CRÓNICA: JOSÉ ANTONIO GURREA C. / LALUPA.MX
“Ve el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño”. Ray Bradbury
Cañon de Korouoma, Finlandia.- ¡Al fin, en el Círculo Polar Ártico, la franja más septentrional de la Tierra! Tres vuelos y veinte horas de camino, pero ya estábamos en Rovaniemi, la capital de la Laponia finlandesa, pisando la latitud 66° 33′ Norte. Bendito Kapuściński. Contábamos con tan sólo seis días —que luego, debido a un fuertísimo temporal ártico que cerró aeropuertos, se convirtieron en ocho—. Sin mucho tiempo por delante, nos instalamos en el alojamiento, nos enfudamos la ropa especial de invierno —rentada desde México vía WhatsApp— y tomamos carretera hacia Korouoma, a hora y media de distancia rumbo a la frontera con Rusia.

Ahí, un estupor absoluto y un shock emocional ante la primera probada de lo que ofrece esta región: las cascadas congeladas de este lugar son impresionantes. Parecen irreales. Cuántas veces las habíamos visto en fotografías y videos antes de llegar aquí, pero las imágenes no les hacen justicia. Lo primero que impacta es el tamaño: los pequeños arroyos que bajan por la montaña en verano, se transforman en invierno en enormes paredes de hielo de hasta sesenta metros de altura que cuelgan de enormes acantilados. La razón es simple, pero prodigiosa: el agua no se congela de golpe, sino que gotea y se desliza por el peñasco, formando esas altas columnas de tonalidades azules o marrones, debido a los minerales de las rocas. Es tal la adrenalina, que ninguno de los tres integrantes de la expedición habla de jet lag o de cansancio.

Lucas, nuestro guía, nos pide guardar silencio, colocando el dedo índice sobre los labios. Entonces, aguzamos el oído y escuchamos claramente el sonido del agua corriendo debajo de la capa de hielo. Sí, incluso a 40 grados bajo cero, el agua no deja de moverse totalmente. No sólo son las cascadas, también es el susurro del Korojoki, el río que atraviesa Korouoma. Pero en lugar del estruendo agudo de un cuerpo de agua no congelado, aquí el tono es más grave y hueco. “Cuando el agua fluye por túneles ocultos bajo metros de hielo sólido, el sonido no se disipa en el aire, sino que rebota adentro, por eso ese sonido más amortiguado, más hueco”, nos explica nuestro Cicerone argentino, un trotamundos todoterreno que durante los veranos vive en Málaga, España, y los inviernos los pasa por estos gélidos lares.
Descender hasta este cañón de ciento treinta metros de profundidad para admirar las tres grandes cascadas congeladas de impronunciables nombres —Ruskea Virta, Mammuttiputous y Jaska Jokunen— no es tarea fácil y puede llevarse hasta tres o cuatro horas. Se trata de una extenuante caminata de cinco kilómetros de ida y cinco de regreso que en invierno es aún más lenta y trabajosa por varios motivos:

Se realiza en medio de la nieve profunda, lo que demanda mayor energía. El frío extremo no sólo cala los huesos y dificulta la respiración —pese a las capas térmicas y a la ropa especial—, sino que requiere de un esfuerzo extra y congela cejas, pestañas y cabello. Es un terreno con desniveles pronunciados, pues la ruta implica descender al corazón del cañón para luego ascender por senderos extremadamente resbaladizos. Dos aparatosos resbalones previos, en mero centro de Rovaniemi —más cómicos que riesgosos—, nos mantienen con el botón de alerta permanente en encendido. Sin embargo, no hay nada que lamentar. Los obligatorios crampones, las cuerdas en lugares estratégicos y la “técnica del pingüino” —pasos cortos y firmes, y el centro de gravedad hacia adelante— para evitar perder la vertical cumplen su cometido.


