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Licitaciones e ilícitos – Víctor Roura

Una cosa es el medio de comunicación y otra sus empleados, en ocasiones incluso no aptos para la comprensión informativa. Una cosa es el periódico y otra sus periodistas, a veces no necesariamente imbricados. Una cosa es el portal digital y otra cosa los que moran en él.

      En un rotativo de inclinaciones derechistas puede haber cupo para gente progresista. En un tabloide de izquierda es posible la inserción de personas reaccionarias. En una publicación de aparente apertura democrática son imprescindibles las listas negras, cuya inexistencia puede ocurrir en revistas de férrea filiación política.

      Durante los gravosos acontecimientos de octubre en 1968 la prensa más refinada intelectualmente no fue la que contó con mayor veracidad la relación de los hechos, sino la que, modesta, apenas se entreveía en los kioscos de las calles.

      Cuando por fin se otorgaron las plazas para incorporar al espacio satelital a dos consorcios televisivos no significó, en lo absoluto, que el aparato gubernamental reconociera, aunque tardíamente, la pobreza de los contenidos que campea en el país debido a la cortedad de miras del llamado duopolio mediático, asentado básicamente en intereses comerciales.

      Dicha apertura se dio finalmente por motivos meramente económicos, pues el único requisito exigido por el Estado era la solvencia pecuniaria de los solicitantes, fueran o no entendidos en el rubro televisivo. Los que donaron los miles de millones de pesos al erario, uno en evidente contraste financiero (¡más de tres mil millones de pesos!) que el otro (¡sólo mil 800 millones!), son, ambos, acaudalados de la ciencia informática, aun sin tener conocimientos de la sociedad informativa: dueños de Radio Centro y de Grupo Imagen Multimedia, respectivamente, ocuparon sólo una parte de su riqueza para apoderarse de las licitaciones en venta, exhibiendo, de este modo, la real finalidad de la cuestión: la comunicación, o lo que de ella quedare, se vende al mejor postor, no forzosamente a la persona idónea.

      Los consorcios que adquirieron el mercado de la televisión ya han demostrado, con su trabajo previo, la línea mercantilizada, afín a los emporios ya establecidos en el país: la sociedad pronto se convertirá en un agraciado tetrapolio.

      La declaración de Peña Nieto acerca de que con estas licitaciones el mercado de la televisión ganaría en un abanico de pluralidad aumentando a su vez la sana competencia creativa fue, sólo, un discurso de cortesía a los inversionistas, pues sus antecedentes, demasiado visibles como para pasar inadvertidos, los calificaban de antemano como simpatizantes inequívocos de la banalidad, la cursilería, el amarillismo y la explotación del rumor.

      Porque una cosa es el medio de comunicación y otra sus empleados. La consecuencia de la independencia, o del manejo de la autonomía en un consorcio establecido, la vivió el país nuevamente en el caso de Carmen Aristegui, quien, ella sola, restauró los diales con su solvencia informativa: fue despedida de los estudios de MVS con la soberana justificación, por parte de este medio, de que ella se estaba adueñando de una marca que no era suya.

      Porque, efectivamente, un periódico no es lo mismo que un periodista, ni un periodista obligadamente representa a un periódico; sí, en cambio, un periódico puede sobrevivir sin un solo periodista, así como un periodista, sobre todo si tiene honorabilidad, puede no tener cabida en ningún medio. Porque es muy sencillo hablar de, y admirar y ensalzar a, los periodistas “peligrosos” e “incómodos” de tierras distantes, no así tratar con los cercanos, con los que pisan el mismo suelo, con los que pueden perjudicar los intereses, aun sin proponérselo, de terceros.

      El caso de Carmen Aristegui, luego de haber entablado ―con matices superfluos, incluso denigratorios, que muestra el vivo rescoldo que viven entre sí los periodistas― con su despido de MVS numerosas reacciones tanto de encono como de solidaridad, exhibe una sola cosa: las grandes empresas periodísticas no pertenecen a los periodistas, sino son movidas, o impulsadas, o aleccionadas, de acuerdo a los subterfugios y respaldos económicos provenientes de la sustanciación federal.

      Porque aquel argüende, mal encubierto, conllevaba evidentemente un conflicto político, al grado de que la Secretaría de Gobernación, sin tener razón alguna aparente para mediar en el suceso, intervin para declarar su respeto irrestricto, según sostuvo, a la libertad de expresión.

      ¿Y por qué la aludía?

      Porque notoriamente hubo una excesiva reprimenda a la libertad expresiva, aquella vez (otra vez) en la figura de una entonces prominente comunicadora. Y la sentencia fue una perfecta parábola: las adineradas empresas de comunicación no son de los comunicadores, sino de los que las sujetan y ciñen en los mercados de los arbitrios y las relaciones unilaterales.

      La prensa electrónica no es para los periodistas, sino para el servicio de los que puedan solventarla. Cuando Pilatos se lavó las manos para excusarse de la crucifixión de Cristo, lo hizo a sabiendas de la trágica maquinaria que había desatado en contra de un hombre que se rebelaba en sus dominios. Era el arma pública, el lavarse las manos, para su propia redención.

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Last modified: 26 octubre, 2025
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