El metabolismo es, en pocas palabras, el conjunto de reacciones físicas y químicas que hacen posible la vida. Todo lo que ocurre en nuestro cuerpo —desde respirar hasta pensar, correr o digerir los alimentos— requiere energía. Esa energía proviene de los alimentos y nutrientes que obtenemos del ambiente.
Hablamos de un balance energético adecuado cuando la energía que consumimos se usa de manera eficiente para cumplir funciones específicas, crecer o reparar tejidos. En cambio, existe un desbalance energético cuando hay un déficit de energía o, por el contrario, un exceso que termina almacenándose. En términos fisiológicos, un desbalance metabólico indica que algo en los procesos de obtención, uso o almacenamiento de energía no está funcionando correctamente… y cuando eso ocurre, el cuerpo lo resiente.
Normalmente, la energía diaria proviene tanto de los alimentos que ingerimos como de las reservas que guardamos en tejidos como el hígado y los músculos. El gran almacén de energía extra es el tejido adiposo. La glucosa es la principal fuente de energía inmediata: gracias a ella producimos moléculas altamente energéticas como el adenosín trifosfato (ATP), la “moneda energética” de las células. Cuando la glucosa escasea, las grasas y las proteínas también pueden utilizarse como combustible.
Mantener niveles adecuados de glucosa en la sangre no es tarea sencilla: requiere una coordinación muy fina entre procesos moleculares, celulares y entre distintos órganos y tejidos. Y, como toda buena orquesta, esa coordinación necesita algo fundamental: tiempo.
El reloj interno que marca el ritmo
Nuestra vida cotidiana sigue patrones bastante regulares. Dormimos más o menos a la misma hora, comemos en horarios similares y alternamos entre actividad y descanso. Esta información temporal permite que un sistema interno, parecido a un reloj, regule múltiples procesos vitales, incluido el metabolismo. Ese reloj se conoce como reloj circadiano. Está presente en todas las células del cuerpo y funciona gracias a genes que se autorregulan en ciclos cercanos a las 24 horas. Estos genes, a su vez, controlan la expresión de muchos otros, coordinando millones de procesos celulares día tras día.
Además, en el cerebro de los mamíferos existe un “reloj maestro” llamado núcleo supraquiasmático. Esta pequeña, pero poderosa, estructura sincroniza los relojes del resto del cuerpo mediante señales nerviosas y hormonas, logrando que órganos y tejidos trabajen de forma coordinada.

Cuando el reloj se desajusta
El problema comienza cuando las señales que mantienen sincronizados nuestros relojes circadianos —como la luz, el horario de sueño o las horas de comida— se vuelven irregulares. Entonces, la comunicación entre el reloj maestro y los relojes periféricos se altera. A esta condición se le conoce como desregulación circadiana. En los últimos años, la investigación científica ha mostrado que esta desregulación facilita el desbalance energético y aumenta el riesgo de diversas enfermedades. Entre las más comunes se encuentran los trastornos metabólicos, como la diabetes tipo 2 y las dislipidemias, que a su vez elevan el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Lo que nos enseñan los modelos animales
Estudios de laboratorio con distintos animales han demostrado que horarios irregulares de luz y alimentación favorecen el desarrollo de obesidad, incluso cuando no aumenta la cantidad de alimento consumido. Esto significa que no sólo importa cuánto comemos, sino también cuándo lo hacemos: la energía se tiende a almacenar más y a utilizarse menos. La desregulación circadiana también vuelve al organismo más vulnerable frente a otros retos, como las dietas ricas en alimentos ultraprocesados —las llamadas dietas de cafetería— o aquellas altas en grasas, azúcares, sal y grasas saturadas. Todo este cóctel promueve estados de enfermedad, incrementa el riesgo de otras adicciones y afecta negativamente la calidad del sueño.
En nuestros propios estudios de laboratorio (PAPIIT UNAM IN201424), hemos observado que los ratones en condiciones metabólicas normales son más resistentes a la desincronización circadiana que aquellos que ya presentan preobesidad. Esto sugiere que, cuando las alteraciones en los ritmos circadianos ocurren en individuos con problemas metabólicos previos, la desregulación puede acelerar y agravar el deterioro de la salud.

Cuidar el tiempo también es cuidar la salud
Aunque la desregulación circadiana sigue siendo un tema activo de investigación, hoy sabemos lo suficiente para actuar. No basta con cuidar qué comemos: también es fundamental cuidar nuestros horarios de alimentación y descanso. Reducir la exposición a luz brillante durante la noche, dormir en horarios regulares y evitar el consumo de alimentos ultraprocesados —especialmente en horas en las que deberíamos estar dormidos— son acciones simples pero poderosas. Al final, respetar nuestro reloj interno es una forma muy efectiva de ayudar al cuerpo a mantenerse sano, sincronizado… y a tiempo.
El doctor Manuel Miranda Anaya es profesor e investigador en la Unidad Multidisciplinaria de Docencia e Investigación Juriquilla, de la Facultad de Ciencias, UNAM. La maestra María Fernanda Revueltas es estudiante del Doctorado en Ciencias Biológicas, en la UNAM
Correo: miramnmanuel@ciencias.unam.mx
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