El cañón de Korouoma, de treinta kilómetros de largo, es duro e incluso brutal —sobre todo el último tramo de ascenso vertical, que obliga a realizar varias pausas cortas para reducir la fatiga—, pero vale el esfuerzo. Se trata de una experiencia inmersiva en un paisaje que cautiva, que impone y donde el silencio del bosque boreal sólo es roto por el crujir de nuestros pasos sobre la nieve. Por un largo rato hay una desconexión total con el mundo exterior, y, luego, como premio mayor —tras completar la primera etapa de la prueba de resistencia— el valle se abre y las cascadas congeladas aparecen inmensas, desafiantes, detenidas en pleno vuelo, semejando órganos de catedral.


*****
La Laponia finlandesa es un desfile de asombros. En apenas cincuenta kilómetros, el paisaje muta del abismo del cañon de Korouoma, al surrealismo visual del parque nacional Riisitunturi, donde los abetos gigantes, vencidos por el peso de la nieve, se transforman en figuras espectrales, alienígenas, como si provinieran de algún bosque situado en algún lejano planeta.

El fenomeno es único en el mundo —incluso hay una palabra finlandesa para referirse a éste: tykky— y atrae visitantes y fotógrafos de todo el planeta: debido a los gélidos vientos del Ártico, la humedad del aire se congela directamente sobre las ramas acumulando capas de una mezcla de escarcha, nieve y hielo tan gruesas que los árboles pierden la forma original y adoptan formas fantasmagóricas. Lucas nos comparte dos datos sorprendentes: un solo abeto puede llegar a cargar hasta cuatro toneladas de nieve en su copa, pero éste no se rompe pues a lo largo de los siglos esta especie ha evolucionado con ramas flexibles que se doblan bajo el peso sin romperse.


Cuando arribamos a Riisitunturi, segunda escala del viaje, las manecillas del reloj marcan las 14:45 horas, pero la luz del crepúsculo polar y una gigantesca luna llena, que dominan el panorama, dan al lugar un tono aún más surrealista y tiñen de azul y rosa estas formas abstractas. Lo mismo ocurre con el firmamento: el cielo se pinta de azul y violeta, colores que se reflejan en la nieve, creando una sobrecogedora atmósfera. No obstante, a nuestra derecha aún asoman débiles rayos de luz. Nos sentimos personajes de un documental de National Geographic.
Nuestra meta es llegar hasta la colina principal que domina el valle. Sin embargo, tras cuarenta minutos de caminata decidimos dar media vuelta. El reloj apenas rebasa las 16 horas, pero la noche —que no penumbra, gracias a la luna llena— se ha adueñado de todo el paraje. La temperatura está bajando aún más —ya andamos cerca de los 35 grados bajo cero— y el viento, aunque ligero, “muerde” la cara. Sin embargo, ese no es el mayor problema. Son los diez kilómetros de senderismo en el cañón de Korouoma los que ya hacen mella. Son los efectos del jet lag los que, ahora sí, nos están pasando factura. Comenzamos a sentir un agotamiento extremo, nos duelen los pies y ya no sentimos los tobillos. Tenemos hambre y, sobre todo, sed. Hay voluntad, pero el cuerpo ya no responde. Salimos del parque, rumbo al estacionamiento, y, de pronto, la vemos, y nos quedamos boquiabiertos: se trata de una cabaña de madera que en este entorno polar parece como salida de una postal de algún tiempo pretérito. Dudamos por unos segundos si quedarnos afuera o entrar. Pero hay algo que termina con nuestros titubeos. Recargado sobre la cerca frontal se encuentra un pizarrón: “Riisitunturin Tupa. Cálido y acogedor: Menú del día: sopa de reno o sopa de salmón con queso, pan de centeno, rollos de canela, pastel de arándanos, chocolate caliente, té y café”. Comenzamos a salivar. Empujamos la puerta e ingresamos.

