Autoría de 1:10 pm Desde la UNAM

Sobre modelos matemáticos, epidemias y la realidad del país – Jorge X. Velasco Hernández

El estudio de enfermedades infecciosas es fascinante, y el uso de herramientas matemáticas para comprenderlas lo vuelve aún más interesante. Como profesional de las matemáticas, encuentro un profundo placer en utilizarlas y observar su poderío en la formulación y el análisis de modelos simples que permiten capturar la esencia de un fenómeno y, con ello, explicar mecanismos naturales que, de otro modo, permanecerían ignotos.

Ciertamente, como han dicho grandes científicos, la naturaleza está escrita en el lenguaje de las matemáticas. Sin embargo, esta expresión es también enormemente vaga y traicionera si no se incorpora a su interpretación el contexto social en el que las matemáticas y el quehacer matemático se desarrollan. El discurso histórico y epistemológico dominante en la actualidad todavía, en gran medida, minimiza la visión de la ciencia como actividad colectiva que se desarrolla en una comunidad específica, inserta en un contexto social determinado; pese a la evidencia, únicamente se habla de los grandes científicos, en su mayoría hombres, que marcaron el devenir de la ciencia.

Los comentarios precedentes los hago porque, en mi experiencia como académico formado en la tradición nacional de las ciencias matemáticas y biológicas, la forma en que uno aprende a trabajar con modelos matemáticos no nos prepara para la realidad social en la que se modela; encontrarla es una experiencia que marca. En mi caso, estaba haciendo mi tesis doctoral sobre la enfermedad de Chagas y mi hermana, que es antropóloga, trabajaba en la ruta de la seda en Oaxaca, en una zona de alta prevalencia de la enfermedad. Desde el punto de vista teórico, me interesaba que esta enfermedad pudiera ser transmitida de manera vertical, de madre a feto; un fenómeno que en aquella época resultaba de interés para el estudio de las consecuencias de dicha transmisión sobre la prevalencia de la enfermedad. Para ello, había construido un conjunto de modelos matemáticos que incorporaban el ciclo de vida del vector y la demografía de la población humana, y que producían resultados que evidenciaban la importancia de los distintos mecanismos de transmisión: por el vector insecto, por transfusión de sangre y por transmisión vertical. Durante el único periodo vacacional en que pude visitar México cuando estudiaba el doctorado, mi hermana antropóloga me invitó a viajar con ella por la zona de Jamiltepec, en la mixteca de la costa oaxaqueña, porque ahí había identificado la abundante presencia del vector que transmitía la enfermedad entre la población indígena.

Acepté la invitación de inmediato. Llegué a Oaxaca y, en una mañana fría de invierno, ella y yo, junto con sus colaboradores, nos dirigimos en una camioneta pickup roja hacia Jamiltepec. El camino es realmente de una belleza impresionante: no sólo la geología, con formaciones rocosas de color rosa y verde, sino también el paisaje vivo, con los cambios de vegetación que van de arbustos secos y tristes a encinos o bosques de cactus, únicos en el continente. El paisaje humano también era peculiar: una vez dejada la carretera Panamericana, cuando nos adentramos por caminos de terracería hacia el corazón de la mixteca oaxaqueña, la radio cambió, todo lo que captábamos eran estaciones que se expresaban en mixteco. La experiencia es única. Yo, que soy de Oaxaca, estaba acostumbrado a escuchar la variedad de idiomas que se hablaban en la ciudad de Oaxaca cuando niño, pero entrar en una zona que sólo hablaba mixteco fue como entrar en otro mundo. Conocía el istmo, donde el zapoteco es lengua franca, pero no me lo esperaba del mixteco. En fin, no me extenderé más en esto y regreso al tema central de esta contribución.

Llegamos a Jamiltepec después de varias horas de camino. La zona es hermosa: el paisaje es de selva, llena de árboles enormes, flores, plantas de hojas del tamaño de una ventana grande, de un verde intenso, con el aire con olor a fruta y mar, la vegetación del borde del camino poblada de iguanas y chintetes, las charcas llenas de ranas nada asustadizas y el cielo surcado por aves grandes de colores varios y graznidos peculiares, un lugar donde el agua fluye en abundancia, pero también era un lugar lleno de desigualdad y de pobreza. Mi hermana había identificado un sitio del pueblo, del otro lado de la carretera, que los servicios de salud del estado habían visitado recientemente y fumigado, pues se había hallado una enorme abundancia de chinches besuconas, hemípteros del género Rhodnius, transmisores de la enfermedad.

En una de las casas que visité, la familia estaba compuesta por unas 12 personas; en ella vivía la familia extendida: el papá, la mamá y cuatro hijos, y las esposas de los hijos varones, cuatro de ellos con hijos, incluido un pequeñín de escasos meses de edad. Todos ellos, excepto el muchito más pequeño, habían resultado seropositivos para la enfermedad de Chagas. Sólo hablaban mixteco; la señora mayor todavía usaba la vestimenta tradicional de la costa, que consiste en una falda de enredo y el pecho descubierto. La vivienda era un caserón de un solo cuarto, de piso de tierra y paredes de adobe y carrizo, donde había una gran mesa de madera, un altar con un cristo de madera también, tallado de manera tosca, pero muy expresiva, con unos ojos enormes, lleno de sangre en su cuerpo y oscuro por el humo de las veladoras eternas que lo rodeaban, iluminando, con su tenue luz, la enorme habitación que de otra manera sería profundamente oscura.

Más allá, estaba la gran recámara, donde la familia dormía sobre petates y colchones que habían estado recientemente infestados de chinches. Después de presentarme, la familia me dejó entrar a la casa donde inicié mi recolección. Mientras lo hacía, hincado en el piso y levantando petates, yo pensaba: ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Qué es lo que realmente estoy haciendo al construir modelos? ¿Para qué estoy estudiando esto? Me sentía apenado, avergonzado, casi inútil pues, entonces, en ese encuentro, lo único que pensaba es si realmente lo que estudiaba lejos de ahí, en el país mas poderoso del mundo, iba a ser de algún beneficio a la pobre gente que me recibía generosamente, que me dejaba entrar en su casa y respondía mis preguntas, pero que cuando yo me fuera iba a seguir en esa situación de miseria y discriminación.

Ese fue mi primer encuentro con la realidad de la epidemiología, que me dio un golpe de realismo y determinó de manera importante mi visión de lo que significa hacer ciencia y matemáticas. Hoy, después de muchos años de ese primer encuentro, he intentado en mi carrera regresar a la sociedad eso que aprendí. Lo he hecho, seguramente, de manera incompleta, ineficaz y corta respecto a las grandes necesidades de Oaxaca, en particular, y del país en general, pero siempre con un pensamiento consciente: nunca olvidar de dónde vengo ni a la gente a la que mi quehacer como científico se debe.

El doctor Jorge X. Velasco Hernández es investigador del Instituto de Matemáticas de la UNAM, en la Escuela Nacional del Estudios Superiores Juriquilla

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Last modified: 2 noviembre, 2025
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