HISTORIA: PATRICIA LÓPEZ NÚÑEZ/LALUPA.MX
FOTOS: RICARDO ARELLANO/LALUPA.MX
La historia de Samuel podría contarse como una película: fue seleccionado nacional en lucha y campeón internacional antes de los 18 años; las adicciones lo tuvieron seis años deambulando en las calles de diversas ciudades de lejanos estados, donde vio morir a conocidos. Sin embargo, tras una revelación, regresó a Querétaro, se aisló para limpiarse, volvió a entrenar y a ganar. Hoy, desde La Perrera, entrena a otras personas de barrio, que, como él, pelean con el dolor y las drogas.

A su centro deportivo llegan arquitectos, abogados, psicólogos y otros profesionistas, pero lo que más abundan son jóvenes, algunos de ellos ya exadictos, otros, en proceso de limpiarse. Samuel los reconoce, sabe cuando llegan intoxicados porque “no puedes dormir al velador”, les exige control, disciplina y trata de estar cerca de ellos, de encontrarles oportunidades.

Samuel Gurria Vigueras creció en San Pedrito Peñuelas y se inició en la lucha libre a los 9 años, cuando el entrenador Héctor Jiménez, “el profe Héctico”, descubrió su habilidad “para las maromas”, cuando bailaba break dance en el Querétaro 2000. “Yo iba con mis zapatos ortopédicos y el profe, que hoy anda en Miami, dijo que me veía dones y cualidades para ser un gran deportista”.

Desde ese momento y hasta poco antes de los 18, Samuel vivió la gloria: fue seleccionado nacional y campeón en competencias nacionales e internacionales. Con nostalgia y tristeza narra que fue a Panamericanos,” fui campeón de Olimpiada Nacional cinco años seguidos, yo creo que fui una de las mejores eminencias en el deporte aquí en Querétaro”.

Sus problemas se dispararon a partir de su concentración en el Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos y Alto Rendimiento (CNAR). Tenía poder adquisitivo, estaba solo, no dio el peso para una competencia, se enfrentó a su primera derrota y llegó la depresión. En lugar de entrenar más, “troné, me agüité. Ya venía con la fiesta de allá del DF, un niño de 18, 19 años, no quise regresar a entrenar”.

Del alcohol pasó a las drogas, se quiso anexar o ir a algún grupo de AA, pero salía más resentido y la gente con la que se juntaba no mejoraba la situación, la mamá de su novia vendía drogas y ella también consumía. Samuel empezó a robar a su familia, a sus vecinos, pero había gente que lo quería ayudar. “Mi profesor actual, que le agradezco por haberme dado la oportunidad otra vez, Juan Carlos Linares, me decía ya aplícate, ponte a entrenar, te meto a una escuela. Yo joven, y con problemas de alcoholismo y drogadicción, no aceptaba la ayuda”.

Durante seis años “fue en declive mi vida. Recorrí todo el país, me iba de ride en los tráileres, pedía dinero, en el semáforo, trabajaba de payasito, era malabarista, lo que fuera que diera de comer”. Dice no recordar mucho de esos tiempos, “tal vez porque no debo”, pero mucho de lo que recuerda son cosas “que no le deseo a nadie, cosas que no tendría que haber visto”. Muchas noches veía sus antiguas peleas en YouTube. Se fue a Monterrey, a Tijuana y en Sinaloa conoció el cristal, la metanfetamina. Llegó a vender drogas y se hizo dependiente de todas.

Algunas noches, cuando se drogaba con otros en el cuarto de un hotel o en las calles, se despedía con la promesa de verse al día siguiente, “para curarnos”, pero sólo era para encontrarlos “picados, muertos y te tienes que ir, no le puedes decir a nadie porque te meten a la cárcel. Hasta la fecha los sueño”.
Para él eso es resultado de la falta de cariño, falta de oportunidades y no hacer caso a los consejos. “No escuchar a tiempo a las personas que te quieren es un gran error. Fui dependiente de todas, desde la piedra hasta la heroína. Ya me había dado como dos pasones y encontré a Dios, se me apareció, me van a decir: en tu alucín, pero lo vi”, asegura.

¿Cómo fue esa visión?
Llevaba como semana y media, dos, sin dormir, cada que comía, vomitaba. Andaba sangrando, vomitando sangre, un pasito de la demencia. Estaba peloncito, rapado y flaco, pesaba como 43 kilos y yo me fui de aquí pesando 70 kilos. Quería prenderme un cigarrito de marihuana para dormirme, me vi en el espejo, pero pues no era yo, era la muerte, así cadavérico me veía. De repente aparece una luz que me traspasó, como las de las mesas quirúrgicas, se me apareció diosito, lo juro.