El lugar es pequeño, pero fiel a su eslogan. Un refugio confortable donde recobrar fuerzas tras la extenuante fatiga de periplos trasatlánticos y caminatas invernales. En el interior, hay casa llena. Unas treinta personas se congregan alrededor de las mesas de madera, caldeadas por un enorme fogón de forma circular que preside el centro del salón. Sobre ese mismo fuego se terminan de cocer los alimentos y borbotean las bebidas. Al instalarnos en un rincón, se nos acerca un hombre de unos sesenta años. Su tez morena y marcados rasgos latinos contrastan con el entorno. Nos ofrece el menú con presteza y nos atiende en un inglés impecable, pero al escucharnos cuchichear en español, su rostro se ilumina y, de inmediato, nos saluda en nuestro idioma, sumamente afable y con un acento caribeño.

Su nombre es Ricardo, y —oh, sorpresa— nació en La Habana hace casi seis décadas y llegó a Finlandia a finales de los años ochenta. ¿Qué hace un cubano viviendo en el Círculo Polar Ártico? ¿No extrañas el calor? ¿Has vuelto a la isla? Le soltamos una batería de preguntas. Y él, gustoso, como buen caribeño, nos empieza a compartir su historia con abundantes detalles, mientras nos sirve nuestras sopas de reno, un manjar de notas ligeramente metálicas y terrosas.
Ricardo estudiaba en la URSS, como miles de cubanos, pero cuando llegó la perestroika, se relajaron los controles y en lugar de regresar a La Habana, dio un brinco hacia el país vecino —Riisitunturi se encuentra a escasos cuarenta kilómetros de territorio ruso—, en una época en la cual las fronteras entre ambas naciones estaban abiertas. Y es que hoy, luego de la invasión a Ucrania, Finlandia cerró sus pasos fronterizos con Moscú. No es paranoia. Rusia —ya fuera como imperio o como Unión Soviética— ha invadido u ocupado territorio finlandés en tres ocasiones en la historia moderna. Hay un sentimiento de alerta entre los finlandeses.

En Finlandia Ricardo halló a Juulia —con quien administra el Riisitunturin Tupa—, nuevos amigos, un inédito modo de vida y, sin dudarlo, se integró de lleno a esta nación. “Amo a Juulia, me gusta la comida sami, vivir en un bosque ártico… y me encanta el sauna. Todos los días lo practico. Con el sauna me siento vivo, me siento sano”, dice sobre esta tradición milenaria a la que son tan afectos los finlandeses por sus beneficios físicos y emocionales. El ritual se caracteriza por el uso de calor seco —con temperaturas entre setenta y cien grados— en una cabina de madera, para promover la relajación y la limpieza corporal, pero que se alterna con un baño de agua helada, que mejora la circulación. Se calcula que en este país hay más de tres millones de saunas, para una población de cinco y medio millones de habitantes. Para un finlandés tener sauna en casa es tan importante como contar con regadera y WC.
Ricardo no piensa volver a Cuba. “Aquí he hecho mi vida y aquí moriré…”, dice contundente. Sin embargo, subraya que su sangre sigue ligada a la isla por las mujeres de su familia. “Una vez al año viajo para allá, ahí vive mi madre y dos de mis hermanas”. Cuando le preguntamos sobre la situación de su tierra natal, Ricardo omite hacer algún comentario o mostrar alguna postura política. Sólo suspira y se queda callado, pensativo. Juulia aprovecha el momento, le pasa un papel y le dice algo en finlandés. Ricardo regresa al aquí y al ahora, y sin perder el buen humor nos pasa la cuenta, nos dice que los postres son cortesía de la casa, y que el Riisitunturin Tupa cerrará en diez minutos. Volteamos a nuestro alrededor: somos los únicos comensales que aún permanecen en el sitio.


Antes de abandonar la cabaña, nos damos un fuerte abrazo, y nos deseamos un pronto reencuentro en algún lugar del mundo. No queda duda: Ricardo es un soñador profesional —Toni Pou, dixit—, un explorador moderno que halló en la quietud del Ártico el escenario perfecto para el exilio voluntario.

