ENTREVISTA: MARICARMEN FERNÁNDEZ CHAPOU / LALUPA.MX
Madrid, España.— Es bien sabido que a Joaquín Salvador Lavado, Quino (1932-fallecido en septiembre de 2020 a la edad de 88 años), no le gustaba hablar. Sus caricaturas sustituyeron sus palabras y, por eso, reunió en 528 paginas “lo mejor” de sus dibujos humorísticos: “Ellos hablan por sí solos”, dijo en su momento sobre Esto no es todo (Lumen, 2001), que muestra a un Quino ecléctico y diverso, pero que preserva su faceta crítica que siempre tuvo.

Como un homenaje a su obra, se reproduce una de las pocas charlas que mantuvo sobre sí mismo, en 2001.
—La idea —contaba el argentino— era convocar a distintos editores, entre ellos a los españoles, argentinos, mexicanos y yo mismo para seleccionar lo que se consideraban las páginas más logradas de mis libros ya publicados. Cada uno seleccionó las páginas que más les gustaban: la española Esther Tusquets eligió aquellas que tenían que ver con los animales; Daniel, el editor argentino, y su mujer, eligieron todo lo que fuera política, sociología y también bastante de música; yo elegí páginas que para mí eran imprescindibles y que no las votó casi nadie, algunas me aguanté que no se publicaran y otras dije: bueno, pero si yo soy el autor, a mí me gustan, hay que meterlas. Y fue realmente un experimento muy interesante. Luego de la selección quedaron 528 páginas de muy diversos temas y personajes, y creo que ha quedado un libro muy bonito. A mí no me gusta hablar, así que para eso están estas páginas, para expresarme.

No obstante, Quino recibió en aquel año el Premio Quevedo por parte de la Universidad de Alcalá de Henares, España, en reconocimiento a sus entonces 50 años de “humor y crítica”, y para presentar Esto no es todo, ocasión en la cual conversó con su público:

—Hay una tendencia del público a relacionar a los autores con sus personajes, ¿significa este libro una especie de revancha ante la permanente atención que reclama Mafalda?
—Sí, un poco. A mí me sorprende esta fijación que tiene la gente con Mafalda, mientras con otras tiras de humor que yo considero igualmente buenas (y a veces mucho mejores) no le prestan tanta atención. Creo que es por el hecho de que Mafalda la hice durante diez años, es una familia que tiene nombres, es un personaje que se repite; en fin, los recursos del humor, sobre todo del viejo humor, que consisten en repetir los chistes hasta que la gente los conozca mucho. Es indudable que también de algunos compositores se conocen temas que se consideran mejores que su obra toda. Creo que es una cuestión inevitable.
“Sin embargo, es cierto que en la época en que yo hacía Mafalda me llegué a sentir mucho más cercano a la niñez en ese momento; me parece que ahora no podría plasmar tan bien la niñez. Además, lo que yo digo siempre es que si yo no hubiera dejado de dibujar Mafalda, a estas alturas Mafalda sería una tira más de esas que uno lee por costumbre y hubiera dejado de sorprender, porque nadie puede mantener 50 años una tira.

“Yo no quería que mi historieta se transformara como estos boxeadores que terminan yendo por pueblecitos a luchar contra unos pobres desgraciados. Además, entonces yo tenía la mitad de años de los que tengo ahora [entonces Quino estaba a un año de ser septuagenario], hoy mi visión del mundo es muy distinta y la Mafalda también sería muy distinta. La gente tiene nostalgia de aquella Mafalda porque creo que tiene nostalgia de aquella época también, en la que creíamos que los jipis iban a revolucionarlo todo, y aquello de la Guerra de Vietnam, el Che Guevara y todo eso. Y mira dónde quedó todo”.

—¿Cree que sigue habiendo lugar para la caricatura social y política?
—Creo que sigue habiendo humor gráfico de corte político en los periódicos y las revistas, pero cuando uno va a una librería y ve la parte de humor gráfico y uno pregunta por un libro, se encuentra con que generalmente no lo tienen. Me parece que ha decaído bastante el interés de la gente en esto. Es un fenómeno que se produce en todo el mundo; tan sólo quedan Bélgica y Francia, que son los bastiones de grandes sectores de cómics y de humor, pero en cuanto al resto me parece que ha decaído mucho.

—¿Cuáles son los temas que nunca trataría en una caricatura?
—Hay temas que nunca trataría, en efecto. Por ejemplo, la tortura. Tengo una bronca con Amnistía Internacional porque siempre me piden colaborar y yo me niego y les digo que un tema tan dramático como la tortura perdería gravedad. Desastres tan comunes en América Latina como los terremotos, tampoco…
—¿Y el sexo?
—Cuando yo llegué de mi provincia a Buenos Aires a recorrer editoriales me dijeron que religión, sexo, militares y curas, mejor del otro lado, entonces me ha quedado una cosa de autocensura con ciertos temas.

—Si Mafalda fue el reflejo de su tiempo, ¿hoy qué personaje elegiría como el más significativo según los tiempos que corren?
—Es que precisamente la libertad que me da no hacer un personaje fijo es esto: no tener un personaje fijo, sino cada semana hacer lo que se me ocurra y se me da la gana. Eso es lo que he tratado de hacer sierpe, desde que empecé en el año de 1945; Mafalda duró sólo diez años. Aunque, pensándolo bien, si antes eran los niños, hoy creo que serían los viejitos despistados como yo —y ríe.



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