A propósito de la última edición del Concurso Municipal de Cuento Ignacio Padilla del municipio de Querétaro y su reciente publicación por la editorial Letra Capital, les invito cordialmente a leer el cuento ganador del primer lugar, “Nuestra niña de las moscas”, de Susana Malagón, que, en el género de terror, aborda algunas problemáticas emergentes de los barrios queretanos derivadas de la gentrificación: precariedad económica, prostitución, violencia doméstica y callejera a las mujeres, abandono del Estado.
El factor indomable de las moscas, en el relato mencionado, como seres omnipresentes en la vida y la muerte: las moscas son el hilo conductor que conduce a una madre y a su hija de un funeral de la abuela a la casa que heredaron de la difunta dentro de un entorno urbano con problemas de la decadencia de los barrios ante la gentrificación y el irrespeto por el arraigo de las personas locales, su tradición e historia colectiva. Las mujeres resisten juntas en estos ámbitos, pese a las violencias sistémicas que enfrentan en mayor o menor medida. Las moscas también resisten, y en este cuento son cuidadas por las habitantes de la colonia Los Sauces.

Las moscas que se posan en la mano o el rostro como una caricia no deseada en las recién llegadas que, en un principio no comprenden este binomio, se sorprenden de que tanto la abuela como las sexo servidoras cuiden a tan irritantes bichos. La complicidad extraña nos va permitiendo ir conociendo al monstruo que se muestra finalmente como un enjambre protector y decididamente violento. Y a reserva de no echar a perder la lectura, dejo ahí esta alianza natural de vida y muerte, mujer y moscas, vida silvestre indomable y la fiereza femenina domesticada y extractivizada en el sistema biocultural en el que vivimos.
En este sentido, el cuento “Volcanes de arena”, publicado en diciembre de 2024 por la revista Enchiridion de la Facultad de Filosofía de la UAQ, se entreteje también con la genealogía femenina principalmente, dos fantasmas: una abuela que está triste porque se marchitan sus flores azules y una hermana desaparecida, que a fuerza de no encontrarla termina por aparecerse un día de muertos con el mismo uniforme de escuela con el que se le vio por última vez, jugar con la ahora adolescente de su hermana en un arenero para levantar volcanes adornados con pétalos de flores de cempaxúchitl. Este es un cuento que propone la cruda realidad de nuestro país, en la que las familias buscadoras se vuelven una sombra de aquello que fueron. Las flores que se marchitan a pesar de los cuidados hacen un guiño con la tristeza, la culpa y la impotencia de los dolientes ante la indolencia de quienes no han sufrido la pérdida: “…muchos han perdido también a alguien” (pág.15) es la frase que le dice la florista a la niña adicta a reemplazar las flores marchitas con las nuevas, con cero empatía al duelo de pequeña.

La voz narrativa es más un testigo que una voz que lo sabe todo, es más bien alguien que se sorprende al tiempo del lector. “Si fueras un fantasma, ¿qué te gustaría hacer?” (pag.13) había dicho la hermana, según la voz narradora en primera persona. Esa sutil frase conecta la cotidianidad de la presencia con el día de muertos en el que juega de nuevo con el fantasma de la hermanita. Una pregunta dura, pero en la mente inocente de la infancia, me sacude personalmente como lectora, porque es una pregunta que me ha sembrado el cuento y ahora no me sé responder.
Convergencias entre los dos textos
Ambos cuentos están emparentados con la cotidianidad de la muerte y del sufrimiento cotidiano: poco se puede hacer para evitarlos, cuando mucho existe la sutil esperanza del surgimiento de un monstruo o el fantasma de una niña que den consuelo a una realidad no escogida. Las redes de apoyo y cuidados sutilmente descritas en acciones de regar las flores, o servir la cena, acompañar al sepelio y dar el pésame a domicilio, son sostenidas por las mujeres, tanto aquellas que se desea su compañía como las que no.

