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Narraciones desde el norte

CRÓNICAS: JESÚS ZARAZÚA RANGEL/LALUPA.MX

Para mis paisanos radicados en EU. Porque nadie es ilegal en ninguna parte, podemos ser indocumentados, pero no ilegales.

La tarjeta decembrina

En cuanto comenzó diciembre, los negocios latinos comenzaron a distribuir tarjetas de color rojo con letras blancas, la primera vez que la recibí, sentí alegría, pensé que en ellas encontraría un mensaje navideño o de fin de año, pero quiero platicarles qué es lo que dicen las tarjetas.

Las tarjetas dicen así:

“Usted tiene derechos constitucionales:

NO ABRA LA PUERTA si un agente de inmigración está tocando la puerta

NO CONTESTE NINGUNA PREGUNTA de un agente de inmigración si trata de hablar con usted. Usted tiene derecho a guardar silencio.

NO FIRME NADA sin antes de hablar con un abogado. Usted tiene el derecho de hablar con un abogado.

Si usted está fuera de su casa, pregúntele al agente si tiene la libertad de irse y si le dice que si, váyase con tranquilidad.

ENTRÉGUELE ESTE TARJETA AL AGENTE. Si usted está dentro de su casa, muestre la tarjeta por la ventana o pásela por debajo de la puerta.”

En la parte trasera de esta tarjeta y que es lo que se supone leerá el agente dice:

“I do not wish to speak with you, answer your questions, or sign or hand you any documents based on my 5th Amendment rights under the Unites States Constitution.

I do not give you permission to enter my home based on my 4th Amendment rights under the United States Constitution, unless you have a warrant to enter, signed by judge or magistrate with my name on it that you slide under the door.

I do not give you permission to search any of my belongings based on my 4th Amendment rights.

I choose to exercise my constitutional rights.

These cards are available to citIzen and noncitizens  alike.”

Me la dieron en la panadería “Mexicana”, luego en “La Bonita”, después en “La Económica” y así se fueron sumando las tiendas donde esas tarjetas se distribuyeron, se fueron regando la ciudad, así como el miedo hecho una pólvora que está a punto de estallar.

Así llegamos

Durante la cena —mientras servían las enchiladas que doña Juana había hecho, esa tarde, con el queso que trajo desde el rancho— los recuerdos de la infancia aparecieron, pero pronto fueron cambiando por las historias del cruce. No todos los que estábamos en esa mesa habíamos llegado de la misma manera que ella. Unos tenían años cenando allí, otros era la primera vez, pero no habían llegado de la misma forma.

Está cabrón —narró alguien —una vez que veníamos, allí en el desierto nos salieron unos fulanos, nos quitaron el dinero, nos quedamos sentados un rato sin saber qué hacer, el coyote sólo nos veía, también lo chingaron o por lo menos eso parecía, y luego, llegaron otros hombres fuertemente armados, ¿Qué chingados hacen allí?  —preguntaron —queremos cruzar contestamos casi al unísono viendo de reojo al coyote, porque no sabíamos si decir eso estaba bien o mal.  ¡A ver hijos de la chingada, móchense con algo!  —dijo uno —la vida se nos fue en ese instante entre las lágrimas, la arena y las palabras mordidas por nuestros propios labios sin siquiera sentir que se podía remojar con la saliva que ya no teníamos y que se había escurrido entre el calor que nos abrazaba en aquella desolación después de haber perdido todo, hasta la esperanza de llegar a dónde los sueños nos permitían imaginar, pero que como chicotazo se nos apagó aquel medio día.    

¡Cómo! — exclamamos — ¡Otra vez, si ya no traemos, acaban de pasar unos y nos quitaron todo! —gritó uno entre lágrimas y sollozos llenos de arena. No conocía a todos, apenas teníamos algunas horas de caminar juntos pero la vida ya nos estaba haciendo vivir estas cosas. Más o menos comencé a distinguir caras y colores de playeras y suéteres, pero de ninguno conocía su nombre, sin embargo, parecía que estábamos servidos en la misma charola para las víboras de ese desierto que esa tarde parecía se iba a apropiar de nosotros.

¿Quiénes fueron? —dijo uno de esos hombres que traían mochilas enormes y cuernos de chivo en la mano. ¡Quién sabe! —respondimos.