****
“¿Ya te viste, ahí? ¿Tú, en el Círculo Polar Ártico, pescando tu propia comida en un lago congelado? Sí, una deliciosa trucha ártica atrapada por ti, y preparada al instante por nuestros expertos guías en un fogón de leña adentro de una lávvu —la tienda tradicional del pueblo sami, los habitantes originarios de Laponia o Sápmi, su nombre ancestral— ¿Qué esperas? Haz realidad tus sueños.”

Por supuesto que el solo hecho de hallarnos sobre un lago congelado —caminar literalmente sobre el agua— tiene su dosis de emoción y una gran carga de adrenalina. Es como desafiar la lógica de la naturaleza. Sin embargo, lo que los “creativos” de las agencias turísticas omiten es que pescar en un sitio así implica esfuerzo físico, condiciones muy extremas, un alto grado de habilidad técnica y mucha paciencia, por lo que para unos novatos como nosotros las posibilidades de tener éxito son prácticamente nulas, aunque el curso intensivo de Lucas haya sido impecable.

Actividad ancestral en Laponia, la pesca en hielo entre los sami data de la prehistoria. Antes de la domesticación masiva de los renos en el siglo XVI —un parteaguas para este pueblo—, ellos dependían casi exclusivamente de esta labor para obtener proteínas frescas durante los meses de invierno; el pescado seco era, además, su seguro de vida para las migraciones largas. Se trata, insisto, de una tarea extenuante que requiere perforar con una barrena el hielo sólido de al menos diez centímetros de espesor, usar cañas cortas y ligeras, cebos vivos y señuelos brillantes para atraer peces en aguas frías, y todo bajo este entorno de entre 30 y 40 grados bajo cero. Un detalle fundamental es el uso continuo de una pequeña pala para ir extrayendo los fragmentos de hielo que se forman en el orificio por la recongelación, y que amenazan con enredar el sedal y volver inoperante la perforación. Qué agotador. Además, el invierno reduce el oxígeno en el agua, lo que vuelve a los peces más lentos y difíciles de atraer. Sin embargo, antes de la invención de las barrenas los sami la tenían aún más complicada, pues tenían a la mano sólo herramientas rudimentarias: piedras afiladas, huesos grandes o cuernos de animales, y, más adelante, barras largas con un extremo afilado. Herramientas que harían que la barrena de Lucas pareciera un milagro tecnológico.


Como era de esperarse, después de poco más de una hora de estar dándole a la barrena y al sedal, no logramos hacernos de nuestra comida. Ni truchas, ni percas —ni siquiera un insípido lucio— mordieron el anzuelo. Lo que sí estuve a punto de pescar fue un sabañón. Fue tal mi entusiasmo al llegar al lago Olkkajärvi que bajé de la camioneta de Lucas sin dos prendas esenciales: el gorro de invierno y la bufanda de cuello. Descuido imperdonable: veinte minutos más tarde había perdido la sensibilidad de las orejas. Estaban muy frías y, al tacto, se sentían rígidas y entumecidas. Dejé mis herramientas de pesca y corrí, de inmediato, hacia el vehículo por mis accesorios. Luego, más aliviado, regresé estoico a seguir buscando mi comida. Qué afortunados somos. En la prehistoria no había espacio para quejarse por un sabañón: o pescabas o no comías. Me imaginé una escena: tras picar el hielo con una piedra afilada y aguantar el viento gélido en la orejas, el sami simplemente se ajustaba su piel de reno y seguía concentrado en el agujero. No había más alternativas.

Luego de nuestro nada sorprendente “descalabro” tuvimos que hacer frente a las bromas de Lucas sobre nuestras “caras de rotundo fracaso”, lo que nos arrancó una sonora carcajada. En realidad sabíamos que nuestras posibilidades eran mínimas. Sin embargo, esta experiencia —en uno de los casi doscientos mil lagos que hay en Finlandia— fue muy provechosa, pues nos sensibilizó —a través de un pequeñísimo botón de muestra— sobre lo azarosa y adversa que ha sido la vida para los sami, un pueblo oprimido durante siglos, al que los estados nórdicos intentaron borrar, prohibiéndoles hablar su lengua y practicar su religión. Lograron sobrevivir y salvar su cultura —y hoy hay entre ochenta mil y cien mil en el norte de Europa— No obstante, siguen enfrentando desafíos: el cambio climático y la paradójica “minería verde” —la de las tierras raras, el litio y el hierro— amenazan su hábitat y el de los renos, que desde tiempos ancestrales los han provisto de alimento, vestimenta y herramientas. Estos animales han sido el motor de su existencia, en una atmósfera boreal donde la agricultura no tiene las más mínimas posibilidades. Sin renos, no hay pueblo sami. Así de tajante.


