En días pasados se presentó la conferencia “Violencia digital. Lo virtual es real”, de la activista Olimpia Coral Melo, conocida por impulsar la creación de la Ley Olimpia, una reforma que sanciona la violencia digital. La cita fue en la Facultad de Derecho de la UAQ, donde se destacó que las plataformas de comunicación digital son un espacio en el que se han dado muchos abusos a nivel internacional, exponiendo la intimidad de las mujeres sin precedentes. Hemos aprendido sobre la marcha que de manera frecuente se conforman espacios de varones para compartir desnudos de parejas o exparejas, sin el consentimiento de las personas expuestas. Particularmente, Olimpia convirtió su experiencia en una lucha colectiva para lograr penalizar este tipo de prácticas en México.
Coral Melo comentó qué apenas 30% de los casos se denuncia debido a que no existe confianza en los procesos legales. Es preocupante, dijo, que hasta algunos moteles tengan la práctica de grabar a las parejas sin su conocimiento. También subrayó que Querétaro se encuentra entre los siete estados con más incidencia de violencia digital. No obstante, su campaña ha rendido frutos tanto en México como en algunas partes de Estados Unidos.

¿En qué consiste la reforma penal de la Ley Olimpia?
La llamada Ley Olimpia se centra en la reforma a la legislación penal enfocada a la violencia sexual digital al compartir material sexualmente explícito sin consentimiento. Acorde con esa legislación, en su artículo 167 el código penal de Querétaro establece qué tanto el que obtenga como el que comparta imágenes sexualmente explícitas, sin consentimiento, puede tener una pena de 3 a 6 años de prisión o una multa de 1000 a 2000 veces el valor de la UMA. Igualmente, la sola amenaza de difusión de videos o imágenes eróticas sexuales de una persona obtenida con o sin consentimiento también tiene la misma pena.
En el contexto de las redes sociales esto se complica aún más, pues basta un solo clic para exponer a las mujeres al escarnio, no solamente a través de la pornografía digital involuntaria. En el caso de Olimpia como de otras personas, este contenido por lo general se documenta en contextos íntimos con la pareja sexo afectiva y, no pocas veces, es compartido en tiempos en los que se busca una revancha al terminar la relación por las razones que sea. Es decir, se hace con la intención de humillar y lastimar a las mujeres.

Otras formas de violencia virtual a las mujeres
No solamente la exposición de material sexual explícito es lo que se atestigua en el espacio virtual. Dentro de las formas de violencia misógina, las prácticas de escarnio colectivo a las mujeres van dirigidas a causar daño moral, miedo o malestar psicológico. Conforme las mujeres se hacen más visibles y toman puestos de liderazgo, también son sujetas de manera más frecuente a ser el objeto de ataque misógino. Como experiencia propia, ha sido cíclico encontrarme en medio de insultos dirigidos a ridiculizar a una mujer, lo mismo la que realiza actividades que, de acuerdo con el machismo, se supone debería hacer un hombre —denostando su estilo de trabajo y forma de liderazgo—, que la que recibe motes que pretenden disminuir su valor como ama de casa o como madre. La intención es que quede muy poco de dignidad que salvar. Este caso en particular es más complejo puesto que los delitos de difamación y calumnia ya han sido eliminados de la legislación penal. Quedando entonces la vía civil, como la única, para demandar daño moral por los excesos cometidos.
¿Qué hacer en caso de ser foco de agresiones directas e indirectas a través de redes sociales?
Gisele Pelicot —drogada y violada por su exmarido por casi una década, y quien, además, invitó a decenas de hombres reclutados por Internet a mantener relaciones sexuales mientras ella estaba inconsciente— ha puesto el ejemplo, poniendo de manifiesto que la vergüenza debe cambiar de bando, pues ella decidió renunciar al anonimato y sacar a la luz el histórico juicio donde se condenó a sus agresores para que todos conocieran a éstos.
Siguiendo el ejemplo de Gisele, para casos de violencia digital o virtual de género se debe denunciar directamente a las personas agresoras con nombre y apellido, y acompañar esta denuncia con la imagen del texto de agresión. Si bien es frecuente que una vez que los agresores se ven expuestos se detienen, esto no siempre funciona. En México suelen alimentarse estas discordias hasta desbordarse, y lo que comienza como un encarnizamiento verbal a veces termina en amenazas en la integridad física o incluso hasta la muerte.
En un país donde 10 mujeres mueren a diario simplemente por el hecho de ser mujeres, una amenaza de feminicidio no debería ser tomada a la ligera. Ya no se trata solamente de daño moral, sino también que toda esta cadena de publicaciones en redes que anteceden a la amenaza son prueba suficiente de lenguaje violento e incitación al odio. Todas las personas que propiciaron esta amenaza pueden llegar a tener responsabilidad legal. En el ámbito civil se traduce en pago económico por los daños y perjuicios ocasionados.

