El Hay Festival no sólo es un escaparate global: también es un espejo en el que se refleja, con crudeza, la política cultural de Querétaro. En 2025, el presupuesto otorgado a la Secretaría de Cultura municipal fue de 112 millones 434 mil 917 pesos. De este monto, el municipió destinó 11 millones 180 mil pesos a esta “franquicia cultural”, lo cual revela una paradoja inquietante: mientras la ciudad invierte sumas millonarias para importar prestigio internacional, las estructuras culturales locales permanecen frágiles, precarias y poco articuladas. El municipio invierte el 10% del presupuesto anual de cultura al Hay Festival.
La cifra, por sí sola, basta para interrogar la lógica de la inversión pública. No se trata de negar el valor de un festival internacional de la talla del Hay Festival (el autor de esta columna ha sido ferviente seguidor desde su primera edición, como asistente y participante), sino de preguntarse qué tanto rinde esa inversión en términos de democratización cultural, desarrollo de infraestructura y fortalecimiento de los agentes locales. El contraste entre la magnitud del gasto y los beneficios percibidos por la comunidad se vuelve más evidente al revisar las respuestas de la encuesta aplicada a 27 actores del campo cultural.

El imperativo de la participación local
Catorce de las respuestas recogen un clamor insistente: la falta de mecanismos de participación para los creadores locales. «¿Cómo puedo participar en el Hay Festival? Nunca he visto una convocatoria formal donde aplicar», se lamenta un escritor. La observación es reveladora: más que un problema de programación, se trata de la ausencia de un esquema transparente de incorporación que ofrezca a los artistas y gestores queretanos oportunidades reales de agencia. Llama la atención, por ejemplo, la ausencia de Ana Clara Muro, ganadora del Premio de Poesía Aguascalientes 2025.

La crítica no demanda únicamente «cinco minutos en el escenario», sino procesos de integración sustantiva: moderar diálogos con autores internacionales, establecer vínculos con editoriales de prestigio, formar parte de mesas de discusión o diseñar semilleros de nuevos talentos. En suma, se pide que la presencia local no sea anecdótica, sino estructural.
En este punto, el Hay Festival se convierte en una metáfora de la política cultural queretana: un modelo que privilegia el brillo del evento sobre la construcción paciente de redes locales. El resultado es un sentimiento de exclusión que mina la legitimidad del festival entre aquellos que deberían ser sus aliados naturales: escritores, editores, colectivos culturales y públicos diversos de la ciudad.
La crítica a la festivalización
Otra tendencia clave de la encuesta es la crítica al persistente modelo de «evento-espectáculo». Siete voces coinciden en señalar que, en lugar de gastar millones en hoteles, viáticos y montajes efímeros, el municipio debería apostar por infraestructura cultural permanente. Una propuesta recurrente es la creación de una casa del escritor o de un espacio de formación y residencia literaria que, con una inversión equivalente a la mitad del presupuesto destinado al Hay, podría consolidarse como plataforma duradera para nuevas generaciones de autores.
Seis respuestas van más allá y plantean una redistribución radical de los recursos: eliminar el Hay Festival y reinvertir el presupuesto en programas comunitarios de lectura, edición y mediación cultural. La crítica no apunta al valor intrínseco de un evento internacional, sino a la lógica de la festivalización de la cultura: esa tendencia gubernamental a privilegiar lo espectacular y lo mediático sobre la planeación a largo plazo.
Un encuestado sintetiza el sentir colectivo: «El municipio sigue apostando al esquema de eventos, más que a la inversión en infraestructura y planificación». El juicio es duro, pero toca un nervio central: sin proyectos permanentes, lo que queda tras cada edición es apenas un recuerdo fugaz (muchas veces plasmado en fotografías de las redes sociales de las autoridades), incapaz de transformar estructuralmente el ecosistema cultural de la ciudad.

Democratizar o fracasar
La percepción de elitismo constituye otro de los puntos neurálgicos. Doce respuestas coinciden en que el festival excluye tanto a creadores como a públicos. La crítica no sólo recae en la falta de convocatorias abiertas, sino también en la mala difusión, el costo de algunos boletos y la concentración de actividades en el centro histórico, lo que dificulta el acceso a sectores periféricos y populares de la ciudad. «Tengo muchos conocidos que nunca se enteraron de nada», comenta un asistente.
Democratizar, en este contexto, significa abrir el acceso en varios niveles:
- Que los creadores locales puedan tener presencia real en la programación.
- Que los públicos queretanos de diversos estratos se enteren, asistan y se apropien del festival.
- Que los beneficios no se limiten a quienes ya integran el circuito cultural, sino que alcancen a comunidades escolares, barrios y periferias.
A lo anterior se suma la crítica a la superficialidad de los formatos. Cinco voces reclaman diálogos más largos, horizontales y profundos. En sus palabras: «más charla y menos selfie» y más debate intelectual genuino. Esta queja pone en evidencia otra tensión: el festival fomenta el consumo cultural, pero no necesariamente la formación de comunidades críticas ni la generación de redes duraderas entre creadores y públicos.