Después de digerir nuestra “derrota”, nos instalamos en una láavu, un refugio abierto de madera, donde Lucas asó bombones y salchichas, como menú de consolación, y preparó un gran fuego que, pese a su tamaño, no logró calentar el ambiente por completo. Allí recibimos un obsequio más del gélido norte que sin obstáculos visuales —ni árboles ni colinas— pudimos observar en toda su magnitud: en invierno, por estas latitudes, el sol no llega a elevarse sobre el horizonte, creando un crepúsculo perpetuo. Lo contemplamos, anonadados: el pálido disco dorado se desplaza lateralmente. Como consecuencia, la débil luz no cae desde arriba sino que viaja horizontalmente; es un largo, largo ocaso. Al estar el sol tan bajo, los rayos golpean la superficie del lago de forma lateral, logrando un efecto visual hipnótico: la superficie no se ve blanca, sino que parece salpicada de escarcha luminosa, son los cristales de la nieve. Lucas lanzó, entonces, una frase muy certera: “es como si nuestra estrella se negara a terminar de nacer o de morir”.

*****
Nuestra llegada al campamento de los huskies, en la pequeña aldea de Narkaus, es anunciada por un coro de aullidos que rompe el silencio de la gélida mañana. Se trata de un grito heredado directamente de sus ancestros los lobos. A diferencia de otras razas que evolucionaron para ladrar como alerta, estos canes conservan el aullido como su herramienta social y de supervivencia. Y en este caso, aúllan y dan saltos bruscos y juguetones para expresar su euforia: queda claro que están ansiosos por empezar a correr.

Desde lo alto de una tarima, Onni, un gigantón barbado de casi dos metros, se presenta y comienza a dar instrucciones a quienes participaremos en la caravana de huskies. Lo hace a grito limpio: “Atención, atención… Voy a dar las indicaciones. Pongan atención, porque no voy a repetir”, advierte malencarado.
Son las ocho de la mañana, no hay todavía luz solar, pero el cielo se encuentra pintado de un azul intenso —fenómeno óptico que ocurre cuando el sol se halla por debajo del horizonte y sus rayos de onda corta (azules) se dispersan en la atmósfera superior—. Cae una nieve ligera pero pertinaz, y el termómetro marca 35 grados bajo cero. Aun con las tres capas térmicas, el frío busca por dónde colarse. Hay que subir la bufanda de cuello por encima de la nariz y tapar las orejas con el gorro, pues la cara es ahora la parte más vulnerable. En una cabaña contigua, dos personas sirven glögi, un vino caliente con azúcar y una mezcla de especias como canela y cardamomo, y que muchos beben, precisamente, para entrar en calor.

Arriba de la tarima, Onni continúa vociferando: “Hay una regla de oro para gobernar un trineo: nunca sueltes el manubrio. Pero, ojo, convertirse en un musher (conductor de trineo) va mucho más allá de sostenerse. La posición de los pies es vital: deben mantenerse siempre en los patines —estructuras alargadas sobre las que se desliza el trineo— con las rodillas flexionadas para absorber los impactos del hielo”. Además, nos advierte sobre la distribución del peso: “hay que inclinar el cuerpo hacia el interior de las curvas, como en una moto, para no volcar”. Y, un punto esencial —remata—: “aprendan a usar los dos frenos: el de alfombra, para reducir para reducir la velocidad gradualmente con un solo pie; y el de metal, para una parada total. En este último, hay que usar ambos pies y todo el peso del cuerpo”.