¿Debemos cerrar nuestros perfiles en redes sociales?
Las redes sociales son espacios de poder colectivo en donde se puede acceder a información muy valiosa dependiendo la actividad o los intereses de cada quien, pero también se pueden convertir en espacios de violencia virtual. Nadie debería de temer por su integridad simplemente por vivir la vida a su manera o por ser visible por dar su opinión. Sin embargo, es preferible tener más de un perfil, para poder separar la vida pública de la privada y cuidar también a las personas del círculo cercano. No está de más cuestionarse si todos los contactos son personas que vale la pena tener en estas redes. Es importante también denunciar en las plataformas el bullyng o el lenguaje de odio, así como la exposición de material sensible. Las plataformas como Telegram tienen espacios que permiten abrir canales para contenido específico, que pueden igualmente ser denunciados para que sean cerrados en caso de percibir que se está compartiendo contenido que violente a las mujeres.
Debido al trabajo que realizan, hay mujeres más expuestas que otras. Si hablamos por ejemplo de mujeres activistas, líderesas políticas, empresarias gestoras independientes, periodistas, este problema se agudiza. No siempre se puede ni se debe hacer oídos sordos a palabras necias, ante todo hay que recordar que hay ojos y oídos atentos dentro de la colectividad en la que se mueven estas mujeres. Es importante respaldar las alertas de género que se hagan tanto de manera oficial como socialmente. El poder es colectivo, la agresión es personal. Por ello, las redes de apoyo son tan importantes en estas dinámicas.
Los espacios seguros no existen, sino que se construyen, se defienden, se exigen. Las mujeres y las infancias necesitan espacios de desarrollo libres de violencia, y a reserva de poder consolidar un sistema penal y civil que dé garantía de castigo suficiente a estas prácticas, el respaldo social es todavía una herramienta muy poderosa para inclinar la balanza hacia las víctimas.
Acompañamiento legal y psicológico
Quizás pocas personas lo sepan, pero la Secretaría de las Mujeres —tanto a nivel federal como estatal— dan acompañamiento legal y psicológico de manera gratuita y, en casos extremos, hospedaje en casas de seguridad para víctimas de violencia de género. Para quien así lo necesite, existe una línea telefónica permanente (800-108-4053, en el caso federal, y 442-216-4757, a nivel estatal), a fin de brindar ayuda de manera pronta y expedita a las mujeres agredidas o que se encuentran en riesgo.
Mi experiencia personal es que esas instancias están haciendo su trabajo y cuentan con los recursos de policía cibernética, aun y cuando se hayan borrado los mensajes y las cuentas desde donde se haya recibido la amenaza o el mensaje de odio. La huella digital de cualquier publicación, aunque haya durado tres segundos, es rastreable y puede servir para alimentar una carpeta jurídica.
No estamos solas en este camino. Hagámonos más fuertes y protejamos nuestros espacios de desarrollo personal y colectivo. Las mujeres tenemos derecho a una vida libre de violencia.



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