CRÓNICA: LORENA ALCALÁ / LALUPA.MX
¿Descargar una aplicación de citas?
Claro que no. Ni que estuviera desesperada.
Esa fue lo primero que pensé cuando una amiga sugirió intentar esta nueva forma de conocer personas fuera del ámbito cotidiano.
Y es que, aunque estaba en un gran momento profesional y personal, también era consciente de que mi círculo social se reducía a compañeras de la oficina, estudiantes, y uno que otro colega del ámbito laboral. Es decir, nadie que representara un posible interés amoroso.
Después de casi siete años soltera, me encuentro en los “early” cuarentas, con una trayectoria profesional satisfactoria, dos posgrados concluidos, y una salud física y mental —digamos—, por encima del promedio.
No me malentiendan. He visto de primera mano los resultados de las aplicaciones de citas. No de oídas ni como leyendas urbanas. Tengo dos amigas cercanas que encontraron pareja en una plataforma. Una de ellas va a casarse en noviembre. Estoy invitada y todo.
Soy una persona racional, de las que escuchan los argumentos de las dos partes, se documentan y planean. Como dicen los memes, de las que dicen “que todo fluya, nada más avísenme cuándo va a fluir para prepararme”.
Fue la curiosidad —y el ¿qué tal si?— lo que finalmente me llevó a abrir un perfil en una de las famosas aplicaciones de citas. Escogí la que internet decía que “era más tranquila”, esa en la que las mujeres llevan la iniciativa. Lo primero era probar qué tan cómoda se sentía y observar los resultados.

Entonces surgió el primer problema. La bio. ¿Qué escribo?
“Lorena, Capricornio, mamá de un preadolescente, sí o sí café para funcionar, fan de andar en fachas los domingos, voy y vuelvo del trabajo a la casa de lunes a viernes. Sábados, transito entre lavar ropa, barrer la casa o rogarle por quinta vez al niño que recoja el tiradero de la sala…”
No pues no suena muy atractivo.
Así que decidí escribir algo sencillo.
“Lorena, comunicóloga, fan de los viajes, simpática, inteligente y tierna —según mis amigos—. Busco caballerosidad y reciprocidad, sin medias tintas”.
Así comenzaron las noches típicas usando la app: ponerme cómoda, darle play al concierto unplugged de Miguel Bosé, y empezar a desplazar: izquierda, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, izquierda, izquierda, derecha.
Al principio te detienes en todos los perfiles. Lees todas las bios. Pero después de unos días comienzas a desplazar casi de forma mecánica.

Fue importante poner límites. Los perfiles de menos de 30 años quedaron descartados desde el principio. Descubrí que hay muy pocos usuarios de cuarenta y tantos en la aplicación. La mayoría —y eso sorprendió— estaban entre los veinte y los treinta.
Me pregunté qué hacían ahí, en esa década en la que todavía puedes darte el lujo de desvelarte más allá de las once, cuando apenas estás saliendo de la carrera y la vida todavía no te cobra facturas tan puntuales. También había algunos perfiles de cincuenta y tantos y, aunque suene increíble, encontré dos o tres usuarios de más de sesenta años.
Algunas bios parecían hacerse la misma pregunta que yo. Rodrigo, 30 años: “Si no era por aquí, ¿nos habríamos conocido igual?”
Otras, en cambio, sonaban más a advertencia que a presentación. Andrés, 37 años: “Gymrat. Estrictamente vegetariano. Busco alguien que cuide su cuerpo”. Alejandro, 40 años: “Mentalmente estoico. No gorditas, no sentidas, no dineristas”. Luis, 35 años: “Yo sí busco con quién tener sexo”. Carlos, 39 años: “Si buscas un suggar, aquí no es. No soy tan rico ni estoy tan ruco”.
Había unas que hablaban de soledad. Rich, 57 años: “Cansado de comer solo”.