La lógica extractiva del festival
El balance general de esta década revela un diagnóstico contundente: el Hay Festival en Querétaro opera bajo una lógica que podría llamarse extractiva del capital cultural global. Extrae recursos públicos, capital simbólico (la proyección de la ciudad como marca cultural) y audiencias cautivas, pero ofrece poco a cambio en términos de infraestructura, transparencia y fortalecimiento local.
El caso de la taquilla destinada al sello municipal Letra Capital ilustra con claridad esta dinámica. De los más de 11 millones invertidos, apenas 135 mil pesos fueron canalizados al fondo editorial, instancia que el año anterior integró al programa del Hay Festival a familiares de su directora. Para la mayoría de los encuestados, esa cantidad no pasa de ser una «migaja» o una «burla»: «Es ridícula esa cantidad ante el dinero invertido en el Hay Festival». La medida, lejos de fortalecer la confianza en las instituciones, acentúa la percepción de simulación y opacidad, misma que fue señalada en 2024, en donde en este mismo espacio dimos cuenta del caso de una funcionaria del municipio de Querétaro, la encargada de Letra Capital, que se ha autopublicado, ha publicado a su hijo y lo impuso en la cartelera del Hay Festival de ese año.

Prestigio sin comunidad
En suma, el Hay Festival ha contribuido a construir prestigio de marca para Querétaro, pero no prestigio compartido con su comunidad cultural. El capital simbólico que genera es vertical, jerárquico y excluyente, más útil para la proyección política y turística que para el desarrollo literario de base.
Lo que está en juego es más amplio que un evento: es el modelo de gestión cultural que encarna. Un modelo dependiente de franquicias globales, desconectado de procesos endógenos y carente de visión estratégica para el mediano y largo plazo. El festival aparece, así, como síntoma de una política cultural que privilegia la imagen sobre la sustancia, el espectáculo sobre la infraestructura, la franquicia sobre el artista local, y el consumo sobre la comunidad.
El desafío de los próximos diez años
El reto para la próxima década es monumental. Querétaro deberá decidir si continúa siendo un anfitrión pasivo de eventos globales o si aprovecha el prestigio del Hay para reorientar su política cultural hacia un modelo endógeno, democrático, sostenible y horizontal.
Esto implica:
- Replantear la distribución de los recursos públicos, priorizando la infraestructura cultural permanente.
- Diseñar mecanismos de participación transparentes para creadores locales.
- Ampliar el acceso del festival a públicos diversos, más allá del centro histórico.
- Convertir al Hay en un espacio de mediación y articulación, no sólo de consumo.
Sólo así la ciudad podría dejar de depender del prestigio importado y comenzar a construir un prestigio propio, basado en la solidez de su comunidad cultural y en la capacidad de articular lo global con lo local.
El futuro del Hay en Querétaro no tendría que decidirse únicamente en los escenarios internacionales o en el escritorio de funcionarios públicos, sino en la medida en que logre enraizarse en la vida cultural cotidiana de la ciudad. Menos espectáculo y más infraestructura; menos consumo, más comunidad: esa es la disyuntiva que definirá si, en diez años, el festival será recordado como un enclave pasajero o como un verdadero motor de transformación cultural.
La encuesta “A 10 años del Hay Festival Querétaro” se levantó de manera abierta mediante la plataforma Formularios de Google, del 9 al 16 de septiembre. Las respuestas fueron completamente anónimas, ninguna opinión se atribuyó a nombres propios. El análisis de contenido de las respuestas se hizo de manera colectiva mediante la herramienta Atlas.Ti. Las respuestas se pueden consultar de manera íntegra en el siguiente enlace: http://bit.ly/3K7Eedl
CONOCE MÁS:
AQUI PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “PONGAMOS QUE HABLO DE LIBROS”, LA COLUMNA DE CARLOS CAMPOS PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/carlos-campos-pongamos-que-hablo-de-libros



Excelente análisis, gracias Carlos, sin ser una experta me doy cuenta de tu amor a la cultura, de tu deseo de atomizar la misma con más oportunidades para escritores, creadores, gestores y más que incidan en un Querétaro más equilibrado a través de lo cultural, eso nos beneficia a todos a la larga.