Los colores son fríos en ambos cuentos: el negro del funeral, el moño de luto sobre la puerta, las moscas, las constantes sombras del interior de las casas; el azul marino de la abuela, el azul celeste de la casa antigua y las malvas azules. Las moscas son un enjambre, un ente oscuro en apariencia: “Le parece haber visto detrás de un pilar derruido una sombra, pero sólo es una nube de moscas, (…)” (pag.24). El negro de las moscas no es un negro sereno, contiene esa presencia que incomoda.
Las flores en ambas historias dan chispazos de luz y de vida: en “Nuestra niña de las moscas” el azul celeste del manto de la virgen y así como las flores llamadas manto, así como en el cuento de “Volcanes de arena” el amarillo arenoso y los pétalos de cempaxúchitl cuando del encuentro de las niñas se trata, en un acertado contexto de día de muertos. Las flores son esa belleza efímera de la vida en la juventud, las niñas y las casi adolescentes están en la flor de la vida en medio de un mundo viejo y pervertido en el que ellas no eligieron vivir. La niña de las moscas es en su aspecto luminoso las flores de manto que cubren una casa en ruinas y en su aspecto oscuro el enjambre de moscas que protege a las mujeres vulnerables, aún en la muerte las dos pulsiones Eros y Tánatos, blanco y negro son parte de un mismo ser; este hecho es revelado en el ritual de baño de miel a la figura virginal en el patio de la casa vieja, para ser cubierta inmediatamente de moscas. Alimentar a las moscas trae la protección del espíritu de Alma, la niña que perseguía flores en una casa a punto de derrumbarse y cuya osadía terminó con su vida.

Las hermanas muertas son como las flores cortadas, puesto que su recuerdo se marchita inefablemente. En ambos cuentos la hermana sobreviviente sobrevive al vacío de la ausencia. Y aunque comienza con el deceso de la abuela en tonos azules, es el fallecimiento de las niñas la que genera los nudos de tensión, en una pugna interna que aún se está procesando.
Por otro lado, la prostitución narrada en “Nuestra niña de las moscas” es una herida abierta dentro de los barrios tradicionales, etiquetados como zona roja, pero no de zona de tolerancia. Las prostitutas y las moscas son presencias molestas, etiquetadas como fuente de enfermedad y decadencia, sin embargo, de manera individual son vulnerables al maltrato y a la muerte. Simone de Beauvoir describía a la prostituta despojada de derechos de persona y atada a una esclavitud milenaria. En cierto sentido estoy de acuerdo, pues como menciona el relato de Susana, si algo les llega a pasar a las mujeres que ejercen el oficio, la policía no interviene. La violencia hacia la mujer se agudiza en estas condiciones, todo el abuso que puedan vivir es impune, y sin embargo el escarnio social se carga también en ellas y no en los violentadores. Las mujeres que no ejercen prostitución, pero viven en esas zonas, están expuestas a sufrir las mismas violencias y la misma desprotección del sistema, con la impunidad que eso representa.

Finalmente, la figura paterna en ambos cuentos es pobre, apenas el proveedor que llega a la hora de la cena, en el cuento “Volcanes de arena” y que se enoja porque no hay de comer y se le quita el enojo al saber de su hija desaparecida. En “Nuestra niña de las moscas” es el macho agresor, para colmo abogado, que encarna el ejercicio de la violencia económica, psicológica y física sobre una esposa harta de los maltratos. Este personaje que se hace odiar, es también el ejemplo del castigo que aplica la niña de las moscas a los hombres que son violentos y crueles con las mujeres.
Susana Malagón es egresada de la Licenciatura en Estudios Literarios por la UAQ, ha participado en talleres con Lola Ancira y además de haber sido seleccionada como ganadora en el concurso municipal de cuento Ignacio Padilla (2025) y en la publicación de la revista Enchiridion (2024) de la Facultad de Filosofía de la UAQ, ha sido galardonada en los concursos Vine a Comala (2023), Literalmente Muertos (2024) y del II Concurso de Narrativa y Poesía de la Facultad de Lenguas y Letras (2025).
Si a usted le gustan las historias de terror, le recomiendo ampliamente seguir la obra de Susana Malagón, porque es justo ahora que se está cocinando su libro de cuentos para próxima publicación. Yo misma estoy entusiasmada por lo que tiene aún para mostrarnos.


