Autoría de 11:31 pm #Opinión, Patricia Eugenia - Narrativa en Corto

Una mujer en el andén – Patricia Eugenia

La venía mirando desde lo alto de las escaleras que desembocaban en el andén.
Sí que se parecía: alta, fornida, cabello teñido… “Absurdo, ¿qué diablos haría ella
a esa hora en una estación de metro?” -pensó.

Tres pasos adelante estuvo seguro: no era, porque a su esposa hacía mucho
tiempo la había atrapado la “madurez”, y esta mujer reía y arqueaba el cuerpo,
olvidando las formas.

La señora a la que miraba de lejos era feliz, parecía ligera y fresca, no tenía
los modos severos de su esposa.

“Nosotros… ¿reímos?” —se preguntó mientras levantaba la muñeca a la
altura de la nariz—. “¡Uf!, voy con el tiempo justo”. Definitivamente no era: esta
mujer atendía fascinada a su interlocutor, mientras que Elisa no pasaba de ser
correcta cuando hablaban en casa, si bien —autoenjuició— era exagerado llamar
conversación a los “¿pagaste el gas? o ¿ya está la comida?” que él le dirigía. “Él y
Elisa… ¿hablaban?”

Cerca ya de la pareja, consideró ensimismado lo distinto que pueden ser unos
ojos de otros, por más que se parecieran. Los de su mujer, sencillamente no
veían, era como si estuvieran en off, o más bien como si no estuvieran. Al paso
siguiente la reconoció de golpe.

—¿Qué haces aquí? —soltó a boca de jarro porque no se le ocurrió otra cosa y ella, cogida en plena alegría, logró balbucir:

—¿Yo… aquí?, esperaba a… ¡los demás !

El hombre que acompañaba a Elisa, dio dos pasos atrás, extendió la mano
al marido, e inclinándose hacia él, lo saludó.

El marido respondió al saludo en una mecánica inmemorial: estrechar la
mano que se ofrece.

Elisa aprovechó el desconcierto del momento “Ábrete sésamo” —pensó— y
las puertas del metro se abrieron ante ella.

Abordó, seguida por dos hombres: un marido que la había confundido con
ella misma desde lo alto, y un amante que habitualmente la llamaba “princesa”,
le quitaba pelusillas del cabello, la encantaba con mil historias y se percibía
hermoso en los ojos marrón de Elisa.

Dentro del vagón, alguien le cedió el asiento a ella, que se había puesto un
poco pálida y transpiraba mirando a sus hombres.

—¿Se enteró de las modificaciones al sistema de pensiones? —dijo el marido
mientras revisaba a su rival, pensando: “Este mequetrefe está igual de indio que
yo… ¿pues qué tiene Elisa en la cabeza?”

—No muy bien —respondió el otro fingiendo interés al tiempo que trataba de
elaborar mentalmente una salida honrosa o al menos, no violenta a la situación—
…aunque sé que existen dos alternativas de retiro —explicó.

—¿Si? —carraspeó el marido: “Mediocre, pobretón… en la casa mi mujer es
decente, la del andén reía como una puta”.

Elisa, con la mirada fija en los contendientes, lamentó un poquito la
ausencia de peligro, la imposibilidad de protagonizar un drama pasional. Poco a
poco, la cubrieron sus sesenta y tres años como un manto pesado que le encorvó
el alma.

Comenzó a escuchar las voces de príncipe y marido como salidas de una
botella. Miró: se volvían partes de una multitud ajena, evidentes como esquemas
escolares del cuerpo humano, a la vez translúcidos y opacos, huecos. Le punzó la
certeza de que tal vacío la contagiaría, le faltó aire.

—Ábrete sésamo —repitió.

Cuando el metro abrió sus puertas y ella salió, ni príncipe ni esposo notaron que se fue.

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Last modified: 14 marzo, 2026
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