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Mundial 2026: Choques ideológicos y el viejo dilema de la FIFA – Alberto Ugarte Ortega

La Copa del Mundo de la FIFA 2026, que se celebrará principalmente en Estados Unidos, promete ser el evento deportivo más grande de la historia. Sin embargo, más allá de los estadios, los récords de audiencia y las proyecciones financieras, el torneo se desarrollará en un contexto político y social profundamente problemático. En el centro del debate se encuentra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), una agencia que ha sido objeto de numerosas denuncias, investigaciones periodísticas y demandas federales por presuntas violaciones sistemáticas de derechos humanos y libertades civiles contra personas migrantes, e incluso contra ciudadanos estadounidenses.

Detenciones arbitrarias, separación de familias, condiciones inhumanas en centros de detención y prácticas discriminatorias han sido documentadas por organizaciones civiles, académicos y organismos internacionales. Este panorama ha encendido alertas en distintos sectores de la sociedad global, especialmente en Europa, donde el futbol no sólo se concibe como un espectáculo, sino también como un fenómeno cultural con responsabilidades éticas.

En este contexto, Alemania ha puesto sobre la mesa la posibilidad de un boicot simbólico o político al Mundial 2026. Oke Göttlich, vicepresidente de la Asociación Alemana de Futbol (DFB), ha planteado públicamente la necesidad de abrir un debate sobre la coherencia entre los valores que la FIFA dice defender y las condiciones reales en el país anfitrión. No se trata únicamente de futbol, sino de las garantías mínimas de derechos humanos para aficionados, trabajadores, periodistas y comunidades migrantes que habitan —y sostienen— el país sede.

Mientras tanto, la FIFA insiste en presentar el Mundial 2026 como un éxito financiero asegurado, destacando los beneficios económicos para patrocinadores, inversionistas y dueños del capital global. Esta postura ha generado fuertes críticas en Europa, donde diversas voces señalan que la rentabilidad económica no puede seguir prevaleciendo sobre la dignidad humana y el respeto a los derechos fundamentales.

La contradicción resulta aún más evidente si se revisan los documentos oficiales de la propia FIFA. En los Objetivos Estratégicos para el Futbol Mundial 2023-2027, impulsados por su presidente Gianni Infantino, el Objetivo 6 establece de manera explícita que la FIFA asume responsabilidades sociales, “en particular en materia de derechos humanos y aspectos relacionados con el clima”, y que dichos principios deben aplicarse a todas sus operaciones y relaciones. Sin embargo, en el caso del Mundial 2026, este compromiso parece diluirse frente a las acciones de las agencias migratorias estadounidenses y la falta de un posicionamiento firme por parte del organismo rector del futbol mundial.

Esta tensión entre discurso y práctica no es nueva. La Copa del Mundo ha estado históricamente atravesada por disputas políticas, ideológicas y geoestratégicas. Desde el uso propagandístico del futbol durante el régimen de Benito Mussolini en Italia en 1934, hasta los boicots olímpicos y deportivos de la Guerra Fría —como el caso de Moscú 1980—, el balón ha sido, una y otra vez, un instrumento de poder y legitimación política.

¿El futbol como herramienta de negociación internacional? Recordemos que la Copa Mundial de la FIFA 1938 en Francia estuvo marcada por un boicot masivo de naciones americanas, liderado por Argentina y Uruguay, en protesta por la decisión de mantener el torneo en Europa en lugar de alternar con Sudamérica. El futbol y la política van de la mano, tal como lo citó el escritor uruguayo Eduardo Galeano con mucha crudeza en El fútbol a sol y sombra:

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores; fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue.

El Mundial 2026 parece inscribirse en esta misma lógica. Un evento global que celebra la pasión colectiva mientras invisibiliza las violencias estructurales que lo rodean. La pregunta que queda abierta no es sólo si habrá boicots o protestas, sino si el futbol —y la FIFA— serán capaces de reconciliar su enorme poder simbólico con una verdadera responsabilidad ética. Porque, al final, el futbol no se juega únicamente en la cancha, sino también en el terreno de los valores que decide defender… o ignorar.

El maestro Alberto Ugarte Ortega es director de la carrera en Relaciones Internacionales, en la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro.

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Last modified: 1 febrero, 2026
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