Flaco Jiménez, quien acaba de desaparecer de este mundo.

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Y es en este homenaje al barrio viejo donde Ry Cooder incorpora la canción “Muy fifí” con Chucho Valdés en el piano: “―Mi hijita, por Dios te lo pido, no salgas con ese tipo. Traje guango y se le ve el filero. Le gusta el pleito y es callejero. Te trae de la oreja, lavándote la mente. Cómo te vistes, hija, no es decente. Tu falda apretada, la trais hasta aquí. Tu greña toca el techo, te crees muy fifí. (Muy fifí, te crees muy fifí.)
“―¡Ay, mamá, por qué te apuras! Cuando estoy con Smiley me guarda sin duda. Si salimos del barrio, los demás lo respetan. Nunca estoy en peligro, y los bukis me aceptan.
“―¡Cierto! Su raza es ruidósa y se wacha loca y muy baja. Pero confío en que llegue en un carrazo a la casa.
“―Puro güiri güiri, ya me voy al borlote. La música en vivo con mi Smiley chulóte. Sabes que es jueves, y no nos cierran las puertas. No me voy a desvelar, pero voy a dar mis vueltas. (¡Mírala, mírela, muy fifí! ¡Wáchala, wáchala, muy fifí! ¡Cómo se mueve, se nos suben las ganas! ¡Sus ojos comiendo como si fuera piraña! ¡Se cree muy fifí!)”
Y al final se oye una voz que parlotea asegurando: “Se cree muy fufí porque es muy fifí la muñeca, pues”.
La canción define perfectamente a la clase fifí o a los que pretenden anexarse a ella o, de plano, pertenecen a ella. No nos deja ninguna duda acerca de la ansia denotativa de la chica por sobresalir, presumida que es por creerse más que sus congéneres. El diccionario lo dice bien: fifí es un adjetivo coloquial por el cual se nombra a una persona que “tiene modales y actitudes delicados y exagerados”, si bien el término también puede ser despectivo (es despectivo, más bien) al llamar fifí a “una persona presumida y a la moda”.
Es fifí quien quiere ser lo que no es.


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Entonces, la prensa fifí ―¿y por qué tanto revuelo con el término, de dónde el prejuicio, de dónde la calamidad?― es la que aparenta una cosa siendo otra, la acomodaticia, la oportunista, la que busca un lugar central en la fotografía cuando no tiene cabida en ella. Prensa fifí abunda en el país, es la que busca (no tiene otro fin, pues, sino básicamente ése) el pastel presupuestario, la que hoy dice una cosa y mañana, por convenir a sus intereses, cambia apresuradamente de opinión. La prensa fifí por lo regular tiene directivos que ajustan su plantel de acuerdo a los movimientos políticos para no dejar de percibir dinero del erario por medio de la publicidad gubernamental. Prensa fifí se acomoda, si le conviene, entre el priismo, el panismo o el morenismo, aunque ayer, ¡pero qué contrariedades tanto superficiales como anodinas!, vacilaban contra las teorías de uno y otro partidos.
Como decía Groucho Marx a los empresarios que escuchaban su planteamiento para poder ser aceptado en su tribu:
―Estos son mis principios… pero si no les gustan, tengo otros para mostrarles.
La prensa fifí puede estar en la radio, en los portales, en las televisoras o en el papel, o hasta en las propias instituciones (los que se internan en la prensa fifí parece que actúan bajo un proyecto ya sistematizado por sus buenos resultados sectarios: los únicos que aprueban laboralmente, de manera curiosa, son las amistades, los cercanos, los recomendados). La prensa fifí no sale movida nunca en una fotografía oficial. La prensa fifí, presumida como es, cree que sin su opinión el país no está salvado informativamente. Prensa fifí es aquella que piensa que sólo en su medio se detecta la libertad de expresión, pues en los otros esta libertad es sólo una tentativa expresionista. (Ahora veo a millonarios “periodistas” con la investidura morenista que antes habían vestido de panistas o priistas, en la televisión o en las pantallas digitales o en la radio, hablando como si toda la vida hubieran sido, ¡ay!, izquierdistas, si bien nadie les va a quitar el fabuloso dinero que antes les habían dado los partidos en el poder, ¡vaya cosa!)
Hay prensa fifí, como dice la canción de Ry Cooder,, que se cree muy fifí porque es muy fifí.
Y no hay vuelta de hoja.



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Víctor Roura – Oficio bonito Archivos – La Lupa