Aunque el grandulón cumple su advertencia y no repite las instrucciones, al llegar al área de trineos, dos chicas —una de ellas la líder de la caravana, ese día— muestran con detalle cada parte de los vehículos y vuelven a dar indicaciones a los mushers —los conductores designados—. Sus explicaciones, más generosas, van aderezadas con datos sobre los huskies. Por cierto, cuando éstos —que son más de cien— detectan el movimiento de arneses y trineos incrementan sus aullidos y brincos. El ruido es ya ensordecedor. Es literalmente el llamado de la selva.

Comienza el circuito de diez kilómetros. Nos toca salir en segunda posición. Nuestro equipo se integra por un conductor y dos pasajeros. Viajamos sentados en fila para mantener el centro de gravedad bajo y el trineo estable. Para proveernos de calor, debajo de nosotros colocan pieles de reno y nos cubren también con el mismo material. Esta piel, además de ser muy suave al tacto, funciona como un aislante térmico extraordinario. Nos mantiene calientitos. Sin embargo, no evita que en cuanto el trineo arranca, el viento polar castigue nuestro rostro y congele pestañas y cejas.

¡Mush! (“iniciar la marcha”), grita nuestro conductor. La línea de tiro se tensa de inmediato y el trineo gana velocidad. La carrera es todo un reto para el musher, quien debe tener una gran destreza, pues los perros tienen muchísima fuerza y corren como demonios a través de un camino accidentado, lleno de curvas, sacudidas, vibraciones e impactos, debido al terreno irregular. En varios de los pronunciados giros estamos a punto de volcar o de chocar con algún árbol, pero el piloto saca sus habilidades con el manubrio y, en el último instante, consigue corregir la trayectoria.

Para los pasajeros, el impacto del terreno irregular es directo. Cada que cruzamos un bache o entramos en una curva, brincamos involuntariamente y sentimos los tirones en cuello y espalda. Al estar diseñado para ser flexible, el trineo de madera serpentea y se sacude siguiendo los caprichos del suelo, de modo que cada vibración brusca se transmite, sin filtros, a través del asiento.

Pero quien se lleva la peor parte es el musher. Tras una caravana de diez kilómetros su cuerpo —sin pieles de reno que lo cubran— termina molido. Todo el traqueteo del trineo lo absorben sus rodillas que deben permanecer flexionadas en todo momento. La tensión constante de ir de pie y los tirones bruscos cuando los huskies arrancan se concentran en la espalda baja, mientras que el control del manubrio para no volcar en las curvas recae en hombros y brazos. Una cosa más: en las subidas o ante la nieve profunda, el conductor debe sacar un pie y “remar” para ayudar a los perros. Incluso en pendientes pronunciadas, debe bajarse y correr detrás del trineo empujándolo para no agotar a la manada.

Quienes verdaderamente disfrutan del paseo son los huskies. No importa cuán accidentado sea el camino o que la temperatura descienda a niveles extremos: la palabra clave es evolución: poseen una doble capa de pelaje que repele el agua y la nieve; patas anchas y con abundante pelo entre los dedos, lo que actua como una raqueta de nieve natural; y almohadillas con depósitos de grasa que las mantienen flexibles incluso en el frío más severo. Además, cuentan con un sistema circulatorio en sus patas, donde la sangre caliente de las arterias calienta la sangre fría que sube por las venas, evitando que sus extremidades se congelen.

Para un husky, auténtica máquina biológica, diez kilómetros son apenas un entrenamiento. Y si bien al terminar el circuito ya no escuchamos aullidos de excitación, sí queda una gran carga de euforia y energía: por allá, algunos canes saltan sobre sus cuatro patas, tratando de alcanzar la cara del musher; por acá, un grupo cava hoyos o se revuelca en la nieve sólo por diversión; a un lado, otros juegan a empujarse y a mordisquearse las orejas. Y, por supuesto, no faltan los que llenan de lametazos las manos de quienes les acarician en el lomo… ¡Oh, Jack London, puedo sentir tu presencia!



