Autoría de 5:45 pm Desde la UNAM

2 de octubre, ¿no se olvida? – Abel Martínez Hernández

La UNAM tiene como responsabilidad social salvaguardar la memoria estudiantil y, sobre todo, no dejar que se diluyan en la indiferencia problemas que están estrechamente vinculados a su comunidad. Es así como el 2 de octubre sobrevive en la memoria de los estudiantes, profesores y administrativos, pero existe un problema, la matanza en la Plaza de las 3 Culturas parece ser un tema que sólo compete a los universitarios, la indiferencia social e institucional parece haber olvidado lo sucedido aquel día del año 1968.

Muchos gritan que el 2 de octubre no se olvida, pero, ¿acaso este grito se habrá convertido en una costumbre y no realmente en una reflexión profunda de lo que sucedió? Muchas de estas consignas al pasar de los años se han convertido en estandartes políticos de luchas inocuas y estériles; partidos políticos se han colgado de ellos para posicionarse y, en muchos de esos casos, lucrar con los movimientos al punto de llegar a la revictimización. Otros casos, los que tal vez lo griten genuinamente, son señalados como gente sin quehacer o que pretenden hacer “grilla”.

También es cierto que este dolor no les compete a todos, la matanza del 2 de octubre de 1968 es una herida estudiantil que, lamentablemente en México, está separada completamente de la sociedad. No podemos reprocharles nada, en nuestro país la educación nunca ha sido una prioridad, y la razón más grande es porque al poder no le gusta que lo cuestionen.

En México existe una gran brecha entre lo que sucede en la calle o el campo y lo que sucede en las universidades, ante esto, ¿cómo podemos pedir que el 2 de octubre no se olvide? Es imperativo comenzar a cerrar esta brecha y comenzar a articular las cosas que ocurren en la vida universitaria con las que acontecen fuera de ella. Al final, esa es una de las retribuciones sociales que tiene la universidad pública: hacer que las investigaciones, la educación y la cultura lleguen a cada rincón del país y que no se queden en los muros universitarios.

Hoy la generación Z (nacidos entre 1995 y 2010) se han dejado de cuestionar sobre sus vidas. La memoria es de corto plazo y han dejado de mirar hacia atrás. Esto no es su culpa, los jóvenes están mirando hacia adelante, hacia el futuro, que cada vez parece menos prometedor. Mirar atrás, y ser conscientes de sus pasados, les presupone una pérdida de tiempo. Asimismo, les han dicho que deben aprovechar para trabajar y ser productivos, en otras palabras, no hay tiempo para la reflexión.

¿Qué harán estos estudiantes si no se cuestionan su pasado? Ese pasado que los hizo llegar a donde están ahora, ese pasado que les ayudará a reflexionar su quehacer como juventud en colectivo. Las protestas estudiantiles no deben morir en la indiferencia de un solo grupo, al contrario, deben sobrevivir en la memoria nacional, no como víctimas de un hecho atroz, sino como símbolo de luchas ganadas, de derechos adquiridos y de dignidad humana. Los jóvenes tienen la responsabilidad de llevar esa “bandera” a la comunidad, deben recordar que son ellos quienes dinamizan el mundo y que son ellos quienes deben cuestionar el poder. Con estas herramientas, ahora sí, podrán voltear la mirada hacia enfrente y enfrentar el futuro complejo.

Las redes sociales nos dictan qué hacer y los influencers nos muestran cómo se puede vivir la vida por medio de la promoción de productos y menciones pagadas. Esto es una mera ilusión que confunde a nuestros jóvenes. Las historias de “éxito” efímero que presumen y promueven los creadores de contenido no son más que una ilusión a la que muchos de nuestros estudiantes no pueden acceder, pero les hacen creer que sí. No cuestionan su entorno social, su contexto, ni sus condiciones materiales, son artífices de un sistema preparado para alienarnos y hacernos ilusionar con que nuestras vidas pueden ser resueltas con la inmediatez del consumo.

Con todo lo anterior, no quiero decir que la herida profunda que dejó el 2 de octubre esté disuelta, todo lo contrario, lo que quiero poner sobre la mesa es que nosotros, los universitarios, tenemos una responsabilidad, somos herederos de un pensamiento crítico, promotores de justicia social y guardianes de la autonomía universitaria en la que se albergan todas la libertades y derechos adquiridos por aquellos que lucharon y ya no están con nosotros.

Ante todo, los movimientos sociales y los movimientos estudiantiles quedan al margen de un sistema que está en la despiadada misión de bórralo de la memoria colectiva, y para ejemplo de ello sólo hace falta recordar que el exmandatario francés Nicolas Sarkozy, cercana la fecha al 40 aniversario del Mayo Francés, solicitó liquidar toda herencia de aquel vergonzoso episodio cuando miles de estudiantes también fueron reprimidos por fuerzas armadas del Estado. Lo mismo ha sucedido con nuestros mandatarios a lo largo de 57 años: han querido ignorar la mancha que dejaron en nuestros pasillos, en nuestras aulas, en nuestras calles, en nuestra memoria.

Ni perdón ni olvido, a todos aquellos que borraron el ímpetu de nuestras y nuestros estudiantes, quienes se pronunciaban en contra del autoritarismo, en contra del abuso de la fuerza, en contra de la transgresión a la autonomía universitaria, en contra del atropello a los derechos, pero sobre todo al atentado contra la dignidad humana.

Abel Martínez Hernández es profesor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Juriquilla, UNAM

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Last modified: 5 octubre, 2025
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