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“La venganza en la comuna” o la desafiante historia real de resiliencia de una familia campesina – Ninett Torres

 

Alguna vez nos hemos preguntado o nos preguntaremos por qué la vida nos ordena en extraños círculos al interior de nuestras familias; hasta que, llegado el momento de contar la verdad personal, ese registro único de imágenes y sensaciones, caemos en cuenta de la validez intransferible de nuestro singular enfoque y su potencial catalizador de sentido.
 
Esta pregunta la plantea Pablo Carvajal González (Colombia, 1970) en su obra autobiográfica La venganza en la comuna (Círculo Rojo, en España, y Taller de Edición Rocca, en Colombia), a propósito de la angustia de Serafín, alter ego del autor y narrador de la trama, un niño de siete años que atestigua las tribulaciones de su madre al frente de su progenie, a la que resguarda del hambre y el fuego cruzado entre sicarios y líderes maoístas.


La novela describe la vida cotidiana de la familia Carbonell luego de la muerte de su jefe de familia y reconocido líder campesino, Jesús Amadeo, ordenada por terratenientes demandantes de las tierras baldías ocupadas por La Comuna, colectivo de familias cuyos cabecillas, a la vez que buscan vengar el asesinato de su líder, orillan a la familia de este a una pobreza extrema, al adjudicarse sus tierras.
 
Carvajal narra la venganza y orfandad que lo envuelven tanto a él como a su familia, al tiempo en que describe cómo aprenden juntos a sortear la carencia y el duelo, orientados —aunque no convencidos aún— por la fe de su madre en el perdón, para quien “el mejor modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele”, porque “con la misma vara que mides serás medido”.

El padre del autor de la novela, reconocido dirigente campesino, el día de su asesinato. Cortesía del autor.

 
La novela nos enfrenta al siempre vigente dilema de si es posible perdonar la violencia que hemos parido o nos ha parido, hacia dónde caminar y para qué. En su respuesta novelada, Carvajal confía en la honestidad brutal de la memoria y en la inocencia espectadora del niño que ha sido, dignificando tanto su visión como su dolor, clave que quizá permita comprender por qué un ser humano abrumado en su niñez por la violencia y la pobreza, como en millones de vidas en México y el mundo, decide transformar su dolor en un jardín santuario de encuentro y diálogo.
 
Nutrido de prolijas descripciones del bosque de niebla en el Valle del Cauca y de escenas familiares de ternura e intimidad inauditas, el relato de Carvajal descubre la urdimbre de amor heredada del padre, la trama de arrojo dispuesta por la madre y el entresijo de esta unión, un testimonio de resiliencia familiar en el contexto del conflicto social en Colombia, que al día de hoy acumula uno de los mayores desplazamientos forzados a nivel mundial.
 
Desde su título, la novela —que está disponible a través de buscalibre.com.mx y de Amazon— ofrece la posibilidad de observar y reconocernos en los contrastes y contradicciones humanas desatadas por la venganza, matizadas por la inocencia de Serafín, quien necesita reinventar su mundo para darle un sentido acorde con su naciente moral, a través del dibujo de los sucesos que le son ininteligibles y para los que emplea terrones de arcilla, tizas, o cualquier lapicero desgastado a su alcance.

El autor, en una imagen con hermanos y vecinos de La Comuna maoísta, entre la pobreza y la promesa. Cortesía del autor.


El autor alterna entre su yo maduro y sus recuerdos de la infancia, a los que desmenuza y viste a la luz de su sapiencia y sensibilidad actuales, hijas ambas de las circunstancias —quizá trágicas en un sentido clásico, por su determinismo externo—, en combinación con el revolucionario diálogo interior del niño, fruto no solo de su edad e inteligencia, sino también del genio legado por su padre, a quien evoca para resolver los dilemas y ambigüedades de su entorno.
 
Serafín vive su propia tragedia —esta vez moderna por la fuga hacia su interior—, a la par que su madre y cada uno de sus doce hermanos, pues nace de la confusión de no entender, del darse cuenta de errores de juicio, de sentir la culpa como piquetes de insectos en la piel y de su necesidad de soledad para darle sentido y unidad a la familia huérfana de padre, quien pareciera estar orquestando desde otro plano pruebas morales para cada integrante de su círculo.

Que la historia hable a través de un niño nos permite dilucidar la posibilidad de sobrevivir a la violencia y al trauma, pues la voluntad de Serafín y de su madre para reinventarse un destino propio trastoca toda noción de tragedia y su hambre de compasión y temor; su fuerza deviene del sentido de realidad en la madre (“los discursos no sirven para preparar el sancocho del almuerzo”) y de la búsqueda de sentido en el niño (“¿Quién nos salva del hambre, las siembras o Dios?”).

El autor de la novela, Pablo Carvajal, de niño (izq,) frente al ataúd de su padre. Cortesía del autor.

 
El meta relato que lleva a cabo Serafín al narrar su propia versión de los hechos franquea un camino de transformación del dolor en algo constructivo; pero al mismo tiempo el niño convertido en autor reconoce dos verdades insoslayables: la memoria sin narrar se convierte en mito, y el mito extiende la dolorosa y a veces fatua espera del niño, que en su momento careció de las tecnologías propias del adulto para reconocer su dolor, expresar y exigir, comprender y comunicarse.
 
—Como adultos, sabemos cuando ya no podemos esperar—, dice Pablo Carvajal, hoy especialista en justicia restaurativa y mediador en conflictos alrededor del mundo, quien a través de esta su primera novela nos invita a valorar la memoria, y el valor de procesar el trauma a través de la creación, en respuesta quizás a la pregunta que en el relato su madre hace ante una audiencia que la juzga: “¿cuántos ciclos de venganza y perdón tendremos que repetir para llegar a ser libres?”

Imagen de la infancia de Carvajal, en una jornada de trabajo al interior de La Comuna. Cortesía del autor.


 Más aún, ¿puede la memoria, si se transforma no en venganza sino en algo creativo —como un jardín— ofrecer una salida? En una de las inolvidables anécdotas del padre de Carvajal descritas en la novela, dice, corrigiendo a uno de sus hijos que acaba de romper una plántula de ortiga mayor: “Hijo, esa no es una planta de maleza, es un arbusto primordial en el bosque”, mientras recoge del suelo la planta maltrecha, casi destrozada… cuidando la vida, no destruyéndola. Recordándonos que cuidar es restaurar.

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Last modified: 9 septiembre, 2025
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