¡A ver cabrones levántense! ¡vamos a buscarlos! —mencionó uno que nos apuntó con un cuerno de chivo e hicieron que nos levantaremos. Nos hicieron caminar como si no lo hubiéramos hecho ya durante toda la mañana, aguantando la sed y lo caliente de la arena que cada vez calaba más en las plantas de los pies.  Como a unos 30 minutos, en una lomita, estaban, los recuerdo porque había uno de una sudadera amarilla y estaba allí recostado. ¡Allí hay unos! —señalamos sin dejar de caminar. No vayan a gritar —nos decían —caminen como si nada. —¿Esos son? —preguntaron. Si —alguno respondió.

¡A ver hijos de la chingada dónde está el dinero de estos paisas! —Gritó uno.

Todos se levantaron y no les dio tiempo de sacar sus pistolas cuando uno de estos hombres le disparó a otro en la cabeza. Se le escurrió el cerebro.

¡A ver cabrones van a hacer lo que nosotros digamos! —les dijeron ¡Quítense la ropa y denos el dinero!

A todos los formaron, y revisaron bolsa por bolsa. Tomaron todo el dinero y luego a nosotros allí mismo nos formaron y nos preguntaban ¿cuánto te quitaron? y por decir, si uno respondía mil, le devolvían 500, ya se descontó tu cooperación —decían riendo.

Luego de un rato uno de ellos gritó ¡Ahora si vístanse! —les dijeron —¡váyanse a la chingada, este es nuestro paso y no los queremos más! Hizo una pausa. Luego volteó a donde estaba el difunto. Aquellos hombres que habíamos visto antes con tanto coraje y agresividad para quitarnos el dinero ahora los veíamos correr como niños asustados.

Ahora sí, si quieren pasar seguros váyanse con nosotros, nomás ayúdenos con las mochilas dijeron. El coyote, que no decía que era el coyote y que se mantenía en silencio, habló por primera vez en mucho rato. ¡No! —dijo con voz quebrada. Nos vamos a ir muy despacio porque ha sido muy cansado. Todos volteamos a verlo, y guardamos silencio, siempre nos dicen al inicio, no delaten al coyote porque o lo matan o lo meten a la cárcel, quizá por eso sólo escuchamos.

Al menos yo —volvió a hablar y se sentó.

¡Hagan su chingada madre! Nosotros podemos pasarlos seguros, a nosotros nos deja pasar la migra, pero si se van a quedar ¡quédense aquí! —señaló y continuó diciendo —unas dos o tres horas, no queremos que por su culpa nos vean a nosotros. ¡A chingar a su madre! —nos dijo — y comenzaron a irse uno a uno, con esas maletas pesadas, corriendo entre la arena, parecían superhombres pues corrían a pesar del peso de las mochilas, la arena y el cuerno de chivo que cargaban, aunque no todos, pero si iban muy rápido.

Cuando por fin se fueron —a ellos no les hace nada la migra —dijo el coyote —pero si nos íbamos, ya automáticamente les debíamos y había que pagar y esos cobran caro, antes no nos dijeron ¡Ustedes ya son nuestros!  Por eso hay que esperar que se alejen, no vayan a cambiar de opinión, uno jamás sabe cómo piensa esa gente —se quedó en silencio y comenzó a caminar.

Después de unas horas caminamos —esta es la orientación dijo el coyote — y seguimos dando pasos confiando en aquel hombre que ni su nombre sabíamos, pero que habíamos contratado y que igual que nosotros ya había sufrido el día entre asaltos y amenazas.

Luego de un rato, al pasar unos matorrales, vimos que había unos 5 o 6 cuerpos, todos tenían el tiro de gracia. Son los que venían con las mochilas —dijo uno de los que iba en el mismo grupo que yo. ¡Esa pudo ser nuestra suerte! —entre sollozos mencionó uno. No hay que confiarnos dijo el coyote, así que con mayor razón hay que caminar más aprisa.

Y seguimos con nuestros pies en busca del cruce que nos permitiera dejar atrás la frontera que ese día en particular, olía a que quizá jamás llegaríamos a ningún lugar. Pero ven, aquí estamos y estamos juntos cenando, celebrando por su visita. Qué afortunados somos, que nosotros no pudiendo ir a México, ustedes puedan venir para cenar juntos. Esto tan delicioso que traen para nosotros.

