Autoría de 12:12 pm #Opinión, Carlos Campos – Pongamos que hablo de libros

La invención de la memoria: sobre “¿Hubo esta vida o la inventé?”, de Félix Suárez – Carlos Campos

ILUSTRACIÓN PRINCIPAL: DIBUJO DE VERÓNICA CONSUELO

Hay libros que no sólo se leen: se respiran. Y hay poetas que, sin aspavientos, más allá de las modas y de los ruidos que pueblan la poesía reciente, logran esa rara alquimia de hablarle al lector desde un sitio íntimo, desprotegido, donde la palabra es una forma de reconciliación con lo que el tiempo ha erosionado. Félix Suárez pertenece a esa estirpe. Su libro ¿Hubo esta vida o la inventé? (Ediciones del lirio, Ícaro, Homérica Editores, 2024) es un testamento poético donde la memoria y la conciencia se tensan hasta volverse una misma sustancia: lo que recordamos y lo que inventamos para poder seguir viviendo.

Suárez construye aquí un territorio de 35 poemas, distribuidos en dos apartados, que se mueven entre la nostalgia, la confesión y la revelación. El libro se sostiene en una intuición central: la vida es una materia movediza, frágil, hecha de olvidos tanto como de certezas. Nada permanece intacto, salvo aquello que la palabra rescata de la pérdida, aunque sea apenas un destello. En su conjunto, el volumen es menos una revisión biográfica que un ejercicio de lucidez emocional: un inventario de lo que se derrumba y, a la vez, de aquello que todavía vale la pena sostener entre las manos.

Lo primero que asombra al leer a Suárez es la transparencia de la voz. La suya es una poesía despojada, sin ornamentos innecesarios, pero cargada de una hondura que no requiere alarde formal. La emoción aparece contenida, depurada, como un agua que ha pasado por múltiples filtraciones hasta quedar limpia. Esa claridad, lejos de volverlo un poeta “simple”, revela una madurez expresiva que sabe colocar cada palabra en su sitio. Suárez escribe como quien ha cargado con demasiado peso y decide, finalmente, dejarlo caer sin dramatismos.

I. La memoria como ruina y reconstrucción

Uno de los poemas más conmovedores del libro, “La débil caligrafía”, condensa las obsesiones que atraviesan todo el volumen: la pérdida, la reconstrucción fragmentada de lo vivido y la imposibilidad de recuperar lo que el tiempo devoró.

El poeta narra cómo Goliat —un perro, uno de esos compañeros cotidianos que también escriben historias sobre nuestra vida— destruye la mitad de un libro con dedicatoria de un amigo poeta. Queda apenas una serie de palabras dispersas: viaje, amistad, poema, abril. Con esos restos, el yo lírico intenta reconstruir “unos pocos metros de un río”, “algunas cuantas piedras de una iglesia en ruinas”. Sin éxito.

Lo que queda es el acto mismo de intentar recordar, no el recuerdo. La poesía surge del fracaso. Suárez consigue aquí algo que pocos: convertir la pérdida en un método creativo. Lo que el perro ha devorado no es sólo un libro, es una parte de la vida que ya no puede recuperarse. El poema es, en ese sentido, un gesto de resistencia: escribir para no permitir que el olvido consuma todo, aunque sepamos que lo consumirá de todos modos.

La escena dialoga, incluso, con cierta tradición mexicana: hay ecos de la devastación íntima de David Huerta, del tono elegíaco de Pacheco y de la melancolía luminosa de Fabio Morábito. Pero Suárez, fiel a sí mismo, no se deja arrastrar por la solemnidad. Su gesto es humilde, casi cotidiano: asume que la memoria es apenas “débil caligrafía”, tinta que se desgasta bajo la presión del tiempo.

II. Lo amado y su disolución

El poema “Lo más amado” intensifica ese diálogo entre la permanencia y la pérdida. Suárez, lejos de idealizar el amor o la lealtad emocional, afirma con crudeza:
“No hay lealtad / en las cosas del mundo”.

Las cosas—y también, aunque lo eluda, las personas—se deterioran. Se rompen. Envejecen. Las amamos sabiendo que tarde o temprano dejarán de sostenerse; amamos lo inestable. El poema es breve, pero funciona como un aforismo o como una revelación íntima: lo amado no responde a un contrato, no garantiza reciprocidad ni durabilidad. Simplemente existe… hasta que deja de hacerlo.