Yo en ese tiempo no había llorado, llevaba dos o tres años sin llorar, mi mamá se fue a Monterrey por nuestros problemas, se separó de mi papá. Había amigos, familiares que murieron y yo no sentía nada. Entonces, de pronto, lloré como un bebé. Yo había tenido una familia, un prestigio, un nombre y ahora me drogaba y me buscaba en YouTube, veía a los chavitos a los que yo les ganaba y ahora ellos lo estaban haciendo bien. Pensé en mi primera medalla, mi primer campeonato Panamericano, mi primer beso con mi chica, las cosas que me hacían feliz, cuando estaba bien, sano.

Samuel interpretó el momento como su última oportunidad y en un par de días, con su novia de aquel momento, juntó el dinero para regresar a Querétaro. “Ella no quería venir, se quería seguir drogando, yo quería dejar de drogarme por completo, pero es de las cosas más difíciles, ni a mi peor enemigo le deseo una desintoxicación de químicos, yo ya había quemado todos mis barcos”.
Cuando regresó no supo qué hacer. “Ya le había robado a todos, no tenía nada, esa misma noche regresamos a la casa de mi chava con la que me había ido, su mamá vendía drogas y pues me drogué. Pensé en diosito y agarré mis cosas, con el dolor, la pena y la vergüenza y le hablé a mi hermano. Yo ya llevaba dos días perdido, la tierra me tragó. Nos vimos en Plaza del Parque y me vio muy mal, seco, sin vida en los ojos, me regañó, lloró, me dijo no pasa nada, estoy contento de que estés vivo”.

Samuel les confesó a sus hermanos que le gustaba la piedra, la heroína, la cocaína, “el cóctel, un poquito de todo” y les pidió que lo encerraran en un cuarto y no lo dejaran salir, aunque gritara o amenazara con matarse. Se encerró con un buen “puño de motita, cada que me sentía mal, me ayudaba a dormir, porque en la desintoxicación tiemblas, vomitas, deliras”.
A las dos semanas consiguió salir, después retomó el ejercicio. “Soy bueno para lo que hago, empecé a recuperarme, leía la Biblia, no quería soltar lo que me había salvado, veía competencias, estaba actualizado. ´Regresé a pedirle permiso al profe Linares, me decía: eres muy talentoso, pero prefiero que una manzana podrida esté fuera de todas mis demás manzanitas limpias”.

Le dio dos meses para limpiarse por completo y entrenar. Sus hermanos le daban dinero para los pasajes, buscó a su novia de juventud que al principio lo rechazó, pero lo ayudó a recuperarse y ya esperan a su primer bebé. En su primera competencia de regreso, en 2019, consiguió un segundo lugar y de ahí empezó a mejorar.
Terminó la preparatoria, ganó competencias nacionales, formó parte de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) que dejó hace un año, se graduó en la licenciatura en Nutrición y siente que regresó de la oscuridad. Junto con su esposa, abrió La Perrera Fight Club, un centro de deportes de Artes Marciales Mixtas, donde cuenta con el apoyo de otros luchadores y especialistas para ofrecer diferentes disciplinas y aunque se cobran las clases, muchos alumnos reciben becas.

A sus alumnos les exige ser buenas personas, “primero escuela, primero tu familia, primero estar bien y después el deporte. Esta es una colonia conflictiva, mi meta es sacarlos de las drogas, que vengan aquí a entrenar, somos como 70, 80 alumnos y la mitad son becados, a ellos no les cobro, porque tiene adicciones o porque se la viven trabajando y este es su único escape”.
Todos le preocupan, por eso su equipo les pregunta siempre cómo están y sabe identificar a quienes consumen drogas. Su sueño es conseguir becas escolares a los que muestren disciplina y talento en el deporte, porque cree que su misión es ayudar a otras personas, por eso todos tienen su número de celular para que le llamen si sienten que van a recaer, porque no quiere que pasen por lo que él vivió.



En La Perrera “pagas pa que te peguen”, pero la idea es forjar carácter, encontrar ayuda entre todos, porque cuentan con psicólogos que les brindan atención. “Siempre diosito te va a acomodar con las personas y tiempos adecuados para que cumplas tus propósitos en esta vida. Si yo no hubiera pasado ese tipo de cosas, ahorita no estaría aquí. Ya no dependo de las becas, tengo 32 años y chingándole mi casa, chingándole, mi carrito”.
Samuel tiene competencias de lucha en los próximos meses, aprendió a boxear y entrena yuyitsu brasieño Espera que su bebé nazca en marzo, pretende abrir una academia más y elabora planes alimenticios que quiere expandir a través de un nuevo emprendimiento. Todavía se aferra a la Biblia y quiere hacer las cosas bien.

A veces hay personas que le dicen que debería escribir un libro con la historia de su vida, pero no se decide porque olvidó muchas cosas y prefiere concentrarse en lo que hoy vive. Lo que sí reconoce es que no todos reciben la posibilidad de tener un nuevo comienzo, porque “yo creo que diosito me dio la oportunidad de renacer para ayudar a más gente y lo voy a hacer”.



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