Y luego estaban las bios que parecían escritas en otro idioma. Stuart, 36 años: “Poly NME”. Aprendí después que eran las siglas de poliamor y no monogamia ética.
Con ese panorama empecé a deslizar con más atención. No buscando a alguien en específico, sino tratando de entender qué estaba dispuesta a encontrar.
El primer match llegó y comencé un chat con Xavier. Después de las preguntas iniciales, acordamos salir en una primera cita. Cine y café, dijimos. Íbamos a ponernos de acuerdo en qué iba primero.
El día en que nos veríamos, una hora antes del encuentro, canceló porque no había podido salir a tiempo del trabajo. Entonces comenzó un ritual: todos los días me escribía para darme los buenos días. Me avisaba cuando llegaba a la oficina, cuando salía a comer, cuando iba al zoológico con sus hijos, cuando regresaba del trabajo, cuando se iba al gimnasio.
Pero nada de volver a acordar una cita o de conocernos en persona. Varias veces sugerí, de forma casual, planear un encuentro, pero su conexión seguía limitada a esos mensajes de estatus de su vida cotidiana.
Estaba, pero no estaba. Una cercanía sin cuerpo.

Empecé a reflexionar sobre si, a veces, sólo buscamos tener un contacto con alguien, aunque sea a través de los textos.
Pensé que ese sería el mayor riesgo: confundir compañía con presencia real.
Estaba muy equivocada.
Con R. todo ocurrió demasiado rápido. Tenía un perfil atractivo: abogado y psicólogo.
Desde los primeros mensajes empezó a llamarme “mi amor”, “bebé”, “hermosa”. Propuso que los dos borráramos la aplicación “para comenzar esto bien”. Me pidió mi Whatsapp porque, según él, la aplicación no avisaba cuando llegaban los mensajes nuevos.
Poco después llegaron fotos íntimas no solicitadas y la petición de que yo hiciera lo mismo en reciprocidad. Me negué. Fue tan intenso y agresivo que me asustó de verdad.
No duramos ni un día intercambiando textos. Esa misma noche lo bloqueé con un escalofrío recorriéndome y la sensación clara de que algo no estaba bien.

A la mañana siguiente me escribió desde otro número: “Qué infantil en bloquearme”. Lo bloqueé también. No había pasado ni un minuto cuando llegó otro mensaje, desde otro teléfono: “Por eso estás sola como un perro…” y una andanada de insultos y amenazas. Cancelé ese usuario y reporté los tres números. Me tomó una semana volver a dormir.
Estuve a punto de borrar la aplicación. No lo hice.
Entonces apareció Octavio. Ingeniero. 42 años. Congeniamos desde el principio. Comenzamos a platicar sobre nuestros trabajos y mostró interés genuino por lo que yo hacía. No pasó mucho tiempo para que acordáramos vernos en un café en Álamos. Fue caballeroso en todo. Me acompañó a mi coche; nos despedimos sabiendo que la cita había ido excelente.
Nos veíamos con frecuencia, por lo menos dos veces por semana. Durante un mes, el contacto fue constante. Fuimos al teatro, a cenar, a caminar por el Centro. Cuando no podíamos vernos, nos escribíamos. Era impecable la forma en que se involucraba en mi día, y yo en el suyo.
Un día habíamos quedado de ir a un concierto. Llamó para decirme que su mamá se sentía mal y que iba a ir a cuidarla. Le dije que lo entendía. Quedamos de hablar en los siguientes días.
Y luego, la ausencia. Ese espacio en el que ya no hubo mensajes, ni llamadas, ni citas. Dejó de buscarme y de responder mis textos.

No fue tanto la ruptura como la falta de explicación. La pérdida no vino por lo que era, sino por lo que habría podido ser. Lo más difícil no fue que se fuera, sino no saber por qué.
No estaba desesperada cuando descargué la aplicación.
Tampoco lo estoy ahora.
Ahí sigue instalada en mi teléfono. A veces la abro, a veces no. No sé si la borraré pronto.
Lo que sí sé es que, después de todo, ya no confundo los mensajes con la presencia ni la intensidad con la intimidad.
Ya no me pregunto tanto qué buscan los otros, sino qué estoy dispuesta a aceptar y a ofrecer yo: presencia real, tiempo, una conexión consistente, palabras dichas de frente.
Tal vez eso sea, al final, lo más difícil de encontrar.



Me encantó tu narrativa, Lore. Excelente texto lleno de verdad.
Un abrazo
Kar González
He tenido 3 relaciones valiosas a través de las aplicaciones… Pero sí hay que aprender sobre ellas, saber leer a la gente y “donde no es”, por más que te guste alguien. Excelente narración, felicidades.
Nunca he intentado usar esas apps, pero tras leer tu experiencia tan naturalmente expuesta, siento conocerlas. Muy interesante tema, Lorena.
Admiro tu talento y tu gran corazón. Siempre me encantan tus textos, felicidades 🙂
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