¿Llevar una máscara nos hace falsos o simplemente humanos?
Vivimos intentando mostrarnos auténticos, aunque cada contexto nos exige una versión distinta: la profesional, la social, la íntima. Fingir parece un pecado moderno, pero lo cierto es que todos lo hacemos. Parece que nadie sobrevive sin un poco de teatro.
En 2025, año en que las redes sociales se llenaron de filtros que prometen “mostrarte tal como eres”, resulta paradójico que nunca hayamos pensado tanto en la autenticidad. Influencers que confiesan su agotamiento emocional, políticos que ensayan naturalidad en sus discursos, empresas que venden transparencia empaquetada. En medio de ese escenario saturado de “yo reales”, hablar de máscaras ya no es una rareza: es una necesidad.
He escuchado muchas veces que todos tenemos tres caras: una para el mundo, otra para los cercanos y una tercera que no mostramos a nadie. Algunos dicen que es un proverbio japonés, otros que es más bien una idea con sabor a psicología moderna. Sea como sea, tiene algo de cierto. Somos, al mismo tiempo, el personaje que interpreta, el que observa y el que intenta descubrirse detrás del telón.
La primera cara: el papel que interpretamos
Es la que mejor ensayamos. Es la de los saludos cordiales, las videollamadas profesionales y las fotos con frases cuidadosamente espontáneas. Es la versión pública, la que parece tener siempre algo que decir, aunque por dentro se le esté trabando el sistema operativo. La sociología ya lo había advertido: todos actuamos un poco. Erving Goffman, por ejemplo, decía que la vida cotidiana se parece a una obra de teatro donde cada quien cuida su papel. La primera cara no miente, simplemente sobrevive en sociedad; es la del equilibrio, esa que dice “todo bien” incluso cuando no es así.
La segunda cara: el ensayo más honesto
Aparece cuando se aligera el libreto. Es la que se muestra entre amigos, en la sobremesa o cuando alguien nos escucha sin mirar el reloj. Ahí ya no hace falta tanta producción: la risa es más honesta, las contradicciones más visibles y los filtros, menos necesarios. Aquí se asoman esas pequeñas verdades que uno prefiere mantener en reserva. Ejemplos como en aquella persona que predica la calma pero se desespera en el tráfico, o que jura no depender de los likes pero los cuenta. Todos tenemos un poquito de eso, y está bien.
A veces las máscaras se nos cruzan sin darnos cuenta. Decimos “qué gusto verte” mientras tratamos de recordar de dónde conocemos a la persona, o fingimos serenidad mientras el repartidor busca el cambio exacto y el alma se nos sale por la impaciencia. No es falsedad: es diplomacia emocional. Una forma discreta de mantener el equilibrio entre lo que sentimos y lo que el mundo espera.
La tercera cara: el rostro tras el telón
Es la más oculta. No aparece ni en reuniones ni en charlas íntimas, sino en los silencios. Es la cara que sale cuando nadie nos ve, cuando ya no hay público ni personaje que sostener. A veces brilla, otras asusta. Es la que se pregunta sin prisa: ¿qué quiero realmente?, ¿cuánto de lo que hago es por convicción y cuánto por costumbre? Ahí no hay guion ni aplauso, sólo verdad. Y la verdad, como la luz directa, no siempre favorece.
El último acto: reconciliarse
Yo creo que el reto no es eliminar ninguna de esas tres caras, sino reconciliarlas. “Quitarse la máscara” se dice por moda, pero la clave es entender por qué la usamos. La primera nos protege, la segunda nos conecta y la tercera nos desnuda. El problema llega cuando olvidamos cuál estamos usando o cuando una intenta devorar a las otras.
Tal vez madurar sea eso: lograr que las tres caras puedan verse al espejo y no se espanten entre sí. Cuando se apagan los roles y el día termina, queda una cara en silencio. No busca aprobación, sólo descanso. Si algún día las tres logran sonreír al mismo tiempo, que nadie las interrumpa; ese sería, verdaderamente, un momento invaluable.
Quizá no tengamos tres caras, sino tres maneras de buscar la verdad: una para sobrevivir, otra para amar y otra para entendernos.
“Tu tarea es descubrir tu mundo y luego entregarte a él con todo tu corazón”.
Buda.
Webgrafía:
– https://thehappening.com/3-caras-diferentes-japon/
– https://psicologiaymente.com/social/modelo-dramaturgico-erving-goffman
AQUÍ PUEDES LEER OTRAS ENTREGAS DE “SAPERE AUDE”, LA COLUMNA DE AGUSTÍN VILLANUEVA OCHOA PARA LALUPA.MX
https://lalupa.mx/category/las-plumas-de-la-lupa/agustin-villanueva-ochoa-sapere-aude