María y Rosa en el día de la nochebuena

A pesar del frío, María se levantó muy de madrugada, comenzó a limpiar la casa, le pidió a sus hijas mayores que le ayudaran, les comentó que más tarde iría con Rosa, quien ha llegado desde el rancho para pasar esta noche junto a ellas. Son hermanas y desde hace muchos años no se han visto, María se vino de mojada, mientras Rosa estudió una carrera en la Universidad y ahora con la visa de turista ha venido a abrazar a su hermana.

—¡Ay María, se levantaron muy temprano! —exclamó Rosa dirigiéndose a su hermana y sus sobrinas. No vinieron a trabajar, vinieron a pasear —respondió María quien en ese momento apresuró a su hermana. ¡Vámonos temprano al Walmart a comprar las cosas porque habrá mucha gente y todos quieren hacer pozole!

Ya por el freeway 43 entre la plática, Rosa le dice sorprendida ¡Quién te viera manejar acá y toda la cosa!

—No nos queda de otra hermana, o nos enseñamos o nos carga la chingada —respondió con un dejo de tristeza y orgullo a la vez. Sabes que hermana mejor vamos a “La Bonita”, es la tienda mexicana allí hay de todo, queda unos veinte minutos más, pero vas a ver que es mejor.

¿Quiénes van a venir? —pregunta Rosa o por qué tanto pozole.

—Vienen todos los primos que aquí viven, ya ves todos tienen hijos, nomás que no te vayas a molestar si sus esposas no nos ayudan al quehacer, así son, van a llegar a la mera hora, pero nos la vamos a pasar bien.

—El maíz, la carne, los rábanos, las tostadas, las cocas, los vasos y los platos —¡Qué nada se nos olvide! —exclama María mientras recorre lo pasillos de la tienda entre el amontonamiento de todos los mexicanos que ese día se habían dado cita en ese lugar para tener la mejor nochebuena al mero estilo de todos los mexicanos. —¡Allí están las tortillas! —dice María —echa de las que dicen “La providencia” esas están más buenas, y del chile guajillo lleva ese que dice “El mexicano” y del maíz echa ese que dice “Criollo” —casi de memoria Rosa recita esa lista a su hermana que se sorprende al ver todo lo que venden en ese lugar, pencas de maguey ya tostadas para la barbacoa, pulque en lata, piñatas, en fin, ese pedazo de México allí no está tan perdido porque todos los mexicanos allí se encuentran y se saludan, se desean feliz Navidad y hacen fila para pagar en dólares aquello que les hace recordar el país que dejaron atrás y que hoy en día les cobija pero que les amenaza la simple idea de la locura que se ve en la televisión cuando hacen redadas.

—¿Cómo ves al Trompas con sus leyes? —pregunta Rosa a María.

—¡Está pinche loco! —responde su hermana mientras revisa en el celular el grupo de whats app que los conocidos han hecho para avisarse dónde hay redadas, aunque no le dice a Rosa, quien contenta y asombrada sigue viendo todo lo que hay en esa tienda.

 —¡Echa unos vinos! —le dice María a su hermana —o le tienes miedo al loco, ¡look! ¡mira! —repite la oferta anunciada en la bocina —”two wines for one”.

La tarde se ha ido entre pláticas y recuerdos. Desde temprano fueron llegando los sobrinos, los primos llegarán más tarde, quizá después de las siete. Ellos fueron a trabajar en la construcción, son rufferos y tenían que terminar una casa, pero desde temprano se tomaron una cerveza a escondidas del güero para que no les dijera nada y es que ya se siente el espíritu a Navidad. A pesar de todo, ese día registraron las ocho horas de trabajo, y es que desde que se comenzaron las redadas el jale bajó, las personas ya no quieren arriesgarse, y tienen que hacer casi todo ellos mismos.

En la mesa Leo, el esposo de Rosa y quien todo el día se quedó viendo la televisión porque los demás se fueron a trabajar dijo: ¡Qué afortunada eres, cuñada, que tu hermana pueda venir a verte! — todos sonrieron y asintieron con la cabeza.

—Así es —dijo María quien rebozaba de contenta con la visita de su hermana, aunque ella sentía que no podía atenderla de lo mejor por causa de que no quería arriesgarse a salir por las redadas.

