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¿Los tiempos están cambiados? – Víctor Roura

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A partir de diciembre de 2018 las cuestiones culturales, supuestamente, iban a cambiar. Sin embargo, por los nombres inmiscuidos, o barajados, en las designaciones morenistas, la cúpula intelectual —instalada en los poderes político y económico desde los años cincuenta del siglo XX— al parecer continuaría, impertérrita, en su apoltronado reinado del confort porque los lugares que se había otorgado para su apacible desarrollo permanecieron intocados: sólo los nombres, mas no los hechos, sufrieron una metamorfosis.

      De muchos modos, y esta es una historia aún no contada, el núcleo creador mexicano ha vivido bajo el manto protector del Estado, ese caritativo y bondadoso Ogro Filantrópico, a decir del poeta Octavio Paz, a quien su amigo el presidente Carlos Salinas de Gortari concedió, generoso, la invención del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que permaneciera durante cuatro sexenios sin fundamento jurídico… hasta la administración peñanietista que lo convirtió, por fin, en Secretaría. Más de un cuarto de siglo fungió un Consejo para específicos intereses grupales, porque ni las dos consecutivas presidencias panistas modificaron un ápice la situación de la cultura. Es más, en ambos sexenios blanquiazules incluso fueron incorporados, en distintos ángulos, los mismos personajes priistas que impusieron su régimen inequitativo en la distribución de los bienes materiales culturales.

      ¡Durante todo el foxato la presidenta de este Consejo cultural fue una locutora que había prestado su nombre para la autoría de un libro, que ella no escribió, consagrado a resaltar los dones de la futura esposa del mandatario panista!

      Becas, compensaciones, viajes, recompensas, premios, distinciones, prebendas, componendas y resarcimientos puntuales a una compacta asociación cultural: ¡desde la repartición financiera a los becarios escritores, por ejemplo, no ha sobresalido uno solo proveniente de todos esos años maravillosos! Porque, por desgracia, la beca cultural es ambicionada por su carácter monetario, no por su probable estimulación creadora.

      Lo que ha propiciado esta beatífica distribución becaria es la codicia, no la alimentación artística. El sexenio peñanietista, convencidamente televisivo (¡lo otorgado en concepto publicitario, digamos, a Televisa marca un récord inconcebido de más de diez mil millones de pesos!), fue asimismo, y de manera paradójica (por el asesinato masivo de los estudiantes de Ayotzinapa), el primer gobierno en izar la bandera a media asta en un acto público en recuerdo de la matanza de Tlatelolco reconociendo, con ello, el crimen de Estado y el que concretara —el gobierno peñanietista— las bases legales para, aun sin importarle, conducir con firmeza, por fin, institucionalmente (lo que es decir, acaso, democráticamente) las riendas endebles y parcializadas de la cultura, ¡porque en efecto se declaraba en luto afirmando el crimen de Estado acaecido en Tlatelolco en 1968 —medio siglo después— invisibilizando a la vez el pavoroso asesinato de  los estudiantes de Ayotzinapa!

      Pero se aproximaban nuevos tiempos, se decía, y las cuestiones culturales, supuestamente, comenzarían a cambiar.

      A partir de diciembre de 2018.

      Se decía.

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Pero lo ocurrido fue sólo una cambiante vuelta de tuercas con otros nombrs que, por supuesto, hizo enfadar a los que recibían cantidades ingentes de dinero al mirarse completamente desnudos de aquella bendecida protección definiéndose como, acaso sin querer, ciudadanos sorpresivamente convencionales y situados políticamente a la derecha, tal como sucedió, cuando se habían contemplado acaudalados distantes, con gente presuntamente izquierdista como el español Joaquín Sabina o el argentino Andrés Calamaro.

      ¡De pronto intelectuales presumiblemente izquierdistas como Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Denise Dresser, Paoli Bolio, María Amparo Casar, José Antonio Crespo o Leonardo Curzio aparecían con declaraciones iracundas en contra del gobierno morenita, declarademente izquierdista que los había dejado fuera del presupuesto gubernamental!

      Sin embargo, los decisores de la cúpula cultural, para el sexenio del tabasqueño López Obrador, se habían ido difuminando de a poco de esta vida, dejando el terreno descabezado, acéfalo, prácticamente virgen, sin abonar,  en estas cuestiones: me dicen que Carlos Monsivás, si viviera —contraponiéndose a las creencias de la alianza morenista—, y hubiera sido desplazado de las canonjías financieras —finalmente siempre acomodado con Dios y con el Diablo para no dejar, nunca, de percibir enormes cantidades de dinero—, sin duda habría estado del lado de su amigo Aguilar Camín: los izquierdistas durante el obradorismo se convirtieron drásticamente (¿necesariamente?), en derechistas.

      La cuestión no es lo que el gobierno obradorista dejó de hacer, o no hizo, sino averiguar la causa de su desprecio —o animadversión, o indiferencia, o  desinterés, o desdén— por el aroma pluralizado de la cultura: Óscar Chávez, fallecido a los 85 años de edad el 30 de abril de 2020 en el mero inicio de la pavorosa pandemia sin haber visto, ni vivido, los resultados de la victoria morenista donde un presidente por fin se acercaba a las ilusiones de un compositor que siempre cantó a la libertad y a la crítica social, decía en 1991 que era “terrible para este país saber que toda la gente del 68 es la que hoy nos gobierna. ¿Cómo se puede interpretar esto? Pese al colapso del 68, aquella generación se está acomodando en el poder. Entonces, ¿de qué sirvieron las antiguas causas? ¿No sirvió para nada?”

      Ignoro qué hubiera pensado Óscar Chávez de haber mirado, o sentido, este menosprecio gubernamental por la cultura en lo general.

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La sociedad política, pese a su ampuloso discurso acerca del beneficio de la cultura a —y en— las clases vulnerables y vulneradas, se ha quedado cruzada de brazos en este mismo rubro cultural. Ciertamente, el sexenio peñanietista legitimó la cultura otorgándole argumentos jurídicos al grado de convertir, 27 años y once días después —del 7 de diciembre de 1988 al 18 de diciembre de 2015—, un Consejo en Secretaría: los dineros se repartirían de igual modo pero de manera más, digamos, institucionalizada, porque los “apapachos” —como gusta en decirles Aguilar Camín— prosiguen cortejándose (¿cotejándose?) de un modo acaso un poco más discrecional, si lo comparamos con el pasado: el dinero es ahora otorgado a los supuestos izquierdistas, ya no a los derechistas del victorioso pasado.

      Una cúpula instalada en los poderes económicos no ha sido removida un centímetro (sólo los nombres han sido cambiados, las costumbres no), y las consecuencias del privilegio son notorias: los anteriores influyentes pasan hoy de conservadores en la espera de ver renacidas sus alianzas financieras, de ahí su rauda unión pontificadora en una disidencia arbitrariamente, a su modo, política, no en vano sus manotazos, sus gestos de ofuscación, su encono visible.

      Sin embargo, el juego interno no cambió en lo absoluto: el favoritismo a un determinado núcleo intelectual continúa impertérrito, si bien integrado por otras personalidades, que de forma diríase idéntica velan por sus propios intereses.

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Last modified: 14 octubre, 2025
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