Suárez toca aquí una fibra que atraviesa todo el libro: la fragilidad como condición de lo humano. No hay impostura ni dramatismo. Sólo constatación. La poesía, en vez de ofrecer consuelo, se limita a señalar la grieta. Esa lucidez es lo que confiere fuerza a su escritura. El poeta no embellece la pérdida; la asume, la nombra, la observa con la serenidad brutal de quien ya ha pasado por ella demasiadas veces.

III. Identidad y reinvención: ¿qué vida fue la nuestra?

El título mismo del libro, ¿Hubo esta vida o la inventé?, abre un campo de interrogaciones que recorre todos los poemas. La duda sobre la biografía no es un gesto posmoderno ni un artificio formal: es un cuestionamiento genuino sobre la naturaleza de la memoria. ¿La vida es algo que sucede o algo que narramos? ¿Somos testigos de nuestra existencia o sus inventores?

Esta pregunta es, en el fondo, un punto de encuentro con la tradición literaria que ha problematizado la identidad: desde Pessoa hasta Elizondo, desde Pitol hasta Vila-Matas. Pero Suárez lo hace desde otra perspectiva: desde una intimidad sin artificio. Para él, la vida no es una ficción literaria sino una reconstrucción emocional, una selección de momentos que decidimos recordar porque nos permiten otorgarle un sentido a lo vivido. Lo que no recordamos, lo que se pierde, quizá nunca existió. O lo inventamos después para llenar los huecos.

IV. La poética del perdón

Por momentos, en el libro persiste la noción del perdón, pero no como absolución moral, sino como aceptación de la propia fragilidad. El poema “Arenas movedizas” lo expresa con claridad. El hablante “duerme reconciliado con todos sus errores”, una frase que, digna de un epitafio, podría leerse como la madurez de quien deja de pelear con su pasado. Pero la escena siguiente introduce una fisura: el yo lírico se observa desde un balcón en ruinas, aún de pie, aunque sabe que está “exhausto” y se recuesta sobre “la arena movediza / de otra mujer”.

El poema construye un espacio de tensión entre la culpa y la redención, entre el deseo y la decadencia. No hay aquí una moralización del error, pero tampoco una celebración del cinismo. Lo que emerge es un retrato humano, demasiado humano, de alguien que intenta reconciliarse consigo mismo sabiendo que la vida no se libra de manera lineal. El consuelo es mínimo, casi un espejismo, pero es suficiente para sostener otro día.

V. La técnica: el despojamiento como método

Desde la perspectiva de la forma, Suárez emplea una técnica que rehúye la rigidez métrica o las estructuras reconocibles. Sus poemas se desplazan con naturalidad entre el verso libre y la prosa poética. La cadencia está determinada por el pensamiento y no por la forma.

Este despojamiento técnico tiene un propósito: evitar que la forma se convierta en adorno. El poeta privilegia la voz, la imagen, el temblor emocional. Esto lo aleja de la tradición más barroca de la poesía mexicana y lo acerca, en cambio, a una corriente de claridad expresiva en la que podríamos ubicar a Coral Bracho, Elsa Cross, o incluso al primer Pacheco: una poesía que apuesta por decir lo necesario, sin sacrificar profundidad.

Lo que distingue a Suárez es la combinación de esa transparencia con un tono confesional que nunca se vuelve sentimentalista. La mezcla de melancolía, ira contenida y ternura estallada lo coloca en un territorio propio, donde la sensibilidad se convierte en un ejercicio de precisión.

VI. Una herencia que perdura

¿Hubo esta vida o la inventé? es, en muchos sentidos, un libro de despedida. Pero no porque cierre algo, sino porque deja abiertas las preguntas que realmente importan. La poesía de Suárez, escrita desde una madurez luminosa, regresa a los lugares esenciales: la amistad, el amor, la pérdida, la culpa, el tiempo. No hay en el libro respuestas definitivas, pero sí un modo de mirar el mundo que ennoblece incluso aquello que duele.

Suárez salva al mundo —como se ha dicho— no porque lo redima de sus contradicciones, sino porque le devuelve dignidad a la experiencia humana. La vida, tal como la presenta, es frágil, imperfecta, inestable. Pero hermosa en su incesante movimiento.

Este libro confirma lo que siempre supimos de Félix Suárez: que su poesía, aun escrita desde las ruinas, tiene la capacidad de iluminar. Y que, al final, quizá no importe si la vida fue como la recordamos o como la inventamos. Lo que importa es lo que la poesía logra hacer con ella.

AQUÍ PUEDES LEER TODAS LAS ENTREGAS DE “PONGAMOS QUE HABLO DE LIBROS”, LA COLUMNA DE CARLOS CAMPOS PARA LALUPA.MX

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Last modified: 6 marzo, 2026
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