Esa noche la gratitud se sintió en el ambiente todos cenaron y se dieron el abrazo de Navidad —ojalá que la vida nos dé muchas navidades así, juntas hermana —mencionó Rosa.

—¡Siempre serás bienvenida a esta tu casa!

El domingo

Hay que entregar esa casa hoy, para mañana estar todo el día en la casa, ya ves que mis papás vinieron y no hemos podido salir con ellos porque hemos estado apurados, pero ya mañana la terminamos, al fin y al cabo, que pasado mañana es año nuevo.

Después de las siete de la noche el cometido se había logrado y se fueron con rumbo a casa, de camino se detuvieron en la tienda, compraron un tequila —lleva de ese que es el que le gusta a mi papá — dijo Juan a Felipe, luego vino un silencio y siguieron su camino rumbo a casa.

Al llegar, su mamá quien se había subido por primera vez en su vida a un avión preparó un mole que ella misma llevó desde México, sólo salió con una de sus nueras a la tienda a comprar el pollo, y toda la tarde lo cocinó para sus dos hijos que por fin después de veinte años volvía a ver y que quería apapachar con lo que más les gusta, la comida que ella misma hace.

—¡Qué afortunados somos al tenerlos aquí! —dijo Felipe al borde de las lágrimas, abrazó a sus padres, le pidió a Juan que se acercara y le pidió a su esposa que les tomara muchas fotos ¡Tantos años sin vernos, abrazarnos, sin estar juntos! — dijeron y siguieron comiendo.

Sus padres lograron obtener la visa porque ya son adultos mayores, sus hermanas en México se cooperaron para que ellos pudieran ir a ver a sus hijos, ya que siempre, en los rosarios, estaban ellos en las peticiones y ahora cenaban juntos en un rincón de un extraño y lejano país, con una lengua distinta, ideas diferentes y en un tiempo en que las cosas se han complicado. Aun así, allí estaban compartiendo el mole en la mesa de sus hijos tan queridos.

Por la mañana del domingo, Juan y Felipe llevaron a sus papás a misa, se fueron por el freeway 52 — dale con modo — dijo Felipe a Juan quien manejaba —no queremos nos detengan y es que ahorita que difícil se ha puesto con este loco que está en la presidencia.

Al llegar la hora del sermón, el sacerdote habló fuertemente sobre la situación que se vive en ese país, sobre todo si eres latino, si eres indocumentado —jamás el demonio se había apoderado de las calles —mencionó con referencia al ICE y sus redadas —pobres de nosotros, pero no hay otra cosa que podamos hacer más que tener fe para que esto ya pase.

En el momento en que se reunieron a la mesa, hubo mucho silencio, el delicioso mole que habían preparado y que habían llevado desde México no pudo contra las palabras sobre que el demonio se había apoderado de las calles —qué difícil debe ser querer salir a pasear cuando lo andan cazando a uno como si fuera un animal —mencionó el papá de Felipe —luego todo en silencio a pesar de que todos estaban en la mesa.

—¡Ave María purísima! —exclamó la esposa de Juan —pues que no van a platicar algo, qué fue lo que dijo el padre en misa —cuestionó porque a pesar de saber la situación, no alcanzaba a comprender ese silencio nefasto de la incertidumbre que otras veces se había apoderado ya de esa mesa, pero ahora ella creía que no había razón, puesto que sus suegros se encontraban compartiendo la comida con ellos y eso, debía tener mayor fuerza que cualquier silencio ocasionado por la dura y fría realidad.

Los ánimos se fueron destensando con algunos pequeños comentarios sobre los días, el frío, el viaje, la misma misa —durante la cual se formaron para que el sacerdote les diera la bendición —alguien allí preguntó —¿qué les dijo?

—Nos preguntó de dónde venimos, nos dijo que nos cuidemos mucho.

Luego se levantaron y se reunieron en la sala para ver la televisión.

Estas narraciones fueron escritas en Caroline, Estados Unidos, entre diciembre de 2025 y enero de 2026, y fueron resultado de convivencias con paisanos radicados en ese país, donde el miedo se respira en las calles, en las tiendas y en todas partes.

Jesús Zarazúa Rangel, escritor, pedagogo y docente, escribe y publica desde 2000 en diversos medios de comunicación.

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Last modified: 23 febrero, 2026
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